“De-péndulos del mercado”

 

Anécdota

Finalizando el mes de diciembre, un amigo me contó las novedades de su incipiente emprendimiento. Su tarea allí consiste en captar clientes por medio de la promoción del proyecto vía redes sociales como Twitter y Facebook. Hasta ahí algo que me pareció absolutamente normal respecto a su función dentro del proyecto: su preocupación por la captura de potenciales clientes.

Ahora bien, a medida que continúa hablando del tema, aparece cierto deslizamiento en su discurso que me produjo una especie de “ruido” -que solo pude comprender a partir de la lectura de un libro que compré en mis vacaciones-. Mi amigo me explica que, además, necesita conseguir seguidores de donde sea (aunque sea de cuentas “falsas” de Twitter), ya que no es lo mismo seguir una cuenta con pocos seguidores que seguir otra con muchos. O sea, su interés ahora recaía en tener muchos seguidores: “No es lo mismo que otras que tienen más”.

Hay un deslizamiento del interés: de la captura de futuros clientes para el emprendimiento a la búsqueda de “más seguidores”. La fortaleza de la propuesta en cuestión parece no estar dada tanto por la idea que funda el emprendimiento, sino por la cantidad de seguidores que pueda conseguir en la red.

El libro que compré en mis vacaciones

Lejos de querer centrarme en lo que le sucede a mi amigo, creo que esta cuestión puede darnos cierta orientación para pensar algo que sucede en la actualidad. Para hacer esa lectura me voy a servir del libro “El retorno del péndulo”[i] de Zygmunt Bauman y Gustavo Dessal.

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En “La civilización freudiana revisitada” –uno de los textos que conforman el libro-, Bauman habla de los cambios en la relación de los padres con sus hijos. El autor entiende que en la época de Freud había una suerte de “pánico a la masturbación” infantil que hacía de soporte a la presencia de la autoridad parental. El sociólogo apunta a que, precisamente, allí la víctima era la “autonomía del individuo”, siguiendo la propuesta freudiana de que el orden de la civilización impone restricciones a la sexualidad pulsional individual – es decir, para pertenecer a la sociedad, para estar con otros, es necesario renunciar a ciertas satisfacciones. Por ejemplo, no podemos estar desnudos por la playa como los niños, a menos que estemos en una playa nudista-.

Ahora bien, la época freudiana no es la nuestra. “…la sociedad para la cual los padres deben instruir o educar a sus hijos ha cambiado. Ya no es una sociedad que moldea a sus miembros principalmente para los roles de productores y soldados, sino una sociedad que exige a sus miembros desplegar y practicar en primerísimo lugar las virtudes del consumidor.”[ii]

¿Cómo llegamos a ello? Zygmunt Bauman propone que lo que sucedió fue un pasaje del “pánico a la masturbación” -que ligaba a los padres con sus hijos, incrementando el “poder parental”- al “pánico al abuso sexual” que coloca a la sexualidad del lado de los adultos e impone distancia entre ellos y los jóvenes. Por lo tanto una hipótesis sobre el alejamiento contemporáneo de los padres hacia sus hijos y respecto a la creciente expectativa por la autonomía precoz a la que deben acceder.

“En clara oposición a la familia ortodoxa con su estricta supervisión parental, esta laxa estructura familiar, que expande la autonomía infantil y deja a los jóvenes librados a la orientación de sus pares, se ajusta bien a los requisitos impuestos por nuestra sociedad moderna líquida de consumo, individualizada en toda su extensión.”[iii]

A diferencia de la familia que ofrecía normas e identificaciones desde donde la sexualidad encontraba cierta normativización, el joven de hoy se presenta en una suerte de “soledad” guiada por los movimientos del mercado.

“En ausencia de valores perdurables, indisputados y respaldados por una autoridad, la evaluación de las opciones solo puede seguir el modelo de las mercancías comercializadas; es preciso “colocar en el mercado” el modelo de la identidad elegida a fin de “averiguar su valor”[iv].

Por lo tanto esa expansión de la autonomía de los niños y los jóvenes es ficcional, esconde el desplazamiento que se produjo de la orientación familiar a la del mercado, que se guía por una lógica distinta. El asunto radica en que esos valores que el mercado otorga se desplazan constantemente –las modas cada vez pasan más rápido-, hay una renovación eterna en su oferta que hace que los objetos al poco tiempo de ser ofertados devengan caducos. Como lo dice Gustavo Dessal:

“…el objeto de consumo actual, programado no solo para caducar en su materialidad física sino fundamentalmente en su valor imaginario de fetiche, es el señuelo ideal para ofrecerle al deseo, puesto que posee la propiedad mágica indispensable; una exacta mezcla de placer y decepción que garantice la fidelización del sujeto al espejismo del consumo”[v].

Ante este movimiento metonímico de objetos que el mercado ofrece, donde un objeto puede pasar a ser viejo a pocas horas de su lanzamiento, se vuelve predominante mantenerse alerta ante cualquier posibilidad de “reconfiguración” con la consecuente actualización que ese movimiento impone.

“La preocupación de los ancestros por la identificación pierde cada vez más espacio ante el anhelo de re-identificación. Las identidades deben ser desechables; una identidad insatisfactoria o no del todo satisfactoria, o bien una identidad que delate su edad avanzada al compararse con las identidades “nuevas y mejoradas” disponibles en el presente, tiene que ser fácil de abandonar…”[vi]

Algo más

Zygmunt Bauman es un sociólogo que ha leído a Freud, pero no es un psicoanalista. No me interesa en este escrito hablar sobre cuestiones conceptuales –como la definición de identificación, la teoría freudiana sobre la seducción y las fantasías, etc.- sino tomar algo que el sociólogo parece advertir, y con lo que al menos yo me encuentro muy a menudo en el CAP de niños y adolescentes[vii]: la necesidad de tener “a mano” otra posibilidad, no perder esa disponibilidad, y la angustia que genera esa falta de salida. ¿A qué me refiero?

No nos anotamos en carreras universitarias largas, ya que si en el camino surgen ganas de estudiar otra cosa se va a tardar mucho más en tener la posibilidad de hacerlo. Cada vez se vuelve mayor el número de personas que prefiere no tener una pareja estable, por si tienen ganas de estar con otras personas –ni hablar de casamiento-. En el libro mismo que tomé como referencia, el autor propone un ejemplo sobre cómo ya no se busca un trabajo estable, ya que puede retenernos a la hora de conseguir otro mejor.

Tampoco se trata de tomar una posición nostálgica respecto a lo que era antes, sino de hacer una lectura de lo que cada época ofrece. Por ejemplo, creo que la identificación que podía ofrecer la familia, si bien operaba de sostén y de marco regulatorio y normativizante, podía adormecer al deseo en las redes de la constelación familiar – recuerdo en mi niñez haber escuchado muchísimas veces a personas de mi familia hablando sobre lo que hubiesen podido ser si no fuera por los ideales que regían en su hogar-.

En la actualidad, nuestros proyectos (como en el caso de mi amigo), nuestra relación al otro (amistades, parejas, familia), nuestra relación con nosotros mismos, incluso la relación al “psicólogo”, se ve afectada por el régimen del mercado. La labilidad de estos lazos se ve determinada por esa oferta que día a día nos brinda cosas “mejores” que adquirir, sabiendo jugar precisamente con esa premisa freudiana que ubica que lo que encontramos nunca va a ser exactamente lo que buscamos. Y este contexto no es ajeno al psicoanálisis. Es importante reflexionar sobre estas cuestiones sociales porque trabajamos en esta época, de hecho este momento nos dirige, nos pide que nos movamos a su ritmo y que participemos de su lógica: Se nos exigen manuales de formación, técnicas universales, estándares, resultados estadísticos y tiempos cada vez más veloces. Prácticamente se pretende un psicoanálisis que proceda sólo mediante pautas pre determinadas que no dejen lugar a ninguna contingencia, sin importar incluso quien lo dirija, en la medida en que éste sepa bien los pasos a seguir -por supuesto-. El valor de la técnica está determinado por su poder de adaptación a la norma social.

Creo que si bien el psicoanálisis – y de hecho lo hace- tiene que responder y posicionarse frente a estos cuestionamientos y pedidos de adaptación y estandarización, tal como Freud lo hizo en su momento, también me parece interesante pensar, y de ahí el valor de las hipótesis que plantea Bauman, la lógica y los motivos que los comandan.

 Juan Sebastián Sist

Bibliografía:

Zygmunt Bauman y Gustavo Dessal (2014) El retorno del péndulo. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Sigmund Freud (1930) El malestar en la cultura. Sigmund Freud Obras Completas, Amorrortu, XXII, Buenos Aires.

[i] Zygmunt Bauman y Gustavo Dessal (2014) El retorno del péndulo. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

[ii] Ibid. pág. 42

[iii] Ibid. Pág. 44

[iv] Ibid. Pág. 46

[v] Ibid. Pág. 63

[vi] Ibid. Pag. 46

[vii] Centro de Atención Psicoanalítica (CAP). El CAP de Niños y adolescentes es unos de los espacios de atención psicoanalítica que el Centro de Estudios Psicoanalíticos de la UNSAM oferta a la comunidad junto al CAP Violencia y Adultos.

Autor: Juan Sebastián Sist