“El Análisis en tiempos de Starbucks”

Por Mauro Nahuel Gross y Camila Diaz Redondo

Se cuenta que a principios del siglo XX los signos del enamoramiento podían ser fácilmente confundidos con los síntomas del cólera. En su consagrada novela, la cual inspiró el título del presente trabajo, Gabriel García Márquez (1985) relata una historia dedicada al amor, en la que se desafía por más de cincuenta años al destino, los prejuicios, la vejez y, finalmente, como siempre, a la muerte.

Todas las épocas, incluso aquella, si bien acontecen de un devenir histórico pudiendo dar la impresión de una continuidad ininterrumpida, poseen características distintivas que permiten realizar un recorte. De este modo, esos elementos delimitan un tiempo particular, poniendo en relieve, por ejemplo, desde los modos de producción y/o tipos de gobierno de una sociedad hasta las relaciones de éstas con el medio ambiente.

4. Escultura sin nombre. Ubicada en Parque de la Memoria de Buenos Aires. Artista Roberto Aizenberg

Escultura sin nombre. Ubicada en Parque de la Memoria de Buenos Aires. Artista Roberto Aizenberg

En este sentido, los sujetos acecidos en un momento específico, producto de un determinado tiempo, pueden ser pensados también como uno más de estos elementos. Es decir, los sujetos del inconsciente traen consigo marcas de la historia que les precede, constituyéndose bajo las coordenadas de la época en que viven (Rubistein, 2014).

Posiblemente, muchos acuerden en que el mundo actual se encuentra en constante y vertiginoso cambio. Aunque es una tentación referirse a la era Victoriana en Gran Bretaña o al mayo del ‘68 en Francia para dar cuenta de las notables diferencias con nuestra época, no es necesario remontarse tantas hojas en el calendario. En realidad, y ésta pareciera ser una de las características más acentuadas de nuestra época, nuestro mundo ya no es el mismo que el de hace apenas una década.

En su texto Totem y Tabú (1913-1914 [1978]), Freud  habla de una época en que la declinación del Nombre del Padre era un hecho. Actualmente, a más de un siglo, la civilización contemporánea se enfrenta no sólo a una pronunciada declinación del Nombre del Padre sino de la figura del padre en su función paterna como tal. Una función que ordena, pacifica y permite que el ser hablante opere (Negri, 2006). Posteriormente, Lacan, en La familia (1938 [1997]), comentó sobre el resultado devastador que acarrea la caída del Nombre del Padre. En el sujeto es causa de la psicosis, mientras que en la trama social cimienta la producción de nuevas formas de síntomas. Este aggiornamiento de los nuevos síntomas fue acuñado por Miller y Laurent  (1996-1997) como “inexistencia del Otro”, postulando así para la actualidad el nombre de “La época del Otro que no existe” con su correlato en el fenómeno contemporáneo de la caída de los ideales.

Hace cuatro décadas, Erich Fromm (1976 [1981]), en su célebre obra Tener o Ser realizaba una aguda crítica a la sociedad. El autor señaló cómo los individuos buscaban acumular un número creciente de posesiones para convertir a esos objetos en una extensión del propio ser, paleando el sentimiento de soledad y aislamiento que sentían. Pese a la temprana advertencia, pareciera que en la actualidad la indicación del pensador alemán terminó cayendo en saco roto.

¡Goza!, ordenará el superyó tirano, la oferta es amplia y el menú se torna insoportablemente tentador. No hay prohibición alguna del goce. Allí donde antes estaba, a modo de norte, el Nombre del Padre como S1, hoy tenemos una multiplicidad de significantes que habilitan la pluralidad de goce. Los antiguos ideales y valores poco pudieron hacer frente a la irresistible adquisición de objetos. De igual forma, las referencias simbólicas se eclipsaron por lo imaginario.

A favor de Fromm podemos argumentar que, en todo caso, el fondo de aquel saco, al que hicimos referencia anteriormente con su rotura, no se trataba de un mero desfondo. Sirviéndonos del Seminario 10 (Lacan, 1963 [1987]) podemos interpretar a aquella rotura como el objeto a. Esto transforma así al saco en uno que, debido a su agujero en el fondo, es incolmable. Sin embargo, en la actualidad, los sujetos buscan irrefrenablemente llenar ese agujero y el cuerpo se convierte en un campo de batalla de las pulsiones debido a la falta de significante en el Otro. De esta manera, la experiencia de goce golpea una y otra vez sobre la misma huella. Los sujetos, claro, creerán sortear esa carencia con las distintas formas del objeto a, aunque bien sabemos que se trata de una ausencia-corte que no se puede suplir o enmendar.

Ahora bien, frente a este panorama de “La época del Otro que no existe”, cabe preguntarnos de manera prácticamente obligada: ¿cuál o cuáles Otro/s ocupan en la actualidad su lugar? En palabras de Miller y Laurent (2005, p.19), aquel que se posicionó en ese sitio de privilegio es el objeto a. Condenando así a los sujetos errantes a la caza del plus de gozar, característica de la época que deja en evidencia “eso” que falla. Un claro ejemplo de esto lo retrata la película brasilera Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, 2002) en donde la ferocidad del superyó empuja a gozar sin límites, eso que no cesa se apodera del sujeto y se fija allí. Ese vacío es llenado con imágenes. Si no hay otro que me rija, que me ampare, sólo existo yo y mi imagen (Gómez, 2015).

En Psicoanálisis, radiofonía y Televisión (1970 [1993]), Lacan ubica nuestro goce en el plus de goce como tapón de la castración, nombrándolo goce contemporáneo, goce del tiempo donde el Otro no existe. En este escenario es el mercado quien cobra consistencia frente a la caída de los ideales, taponando la causa del deseo por la invasión de productos que apresan los cuerpos. De este modo, los sujetos quedan abolidos a ser objetos del mercado. La operación de compra se paga a un valor altísimo, dirá Ormat (1998, p.1) “el sujeto consume a costa de su propia consumición”.

El sujeto de la época revela el declive de la experiencia subjetiva del deseo frente a la emergencia del goce que se presenta enlazado con la actividad de la pulsión de muerte. En este marco, la angustia se presenta como defensa última frente a la satisfacción pulsional y a la exigencia desarmónica del goce.

El frenesí que adjetiva las maneras de vivir exige que no se pare de gozar, dejando florecer nuevos escenarios del síntoma que retornan bajo diversos destinos desde lo real de una angustia sin brújula. De este modo, la lógica del consumo apunta al circuito compulsivo de satisfacción autoerótica, donde los sujetos se encuentran enajenados de su cuerpo. El pasaje al acto y el acting- out son respuestas frente a un Otro que se deja caer, “Nieder Kommen”  (Lacan, 1963 [1987]), caída que es esencial en la relación del sujeto en lo que él es como objeto a. Por otro lado, la utilización de significantes tales como anorexia, bulimia y toxicomanía, vehiculizan una satisfacción y dan cuenta de la presencia de los nuevos síntomas, justamente “lo nuevo” es el síntoma en la cultura actual.

Otra arista de estos nuevos síntomas, propios de la subjetividad de la época, se hace presente con la aparición de los gadgets tecnológicos. Objetos que dan cuenta del “doble anzuelo” del capitalismo para con los sujetos. Nos encontramos, en primer lugar, con la caducidad instantánea. Aquel objeto no es suficiente, no nos satisfizo como creímos que lo haría. En el mismo momento que lo (a)dquirimos, éste no fue a parar al carrito de compras de la tienda sino que terminó en el fondo, incolmable, de nuestro saco roto. Bendito el día, pensarán muchos, en que la agalma dure algún tiempo más que, por ejemplo, el lapso en que se tarda cancelar las cuotas de la tarjeta de crédito. En segundo término, la universalización del deseo. Un mismo objeto, para todos por igual, que elimina las diferencias de los sujetos dejándonos idénticos ante la oferta del mercado: insaciables sujetos consumidores.

Llegados a este punto, en el que hemos desarrollado sobre algunas características de la subjetividad de la época y cómo ésta afecta a la sociedad toda y, claro, a los sujetos consultantes, ¿qué tarea nos cabe a los analistas frente a los nuevos retos que se nos plantean? Para responder a esto, lejos de meter la cabeza en la tierra como el ñandú mientras que el mundo sigue girando, ensayaremos algunas ideas haciendo eco a la frase de Lacan (1953 [1971], p.59) “Mejor que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época.”

Las nuevas formas de demanda constituyen indefectiblemente para el analista un desafío. El psicoanálisis se encuentra ya no con los hijos del discurso del amo sino del discurso capitalista (Gutman, 2012), invadidos por las tecnologías y los medios de comunicación que desdibujan las diferencias y arrasan la singularidad. Por esta razón, el analista debe orientarse por lo más singular de cada sujeto: el síntoma. Difícil tarea ésta frente al incremento en la actualidad de las psicoterapias funcionales a las demandas del mercado, las cuales se rigen por el paradigma clásico de salud mental, utilizando protocolos estandarizados, la medicación más como un fin que un medio, un activismo terapéutico y una idea de curación con el objetivo y carácter distintivo del sentido, logrando que el yo del sujeto se identifique con el del terapeuta.

El analista, en cambio, opera como un agujero, ahuecando ese saber aparentemente rígido, estable, seguro, que pretende dar una respuesta a todo. Pero la omnipotencia de ese discurso obturador es fallida porque, a su pesar, todo no lo puede. Se encuentra con algo más de lo que no puede dar cuenta: el deseo. Así, el psicoanálisis propone una práctica en la cual se privilegia la dialéctica del deseo.

En palabras de Rubistein (2014, p.2) “El analista debe tomar el semblante adecuado, dando lugar a la palabra, recoger la contingencia y posibilitar la emergencia del síntoma”. Establece coordenadas subjetivas e instala una pausa en el modo compulsivo de gozar, atravesando la experiencia del deseo, del saber, del goce, que es la experiencia del síntoma. Escucha la enunciación del sujeto, uno por uno, el devenir de su decir y apunta a que se responsabilice de su goce. El sujeto demandante reclama “nadie me entiende”, cuando en verdad quien no se entiende es él mismo. Se presenta con un discurso armado, pero en el espacio de análisis lo que importa no es lo que diga, sino lo que no dice o dice mal. Ahí reside el valor de la asociación libre, el malentendido, por este motivo la pasión analítica es la pasión por la ignorancia (Miller, 1997).

En esta época en la que todo debe ser visto, clasificado, fotografiado, registrado y rigurosamente explicado, muchos pensarán que es una pérdida de tiempo ̶ porque mientras más exprés, mejor es ̶ la práctica apasionada por el desconocimiento, la ignorancia que menciona Miller (1997) en Introducción al Método Psicoanalítico. Sin embargo, aquellos advertidos de la existencia del inconsciente, del sujeto dividido, del “pienso donde no soy, luego soy donde no pienso”  (Lacan, 1957 [1989] p.473), posiblemente sí aguardarán al deseo del analista, a admitir el goce, a no hacer consistir al Otro.

Nuevamente, como sujetos de la época apremiados por el tiempo, posiblemente nos preguntarán: ¿cuánto habrá que esperar?, y en ese caso, ¿estaremos munidos de la suficiente paciencia?… O, como le interrogó el Capitán a Florentino Ariza, en la novela citada al comienzo: “¿y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?”. “Toda la vida”, dijo el romántico personaje a bordo de la embarcación con la bandera amarilla izada en el asta. Claro que había tenido preparada su respuesta desde hacía “cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches”. Mucho nos gustaría poder responder con la certeza de Florentino Ariza, sin embargo, bien conocemos que los tiempos lógicos son muy distintos a los que dicta el reloj. Así que esta vez, como en otras tantas, optaremos por el desconocimiento y sólo diremos: “no lo sabemos”.

 

Referencias Bibliográficas

Freud, S. (1913). Tótem y Tabú. Obras Completas, en Obras Completas. Volumen XIII. Buenos Aires: Amorrortu editores, 1978.

Fromm, E. (1976). ¿Tener o ser?. México, Fondo de Cultura Económica, 1981.

García Márquez, G. (1985). El amor en los tiempos del cólera. Bogotá, Colombia. Ed. La Oveja Negra.

Gómez, M. (2015). Ciudad de Dios, Ciudad del Uno. Recuperado en enero 13, 2016, de Revista Digital Psine ¿por qué cine y psicoanálisis? Sitio web: http://revistapsine.com/revista/psine-n-1/gomez-ciudad-de-dios-ciudad-del-uno/

Gutman, H. (2012). El discurso Capitalista y la Causación del Sujeto, sus manifestaciones en la clínica. Revista Borromeo, N° 3, Buenos Aires, p.304-326.

Lacan, J. (1938). La Familia. Buenos Aires, Ed. Argonauta, cuarta edición, 1997.

Lacan, J. (1953) Función y campo de la palabra y el lenguaje en Psicoanálisis. Escritos I. Siglo XXI Editores, Argentina. 1971.

Lacan, J. (1957). La instancia de la letra. Escritos I. Siglo XXI, Ed. México, 1989 p.473.

Lacan, J. (1963). El seminario 10: La Angustia. Bueno Aires, Ed. Paidós, 1987.

Lacan, J. (1977). Psicoanálisis, Radiofonía y Televisión. Ed. Anagrama, Barcelona, 1993.

Miller, J. A. (1997). Introducción al Método Psicoanalítico. Ed. Paidós, Buenos Aires.

Miller, J. A. y Laurent, E. (2005). El Otro que no existe y sus comités de ética. Ed. Paidós, Buenos Aires.

Negri, M. I. (2006, diciembre). Nuevos lazos familiares. Trabajo presentado en las memorias de las XV Jornadas Anuales de la Escuela de la Orientación Lacaniana, Buenos Aires, Argentina.

Ormat, E. B. (1998, 20 de junio). El Psicoanálisis como salida al Capitalismo. Trabajo presentado en las Jornadas del Malestar en la Cultura, Sede de la EOL, Argentina.

Rubistein, A. (2014). Para una política del psicoanálisis en la época actual. Virtualia: Revista digital de la Escuela de Orientación Lacaniana, N° 28, Buenos Aires pp.19-24, Argentina.

Autor: Mauro Nahuel Gross