“El largo peso de la noche. En torno al sentido de preguntarnos hoy acerca de una Filosofía Latinoamericana”

 

I. La pregunta

Entre 1837 y 1840 un joven Alberdi nos exhortaba a constituir una Filosofía propia, americana, como condición indispensable para alcanzar la tan anhelada emancipación cabal de nuestros pueblos[1]. En 1959, en el IV Congreso Interamericano de Filosofía, realizado en Buenos Aires, se decidió clausurar la pregunta acerca de la capacidad del latinoamericano para los quehaceres filosóficos, dado que la existencia del interrogante ponía en duda esa misma capacidad. Más de cien años se interponen entre ambos hechos, ofreciéndose éstos como posibles hitos de una atípica periodización en alguna historia de las ideas en América Latina; sin embargo, otra tarea, quizás menos evidente, se desprende de lo indicado.

Lo enunciado hasta aquí exige de algunas observaciones –digamos- aclaratorias, aunque de inmediato se advertirá que éstas no necesariamente cierran en un sentido unívoco y concluyente. Para comenzar, notemos que la expresión “Latinoamérica” –y afines- es problemática, como ya se sabe, si bien no menos que “Sudamérica”, “Indoamérica”, “Hispanoamérica”, “Iberoamérica”, y otras, sea porque no hacen justicia con la heterogeneidad cultural y étnica de nuestros pueblos, porque reducen la identidad a coordenadas meramente espaciales, o porque encubren-olvidan el hecho de estar empleando la designación impuesta por el conquistador. Agravando el asunto, el término “filosofía” tampoco disfruta de consenso unánime, sugiriéndose en más de una oportunidad el vocablo “pensamiento”, laxo y condescendiente al parecer, viabilizándose con él la compresión de todas aquellas construcciones teóricas que, sin llegar a constituirse en “sistemas” –culminación, dicen, de la “verdadera filosofía”-, sobrepasan en profundidad a las divagaciones de corte literario. En fin, ajustándonos a estas críticas, deberíamos concluir que uno de los obstáculos cardinales con que se enfrenta la Filosofía Latinoamericana es que ésta, aparentemente, no sería ni Filosofía ni Latinoamericana. En lo que a nosotros respecta, avalamos el empleo de “Filosofía” pero mantenemos nuestras reservas con la expresión “Latinoamérica”; no obstante, se hablará aquí de “Filosofía Latinoamericana”, menos por su transparencia y acuerdo pleno que por la familiaridad que ya ha adquirido en algunos ámbitos académicos; aunque, es manifiesto que el asunto en cuestión de por sí merece –y ha merecido- un tratamiento aparte.

Retomando los “hitos” apuntados arriba, cabe detenernos un momento más en el tema a fin de iniciar la ya iniciada tarea que nos propusimos. Regresemos a Alberdi. Es habitual señalar al joven tucumano como el primer sujeto en postular la urgencia de elaborar una filosofía propia, acorde con nuestra situación y contexto, asistiendo una segunda emancipación –mental esta vez- que corone aquella otra ganada por las armas a principios del siglo XIX. Demasiado se ha escrito como para insistir en la índole problemática –quizás paradójica y contradictoria- de una filosofía que pretenda surgir de “nuestras necesidades”, cuyos fundamentos sean la “libertad”, la “igualdad” y la “soberanía del pueblo”, al mismo tiempo que se sostienen frases como “la América practica lo que piensa la Europa” o “la abstracción pura, la metafísica en sí, no echará raíces en América”[2], por citar sólo estos dos célebres pasajes; así que no ahondaremos en este asunto abordado en profundidad por muchos otros. Lo que sí subrayaremos es el acontecimiento de la invitación alberdiana a filosofar como americanos –o latinoamericanos, con las reservas del caso-, inaugurando una senda que, desde entonces, será inexorable, o mejor dicho, una senda ante la cual el compromiso –que es condena, si se nos permite volver a Sartre- resulta ineludible. Alberdi es un fundador –pese a Francisco Romero- de nuestro íntimo filosofar, no por su propuesta efectiva sino por abrirnos a la pregunta sobre la posibilidad de pensar desde un “lugar” que nos sea propio, por evidenciar la exigencia de interrogarnos como pueblo libre que quiere su libertad. Insistimos con que el carácter fundador del gesto de Alberdi no radica en su elaboración teórica propositiva ni en su concepción de lo que sería una filosofía americana. En absoluto. Tan solo deseamos indicar que en la formulación alberdiana principia algo mucho más fundamental que el anecdótico proyecto de un sujeto particular, y es cierta búsqueda de caminos no trazados de antemano ni que impongan el destino desde el primer paso; inaugura nuestra filosofía al poner de manifiesto, en su respuesta –quizás equivocada-, la pregunta acerca de la necesidad de una filosofía latinoamericana. He aquí el único mérito sobre el cual nos detenemos.

II. El peligro

En el extremo de aquel momento que denominamos fundador, hallamos el IV Congreso Interamericano de Filosofía[3], celebrado en Buenos Aires en 1959, en el cual, como ya indicamos, se estableció que no debía volverse a la pregunta acerca de la capacidad del latinoamericano para la reflexión filosófica, dado que la formulación de dicho interrogante –se suponía- menospreciaba al sujeto de la enunciación poniendo en duda su propia humanidad, lo que, evidentemente, resultaba inaceptable. Si filosofar es una actividad definitoria del ser humano, negar esta faena al latinoamericano o ponerla en cuestión, deviene forzosamente en la degradación de nosotros mismos. En conclusión, la pregunta ya no debía tener lugar en el debate filosófico. Empero, y más allá de las buenas intenciones del argumento, la clausura –o su pretensión- de la interpelación acerca de la posibilidad y facultad del latinoamericano de hacer Filosofía, además de ineficaz –puesto que en sí no se traduce en mandato obligatorio- es peligrosa. En efecto: por un lado, ningún impulso a preguntar se anula por decreto; por el otro, el cuestionamiento de la propia capacidad, más que dudar de la humanidad de quien inquiere, quizás se ofrezca como puerta de entrada a un pensar más radical, es decir, filosófico. Lo primero es evidente, así que no nos detendremos ahí; lo segundo, tal vez no.

La pregunta ante la propia capacidad del latinoamericano de hacer filosofía, implica –como toda pregunta verdadera- un riesgo: el de reencontrarnos, de hallarnos efectivamente, y descubrir una imagen grotesca. El interrogante se despliega fundamentalmente en dos opciones: somos capaces o no lo somos. Como se ha negado esta segunda alternativa –pues niega nuestra humanidad-, sólo queda “filosofar” a partir de aquélla. Sin embargo, quizás sea la otra vía la que nos ofrezca futuro más promisorio, puesto que es precisamente allí donde continúa abierta la interpelación. No se trata, desde luego, de un acto de menosprecio, de calificarnos de sub-hombres, a-mentes o de endosarnos un defecto congénito que nos obstruiría filosofar “por naturaleza”. Plantear esto sería insensato. Tan sólo se trata de mantener en suspenso la pregunta a fin de indagar acerca del propio quehacer filosófico, de continuar en los “arrabales” de la interrogación y evitar caer en las respuestas forzadas y jamás requeridas. La propuesta que aquí esbozamos no es ociosa ni extemporánea: aún se dibuja una sonrisa en el rostro de aquel lector de Alejandro Korn ante el epígrafe “Filosofía argentina”[4], y exagera su gesto tratándose de una Filosofía Latinoamericana. No es extraño que la mueca se vislumbre de inmediato apenas mencionados los nombres de Rodolfo Kusch, Carlos Vaz Ferreira, Antonio Caso, etcétera, y le agreguemos el apelativo “filósofo”. Es cierto, mucho se ha avanzado en este terreno, pero lejos estamos de haber superado definitivamente el “complejo de inferioridad” del que hablaron Samuel Ramos y luego Leopoldo Zea. El reconocimiento de nuestra humanidad –el reconocimiento propio, no el que se busca afuera para obtener así el derecho a opinar- no se alcanza derogando la pregunta acerca de la capacidad del latinoamericano para hacer filosofía, sino profundizando el interrogante y procurando comprender el sentido de aquella irónica sonrisa. Si distantes y extrañas nos resultan las palabras de José Mariátegui, quien en 1925 denunciaba la falta de originalidad de nuestro pensamiento[5], o de Augusto Salazar Bondy respecto a la ausencia de autenticidad en la filosofía latinoamericana[6], vinculando en ambos casos las espurias características culturales con un escenario económico y político dependiente, es incauto desoír éstas: “…es fácil comprobar, en efecto, que es precisamente en este campo [el de la filosofía] donde más extendido está todavía el viejo prejuicio de que América Latina no es más que una provincia subdesarrollada del espíritu europeo”[7]. La supresión de la pregunta no sólo no destruye el prejuicio mencionado por Fornet-Betancourt, sino que cancela la vía de acceso hacia las genuinas razones por las cuales dicho prejuicio existe. Quizás seamos obtusos para constituir una filosofía propia; quizás estemos desautorizados para reconocer, en nosotros mismos, a un verdadero filósofo. Lo cierto es que nada de esto podrá remediarse jamás si no nos atrevemos a interrogarnos acerca de las condiciones (históricas, políticas, culturales y económicas) que dieron y dan origen a aquella sonrisa aludida por Korn, es decir, si no mantenemos abierta la pregunta respecto a nuestra posible “incapacidad” de hacer filosofía.

En algún sentido, las propuestas de Alberdi y del Congreso Interamericano –en lo que refiere exclusivamente a las temática expuesta-, representan dos acontecimientos que invitan a una tarea –que es, en definitiva, la que venimos asumiendo- consistente en mostrar que uno y otro “hito” se develan como actitudes opuestas en el devenir de la filosofía latinoamericana, de modo tal que el último clausura al primero. En efecto, negarnos a preguntar respecto a la capacidad de filosofar, implica renunciar a la posibilidad de examinar rigurosamente las condiciones bajo las cuales aquella capacidad (o incapacidad) se desarrolla, y por lo tanto inhabilitarnos de antemano de cualquier tentativa de enjuiciar, en forma crítica, lo que quizás no sea más que pensamiento inauténtico, “mala copia” o como quiera llamarse. La filosofía que ve la luz por la interrogación alberdiana, encuentra su posible verdugo con la clausura de una pregunta.

El asunto, sin embargo, exige de algunas consideraciones más.

III. El sentido

En febrero de 1942, José Gaos, ingresando en un debate sobre la originalidad de la Filosofía Latinoamericana, sostuvo una frase que hará historia: “la cuestión no está, pues, en hacer filosofía española o americana, sino en hacer españoles o americanos filosofía”[8], ya que de lo que se trata, dirá en otra parte, es de hacer filosofía, que “el que sea española o americana se nos dará por añadidura”[9]. El planteo se anuncia con claridad: no es la búsqueda adrede de una filosofía latinoamericana la que se consumará en esta misma filosofía anhelada, sino que el empeño del latinoamericano por afanarse honestamente en los quehaceres filosóficos conllevará lo “latinoamericano”, digamos, por la propia idiosincrasia del sujeto filosofante. En conclusión: deberíamos inquietarnos en forjar buena filosofía –lo que no invalida el abordaje de nuestra “circunstancia”- que el calificativo “latinoamericano” vendrá solo, pues más que de este último las preocupaciones tendrían que concentrarse en lo específicamente filosófico de “lo latinoamericano”.

El argumento gaoseano parece convincente, y de hecho ha contado con varios seguidores; empero, descuida algo que, a nuestro entender, es medular a la problemática y nos reenvía al asunto que venimos tratando desde el inicio del escrito. En efecto, el planteo del “transterrado” olvida –al menos en este punto- las condiciones históricas bajo las cuales los pueblos se constituyen y crean su “nacionalidad”, las relaciones de poder que los atraviesan y, en el caso latinoamericano, el arrastre de quinientos años de injusticias, sometimiento, explotación y resistencias. Si desestimamos esto, entonces la argumentación se sostiene y conserva su vigencia para todo sujeto que desee consagrarse a estas inusitadas faenas del espíritu, sea inglés, francés o boliviano. Sin embargo, en América Latina dicha desatención resulta aventurada, por lo que el inconveniente que afrontamos, contrariando al amigo Gaos, estaría en “lo latinoamericano” que, al parecer, devendría “añadidura” de “lo filosófico”. Y es precisamente en este marco donde el interrogante alberdiano sobre una filosofía propia encuentra una cabal justificación: si la consumación de la libertad e identidad plenas exigen la “solidaridad” de una filosofía latinoamericana (camino que, con sus diferencias, creemos que han recorrido varios filósofos latinoamericanos), el planteo de Gaos, al menos mientras continuemos en nuestra situación geo-política de subcontinente dependiente, amerita de algunos ajustes: la cuestión no está en hacer filosofía americana, sino en hacer americanos filosofía, pero ser americano demanda de una filosofía que coadyuve en la tarea de comprensión y definición de la propia identidad. Si existe cierta “dialéctica” –siendo generosos con el término- entre la libertad, la identidad y la filosofía latinoamericanas, pretender cerrar el debate acerca de la capacidad de filosofar, conllevaría el desmedro de los otros términos. Algunas de estas ideas, quizá, hayan sobrevolado el pensamiento de Alberdi.

 

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En lo dicho, hemos callado, y en este silencio cómplice, algo no ha dejado de hacerse oír; un asunto jamás formulado y que, no obstante, se mantuvo latente en cada uno de nuestros pasos, sirviendo de guía y soporte a la integridad de lo aseverado. En algún punto, acaso, esta voz silenciada, este balbuceo, más que una cualidad privativa de las páginas que nos preceden, sea el transfondo sobre el cual deba desplegarse, en América Latina, todo filosofar. Se trata de algo evidente y, como tal, en general descuidado; un asunto que ilumina los otros, que les da entidad y los mantiene vivos mucho más allá del ámbito exclusivo de la reflexión filosófica; y que no es otra cosa que la pregunta misma acerca del sentido de interrogarnos sobre una Filosofía Latinoamericana. Las respuestas, desde ya, no podrán ser concluyentes, pero en su búsqueda, sea cual fuere el camino a seguir, resultará ineludible el compromiso con nuestra propia historia.

En la invitación alberdiana a constituir una filosofía latinoamericana se emplaza la necesidad de indagar sobre la idiosincrasia de una filosofía semejante, pero especialmente –y más fundamental aún- se instala la posibilidad de preguntarnos acerca del sentido de interrogarnos hoy –que es un siempre- sobre una filosofía latinoamericana. La apertura de dicha posibilidad dependerá del valor que tengamos de mantenernos en ese interrogante, en el cual se pone en juego mucho más que el mero pasado, pues éste, empleando la variante de Zea a la bella imagen de Diego Portales, aún continúa siendo nuestro largo peso de la noche.[10]

Alberto Staniscia

[1] Nos referimos, especialmente, a dos textos: Fragmento preliminar al estudio del derecho, de 1837, e Ideas para presidir la confección del curso de filosofía contemporánea en el Colegio de Humanidades o Ideas para un curso de filosofía contemporánea, de 1840.

[2] Cfr. Alberdi, Juan Bautista 1978, “Ideas para un curso de filosofía contemporánea”, en Latinoamérica. Cuadernos de Cultura Latinoamericana, N° 9, Tomo I, México, Noviembre, p. 11; p. 14.

[3] Aclaramos que situar este Congreso en el extremo de la propuesta alberdiana, es válido únicamente en el marco de nuestras propias reflexiones y atendiendo, tan solo, a la supresión de la pregunta sobre la capacidad del latinoamericano de hacer filosofía. Por lo demás, no estamos negando los méritos de aquel encuentro.

[4] Cfr. Korn, Alejandro 1983, Influencias filosóficas en la evolución nacional, Buenos Aires, Ediciones Solar, p. 273.

[5] Cfr. Mariátegui, José 1979, “¿Existe un pensamiento Hispanoamericano?”, en Latinoamérica. Cuadernos de Cultura Latinoamericana, N° 34, Tomo IV, México, Noviembre, pp. 7-8.

[6] Los textos de Salazar Bondy al respecto abundan, pero para iniciarse en el tema recomendamos el libro ¿Existe una filosofía de nuestra América? y los artículos “Sentido y problema del pensamiento filosófico Hispanoamericano” y “Filosofía de la dominación y Filosofía de la liberación”.

[7] Fornet-Betancourt, Raúl 2010,  “De la significación de la filosofía latinoamericana para la superación del eurocentrismo”, en Revista de Filosofía, N° 65, p. 9.

[8] Gaos, José 1979, “¿Filosofía ‘americana’?”, en Latinoamérica. Cuadernos de Cultura Latinoamericana, N° 32, Tomo IV, México, Septiembre, p. 9.

[9] Gaos, José 1979, p. 11.

[10] En “América Latina: largo viaje hacia sí misma”, Leopoldo Zea se refiere a la expresión “peso de la noche” de Diego Portales (aludiendo al período colonial), agregándole el adjetivo “largo”. Cfr. Zea, Leopoldo 1978, “América Latina: largo viaje hacia sí misma”, en Latinoamérica. Cuadernos de Cultura Latinoamericana N° 18, Tomo II, México, Noviembre, p. 12.

Autor: Alberto Staniscia