“El rescate”

I seize the descending man… I raise him with

resistless will

Walt Whitman

La artista presenta ante las demás integrantes de un colectivo de arte un manuscrito. Se trata de un grupo de artistas visuales, no de escritoras. La belleza del objeto –los trazos sobre un cuidadoso papel- precede a cualquier atribución de sentido. El texto, de puño y letra, anticipa la posibilidad de la propia declinación física de la artista. Acaso llegue el día en que el cuerpo ya no responda a su infatigable voluntad de expresión. Acaso llegue el día en que una compasión encarnizada sostenga los automatismos de la carne sin alimentar el deseo. Acaso llegue el día en que ella caiga en una soledad vegetal, exiliada de la comunidad de los vivos y también de la de los muertos. Acaso llegue el día en que ella se convierta en un resto cercano al desecho, en algo radicalmente Otro. Hace, entonces, un llamado a sus compañeras. Apela a ellas en la esperanza de que no se la prive de los consuelos de la voz humana, del susurro de una frase o de una melodía, aunque el dictamen de la ciencia la nombre como un saco roto en el cual no habría que echar palabras. El texto-obra llama a que la firma de las otras artistas lo completen, dando su consentimiento a la voluntad de la autora. La obra roza lo preformativo porque más que registrar un acontecimiento lo produce y lo proyecta hacia un tiempo futuro como el mensaje que se arroja al mar dentro de una botella. Rescata el propio deseo de la artista, que se manifiesta como un deseo de ser deseada, de seguir causando el deseo más allá de la carne rota. Invoca a las otras en un llamado a que no se la deje caer, a que se le siga hablando, a que se la rescate.

Cuando se me refirió esta historia pensé que, lejos de ser un acto que pudiera interpretarse como centrado en la propia persona, se trata de un acto que se da. Porque si el amor pide amor, si lo pide sin cesar, si lo pide aún (1), no por ello deja de ser algo que, a la vez, se regala (2).

Una obra no es algo inerte. Una obra obra. Y la de esta artista llama a las otras a participar de ella, las llama a obrar, a darse, y es en ello que causa su deseo. Porque hay un punto en que amar y trabajar son lo mismo: un rescate (3). ¿Podemos rescatarnos a nosotros mismos si no nos rescatamos a través del Otro, o, más bien, de lo Otro? Lo que nos socorre de una obra no es su valor de enunciado, sino su valor de enunciación (4). Por eso Carlyle dice que si toda obra humana es deleznable, su ejecución no lo es.

En la parroquia se reza el rosario de la intelectualidad no incauta, advertida. Advertida de los riesgos del altruismo y la oblatividad. Del narcisismo en que se basa el amor al otro. De los engaños del sentido. De que no hay relación sexual. De que nada conecta con nada. De que no hay comunicación. De que hay que aborrecer todo lo que se parezca a una comunicación. Los pequeños ilustrados son apologistas de la desconexión, del fracaso, del rechazo del bien, del deseo de no curar y demás slogans. Pero esas zonceras no han conseguido borrar la diferencia que existe entre ser deseado y no serlo. Lacan nunca la negó, y hasta declaró, al igual que todos los psicoanalistas, que la neurosis es una consecuencia del deseo de los padres sobre el hijo (5). El axioma de la “no relación” no impide que el deseo del Otro nos toque, para bien o para mal. Y vaya si nos toca. Lacan incurrió, además, en la herejía de reconocer que ese Otro cuyo deseo es tan decisivo puede ser otra cosa que un matema. Puede ser alguien: la madre, el padre, un abuelo (6).

Para San Agustín la historia de la humanidad es la historia de la lucha entre el amor a sí mismo y el amor al otro. Basta notar que “el otro” no necesariamente designa al semejante que es reflejo especular del propio yo. Entonces, si se es capaz de notar eso, se notará también que ello responde a lo que Freud llamó libido de objeto. Esa que, como bien señala Lacan –freudiano al fin-, se opone al narcisismo (7).

Felizmente afirma Deleuze que no hay obra desesperanzada. Y en cierto sentido no hay obra que no sea amorosa. En toda obra hay una cesión de sí (8). Una cesión para nada oblativa. Basta señalar eso para medir la vanidad de la idolatría del goce, propia de los progresismos de nuestro Brave new world. Porque dar no tiene nada que ver con las especies del voluntarismo o del esfuerzo sacrificial. Sea lo que entendamos por “dar”, los psicoanalistas debemos reconocer que nunca es el yo el que da. El yo no puede dar. Nada. Nunca. Y el yo no puede dar nada, porque nunca es lo suficientemente pobre para hacerlo. Sólo los pobres son capaces de dar (9). ¿No es esto lo que dice Lacan? ¿No se trata de dar lo que no se tiene, o, como dice Borges, de dar lo que ya es del otro, lo que nunca fue nuestro? Si únicamente se da desde la pobreza, sólo desde la posición del que no tiene se puede dar algo. Eso ya lo saben todos los de la parroquia. Lo que en la parroquia no piensan es que sólo por el falo una mujer carece de algo.

Hay alegría en el dar. Dar no es algo que nosotros hacemos. El arte no es algo que nosotros hacemos. Uno y otro son algo que nos ocurre. Y ocurre a pesar de nosotros (10). Nos rescatamos en el dar. ¿De qué nos rescatamos? Nos rescatamos del melancólico infierno del goce. ¿No es el suplicio de Dafne –convertida en árbol-, en el que Lacan vio una metáfora del dolor y la melancolía, aquello de lo que la artista pide ser rescatada? (11) Mallarmé tenía razón al decir que la carne es triste. Por eso el sujeto moderno es, en el fondo, un depresivo (12).

Hoy la metáfora parece haber sido expulsada de la parroquia. Ella sigue ahí, pero los parroquianos la ignoran, no quieren saber nada con ella. Han olvidado que alguna vez Lacan dijo que el amor era una metáfora. La metáfora nos rescata. El síntoma nos rescata. Si el psicoanálisis tiene algo para decir, es eso. Porque si hay una dimensión de excesivo padecimiento en el síntoma es porque hay algo a lo que no le damos un lugar en nuestra vida. No hay obra de arte que no sea sintomática. No hay partenaire amoroso que no sea sintomático.

No son muchas las metáforas que nos rescatan, pero sólo lo hacen cuando se presentan como un acto. El rescate es una metáfora, y hasta podría decirse que es metáfora de la metáfora misma. Al fin y al cabo, como dijo Neruda, ¿para qué sirven los versos si no es para esa noche en que un puñal amargo nos averigua?

 

Marcelo Barros

 Referencias

1 Lacan, Seminario XX

2 Nietzsche: “El amor es la virtud que se regala”

3 “Amar y trabajar”, las dos condiciones, según Freud, para la salud del alma

4 Lacan, Seminario XXIV

5 Lacan, Conferencia en Ginebra sobre el síntoma

6 Lacan, Seminario XIX

7 Lacan, Seminario XV

8 Lacan, Seminario X

9 León Bloy, Diarios

10 Whistler: “El arte acontece”

11 Lacan, Seminario VII

12 Elizabeth Roudinesco habla de nuestra sociedad como “depresiva”

Autor: Marcelo Barros