“Fedro, el amor y el binomio érastes-erómenos”

Este breve escrito intentará cernir la temática a la que convoca en esta ocasión la revista Desvíos: el amor. Para ello se hará base en un texto eje, casi ineludible en cualquier trabajo que intente cernir este tópico: El Banquete de Platón. Debido a su complejidad y amplitud se ha decidido centrar el análisis en uno de los elogios que allí figuran, el realizado por Fedro. De esta manera, se podrá efectuar un pormenorizado análisis de un fragmento de la obra buscando extraer las lógicas intrínsecas que propone, exponerlas y realizar un análisis que pretende aportar claridad, lógica y consistencia.

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Emiliano Medús, miembro del Centro de Estudios Psicoanalíticos de la UNSAM

Recordemos sucintamente el marco en que se desarrolla esta obra. El Banquete relata una reunión en casa del célebre poeta ateniense Agatón, que tiene como fin celebrar su reciente victoria en un prestigioso concurso de tragedias. Comentan los historiadores que en la antigua Grecia era habitual proponer un tema sobre el cual disertar a lo largo de la velada, de esta manera se establecía una suerte de competencia en la cual los invitados debían dar cuenta de sus habilidades retoricas. En aquella oportunidad, el anfitrión propuso disertar sobre Eros: el Dios del amor. El último elogio esgrimido sobre Eros es sin dudas el más finamente elaborado, no solo por ubicarse en lo que se podría llamar la buena vía, sino porque discute con los precedentes, los abarca e integra constituyendo un complejo análisis del fenómeno del amor. Sócrates es a quien se le atribuye éste elogio y es, sin duda, en torno a él que gira toda la obra. Finalmente, no hay que dejar de señalar la aparición fundamental de Alcibíades. Contrariamente al resto de los discursos que razonaron sobre el amor, este general sostendrá su elogio teniendo a Sócrates por objeto. Un elogio capital que permite un nuevo giro en la obra y que le brinda mayor consistencia y volumen a su argumento.

Respecto al elogio de Fedro, concibo que brinda bases indiscutibles a tener en cuenta sobre el fenómeno del amor desde una concepción psicoanalítica. Posiciones que son desplegadas y desarrolladas por Lacan en su seminario sobre la Transferencia.

Fiel a su época y cultura, Fedro construye su elogio a partir de tres mitos griegos. Describiremos cada uno dando cuenta de las lógicas que subyacen y las posibles consecuencias que implicarían para el psicoanálisis.

El mito de Alcestis

Este mito se centra brevemente en el acto de ofrecer la vida por aquel a quien se ama. En este caso, Alcestis ofrece su vida frente a la inminente muerte de su esposo Admeto. Fedro sostiene que ninguno de los padres de Admeto se muestra dispuesto a dar la vida por su hijo. El mito finaliza con la admiración de los dioses por el acto desinteresado de Alcestis, quienes la hacen volver del Hades (infierno) para vivir junto a su esposo. Fedro encuentra en este mito la escena perfecta para indicar uno de los pilares de su razonamiento: el amor como una elección. Se rompe con la lógica de lo determinado biológicamente, en este caso el lazo sanguíneo-filial, una supuesta naturaleza inherente a lo humano. Interesantes tensiones sostendrá el psicoanálisis apoyado en esta lógica: naturaleza-cultura, instinto-pulsión. Si examinamos un poco el argumento, se observa que el fenómeno del amor, en tanto elección, implica lógicamente dar. Amar conlleva una elección, ésta a su vez implica rechazar y dar, en este caso la propia vida. Amar-elegir-rechazar-dar. Posteriormente Lacan establece que este “dar” no es algo que se posea.

El mito de Orfeo

En este mito, Fedro encuentra el argumento para sostener que el amor implica siempre arriesgar lo propio. Es el contra ejemplo porque opera por la negativa, funciona a partir de su fracaso. La esposa de Orfeo, Eurídice, se encontraba en el Hades. Sabiéndose él un gran músico, capaz de adormecer a quien lo escuchase tocar la lira, desciende al submundo en busca de su amada. Luego de pasar todos los obstáculos imaginables al son de su música, se encuentra con Hades y Perséfone quienes les permiten retornar al mundo de los vivos a condición de que no mirase a su esposa hasta salir del Hades. Cuenta el mito que Orfeo no soportó la tentación y en el umbral del Hades giró para verla, advirtiendo inmediatamente como ésta era nuevamente retornada al inframundo. Finalmente, los dioses, enojados por la debilidad de Orfeo, lo castigan tendiéndole una trampa con mujeres hermosas que lo asesinan.

Según Fedro este mito implica dos nociones: por un lado, el amor y su vínculo con el arriesgar algo de lo propio. En este caso Orfeo no arriesga su vida, él conocía el poder de su música. Seguidamente, el amor tiene algún vinculo con el frenar los impulsos, el amor no es sinónimo de pasión. Orfeo sucumbe a la tentación de ver a su amada mientras  están en el Hades, algo del goce debe quedar por fuera en el amor. De estos dos “errores” cometidos por Orfeo podemos inferir consecuencias para el psicoanálisis: primeramente, respecto a la implicación del sujeto con el acto. En el análisis se pone en juego lo propio, se arriesga, se expone en un decir. Freud sostenía que toda problemática es actual, el paciente no concurre al encuentro analítico a teorizar su vida, ni a plantear problemas inexistentes, teoremas ajenos o hipótesis de trabajo. Dice nadeces en las vueltas de un decir que intenta cernir la singularidad de lo que, entiende, es su problemática. Se despliega así el desplazamiento significante y es entre su decir, en su decir, que se puede presentar o no el sujeto del inconsciente. Otra consecuencia a leer en este mito es la referida a aquello que bien podemos ubicar respecto al goce fálico, Orfeo no se priva de contemplar a su amada.

Con Lacan el sentido de abstinencia cobra un sentido capital. Me refiero específicamente al analista y a su propia contratransferencia, en tanto única resistencia al tratamiento. Afirmación que le posibilitará posteriormente constituir una reformulación, la pregunta por el deseo del analista y la ética que conlleva.

Mito de Aquiles

Este mito viene a plantear al amor como la sustitución de la posición del  amado por la del amante. Thétis, la madre de Aquiles, le advierte la profecía del oráculo que lo condena a dos posibles destinos: luchar y morir en la guerra de Troya, trascendiendo en la historia como héroe recordado por futuras generaciones, o no pelear en batalla y retornar a su tierra para vivir una larga y placentera vida junto a su familia. Cuenta el mito que, al inicio de esta guerra, Aquiles se retiró al campamento negándose a pelear. Fue solamente luego, al enterarse que su amigo y amante Patroclo había sido muerto por Héctor que decide vengar su muerte. De esta manera, Aquiles termina dirigiendo la invasión final a Troya, matando al asesino de Patroclo y erigiéndose en el héroe indiscutido de la victoria antes de morir herido por una flecha clavada en su talón. Observemos junto a Fedro que Aquiles en su búsqueda de venganza no intenta salvar a Patroclo, su amante ya yacía muerto. Aquiles da su vida sin buscar rédito a cambio. Tal vez, se podría argumentar que su recompensa fue ser recordado como héroe eternamente, argumento que queda descartado al advertir que, en un inicio, Aquiles renuncia a estos honores para volver a su patria y vivir junto a los suyos. Cuenta el mito que los dioses quedaron maravillados por esta actitud y, como recompensa, lo enviaron a la isla de la Bienaventuranza, mayor reconocimiento al que podría aspirar un mortal, cumpliéndose de esta manera la profecía. Aquiles realiza un acto desinteresado, el acto desprendido de todo calculo utilitario, táctico o estratégico.

Se observa que tanto este mito como el análisis escapan a lo útil y conveniente, no guardan vinculo sino contingente con ellos, ocurre lo mismo respecto a la moral y el progreso. Si el goce fálico es estructural, ¿quién dice que es mejor gozar de tal manera u otra? Aquí importará de qué el sujeto desea ser testigo en su quehacer.

Para el análisis de este mito considero imprescindible realizar previamente una breve caracterización de la pederastia, en tanto costumbre de la época griega. Etimológicamente, esta palabra proviene del griego -paideratía- que significa amor sexual por los muchachos. La pederastia, en la antigua Grecia, no solo se encuentra ligada al intercambio sexual entre hombres de diferentes edades, sino que, además, es considerada una costumbre social que tiene como fin la iniciación del púber en el mundo adulto de la polis. El joven, en su búsqueda de adquisición de conocimientos, establecía un vínculo carnal con un adulto poseedor de saber, moral, bienes y contactos. Un joven, falto de saber y recursos, y un adulto, poseedor de aquellos. Se intercambiaba belleza por sabiduría. En el mismo Banquete se sostiene la importancia de esta costumbre social, es por esto que Agatón le pide a Sócrates que se siente junto a él, cual dos vasos comunicantes compartiendo el liquido del saber. Agatón demanda el saber de Sócrates. Claramente, Agatón ocupa la función de erastés-amante, mientras Sócrates es el adulto erómenos-amado. Una función erastés-falta-activo, el otro en una supuesta función erómenos-completud-pasivo.

Ahora, observemos el contrapunto que se sostiene entre los mitos de Alcestis y el de Aquiles. Ambos son recompensados por sus sacrificios, pero Aquiles es quien merece, según los dioses, el mayor reconocimiento posible. ¿Por qué? Lo indica Fedro: “…los dioses… admiran, elogian y recompensan más cuando el amado ama al amante, que cuando el amante al amado, pues un amante es cosa más divina que un amado, ya que está poseído por un dios”. Alcestis ocupa la posición de amante, la acción parte de ella, es calculada, tiene un objeto y un fin: salvar al amado, ella es en tanto que erastés. Diferente ocurre con Aquiles, él es el guerrero al que todos admiran, el bello, el amado. Él descansa pasivo fuera de batalla y Patroclo es el amante activo que muere intentando llegar a ser un guerrero diestro como Aquiles. ¿Por qué los dioses admiran y recompensan más a los erómenos que a los erastés? Porque rompen con la lógica esperada. El amado se encuentra en posición de completud, supuestamente no le falta nada, es pasivo. La acción siempre parte del erastés, él está en posición de falta y busca saber a partir del erómenos. El amado no busca recompensa, lo cual escapa a la lógica de lo útil y lo conveniente. Se concibe que la acción del amado, como inútil, no conviene a nadie, ambos terminan muertos. Este fuera de lógica es lo que provoca la híper-estima de los dioses. Es ilógico que surja una acción por parte del amado dirigida al amante. Fedro coloca esta acción al nivel del milagro y sostiene que en esta lógica se enlaza el fenómeno del amor.

 

El binomio erómenos-erastés permite comprender la célula elemental de la transferencia. Quien ocupa la función paciente se concibe él mismo en posición de falta: hay un saber sobre sí mismo que él desconoce, ignora cómo resolverlo, y consulta al análisis con una pregunta por su síntoma, una pregunta por su padecer. Cree en consecuencia que un analista es quien puede ayudarle, darle “la respuesta correcta”. A la vez, sabemos con Freud que el paciente no sabe que sabe. La propuesta, entonces, es invertir los términos, las posiciones puestas en juego. Nunca se trata de que el analista tenga la respuesta sobre el padecer, el analista opera en tanto semblante de objeto a, función que puede permitir la apertura a otro saber. La operación analítica permite la escucha de lo nuevo. Aquí se vuelve esclarecedora la importancia de concebir al paciente o a un analista no como personas, sino funciones que operan en acto en una situación concreta. ¿En qué consiste lo que se produce en análisis? En un cambio de posición: que el erómenos devenga erastés. El análisis, como dispositivo, funciona en tanto se opera en el discurso produciendo inversiones y giros.

Tomemos, por ejemplo, el acto fallido, formación del inconsciente paradigmática y esclarecedora. El paciente trata de ¿explicar?, ¿contar?, ¿describir?, los hechos de su vida al analista. Cree saber lo que dice, los fundamentos de lo que dice y cuáles son las consecuencias concretas de estos hechos y padeceres. El acto fallido es la operación en el discurso que da cuenta de la inversión del mismo, sustitución de posiciones. La sorpresa sobreviene al encontrarse un otro decir en lo dicho. ¿Qué es el lapsus, el chiste, el sueño y todas las formaciones del inconsciente sino la sorpresa, lo no esperado? Al igual que el acto de Aquiles, el acto analítico escapa al cálculo, a lo previsible. Lacan sostiene que en el análisis no se trata de comprender, la estructura del après-coup es índice de ello. Acaso si ahora creyendo comprender, ¿no se despierta uno para seguir durmiendo? La función analista opera a partir de cierto corrimiento, desplazada, en otro lugar de lo esperado -demanda del paciente, recuento histórico, anamnesis-. Sin duda, hay que tener estos datos en cuenta, habrá que pasar por ahí, pero si hay algo de lo cual Lacan es testigo y vocifera a los cuatro vientos es que el analista haga semblante de objeto a. En eso estaba Lacan cuando sostiene que él piensa con sus pies… es aconsejable no creer que se piensa con el cerebro. Que lo que pase sea la orientación. Si los cambios de posición son lo a producir, el paso inevitable por la cómoda comprensión no puede ser sino la antesala hacia lo no calculado.

Forzando un poco los alcances del discurso de Fedro, se considera pertinente esbozar brevemente lo que Miller concibe como la segunda metáfora del amor: es a partir de la falta en ser que existe un objeto que, en tanto inalcanzable, opera como motor, el érastes desafectado por la ilusión de complementariedad, la no relación sexual. El sujeto que encarna la falta, función deseante, puede o no convocar lo amado a la posición deseante. Se relanza el pasaje de la función amado a la de amante.

Finalmente, se podría ubicar la función erastés-falta con la del deseo y la del erómenos-completud con el goce autoerótico. De esta manera, el amor como metáfora será el pasaje desde la posición de goce del Uno, creencia en la complementariedad, a la posición de deseo metonímico en el campo del Otro. Es en este sentido que Lacan sostiene que “sólo el amor permite al goce condescender al deseo”. El amor, como lo que viabiliza, posibilita una abertura contingente, no calculada, entre estas dos posiciones.

Emiliano Medús

Referencias bibliográficas:

El Banquete, Platón, Clásicos de Grecia y Roma. Editorial Alianza.

Jacques Lacan, El Seminario, Libro X, La angustia, Editorial Paidos, página 194

Jacques Alan Miller, Les deux méthaphores de l’amour, Revue de L’ Ecole de la Cause Freudienne, Actes, nº 18, juin 1991, p. 219.

Lacan, La Tercera, Roma, 01-11-74

Autor: Emiliano Medús