“Filosofar en Devoto. La detención de los cuerpos”

Pero los que vivimos en la cárcel, y en cuyas vidas no hay más acontecimiento que la pena, tenemos que  medir el tiempo por espasmos de dolor y el registro de los momentos amargos. No tenemos otra cosa en que pensar.

Oscar Wilde

 

Mientras me cuenta los vericuetos judiciales de su causa en un pasillo del CUD (Centro Universitario Devoto), Sebastián mira hacia un costado y hace cálculos: “Si logro salir de acá antes de los seis meses, entonces lo voy a tomar como un aprendizaje, como si hubiera estado pupilo en una escuela. Pero si tengo que estar más tiempo, sé que hay huellas que van a ser irreversibles, hay algo que le empieza a pasar al cuerpo acá adentro, no sé bien cómo explicarlo”. Eso que le pasa al cuerpo también lo había comenzado a notar, de alguna manera, mi propio cuerpo, a medida que todos los viernes entraba a la cárcel de Devoto como parte del equipo que coordina el Taller de Filosofía que allí se dicta. Algo así como una recomposición de las disposiciones afectivas y reflexivas que se acentuaba aún más por el contraste entre el adentro y el afuera del lugar de encierro. A la vez, el espacio propio donde se desplegaba la enseñanza filosófica, el Taller de Filosofía, me sorprendió al introducirme en una dinámica que planteaba una enorme cantidad de desafíos para los que no estaba preparado.

Enseñar filosofía en el CUD es enfrentarse una y otra vez a que nuestras certezas filosóficas se resquebrajen, nuestras aptitudes pedagógicas se tengan que reinventar constantemente y nuestros cuerpos ingresen en un régimen radicalmente distinto al que habitamos en el exterior. El objetivo de este breve trabajo es indagar sobre los modos, las circunstancias y las consecuencias de esta interpelación sobre los cuerpos de los docentes y estudiantes del taller en ese espacio tan particular que es la cárcel y preguntar a la vez qué relaciones se pueden establecer entre esa particularidad de los cuerpos y la praxis filosófica. Articulamos entonces la exposición en torno a la siguiente pregunta:

¿Qué ocurre cuando los cuerpos se detienen?

Hay, en principio, una acepción general y una más específica en el concepto de “detención”: la primera se refiere a la situación en la que algo que se movía, deja de hacerlo. Este fenómeno puede darse por varios motivos: una barrera se interpone en el camino de aquello que tenía movimiento y lo traba, o un movimiento en dirección contraria choca y anula al primero, o simplemente la fuerza que generaba el movimiento se agota. En todo caso, cuando lo que se desplazaba a una velocidad se detiene, todo cambia: la relación con el entorno no puede ser ya la misma y la configuración propia de lo que poseía movimiento tampoco. Lo que se presentaba como una distancia, ahora es una superficie o es un hábitat y lo que se entendía a sí mismo con un movimiento respecto a su ambiente, tiene que volver a sí, para encontrar algún tipo de velocidad interna en la que esa fuerza pueda desenvolverse.

En el contexto de este trabajo, ese algo que se desplazaba es el cuerpo de los presos, quienes no pueden ya circular libremente. Esta detención es violenta, los cuerpos son encerrados, esposados, encarcelados, requisados. La detención implica un cambio en el estatus subjetivo de aquellos sobre quienes se ejerce: pasan a ser “detenidos” y a partir de ese momento, los acontecimientos más significativos estarán en relación a la continuación o a la pérdida de esa nueva identidad. De manera menos brutal, pero aún así firme e inexorablemente, se detienen, se controlan y se revisan los cuerpos de los docentes que ingresan al penal. Quizás podríamos decir que los docentes son detenidos voluntariamente y que pueden volver al exterior cuando lo desean. Pero aún así, la experiencia de atravesar las rejas, las identificaciones documento en mano, las huellas digitales, los detectores de metales, la escolta del servicio penitenciario, la confiscación de los teléfonos celulares (la incomunicación) todo contribuye a conformar las condiciones de detención en tanto corte violento con las formas de movimiento exteriores.

Más allá de la macro y microfísica del poder que operan allí, hay un cambio de velocidad entre el vertiginoso ritmo de la ciudad y el interior del recinto amurallado. Esto contribuye, de algún modo, al estado de reflexión en que se encuentran las personas allí detenidas. Y esta particular disposición, producto de la situación de detención y encierro, se traduce paradojalmente en un campo fértil para el pensamiento filosófico. Estamos en el terreno de las condiciones de posibilidad del pensamiento, condiciones materiales que todos hemos aprendido a ver en la estructura socioeconómica de la polis griega, en la que los ciudadanos libres filosofan porque los esclavos se ocupan de la producción. Sin hacer una apología de la función punitivo-carcelaria, es necesario pensar sobre las condiciones que esta interrupción en el vértigo de la vida “en libertad” proporciona a los detenidos. Por otra parte, los cuerpos de los docentes se encuentran atravesados por los requisitos burocrático-punitivos de las autoridades carcelarias, la cercanía emocional con situaciones de vulnerabilidad y las tensiones presentes en las relaciones de los estudiantes entre sí y con la institución carcelaria. Esto marca una singularidad en la praxis docente. Demoramos en entrar, en atravesar las ocho puertas metálicas custodiadas con pasadores, guardias y candados; pero también demoramos en salir, porque lo que acontece en el espacio de enseñanza nos atraviesa demasiado intensamente para que tengamos nosotros la potestad de decidir cuándo dejarlo a un lado para volver a la “normalidad” del afuera.

Comencemos entonces por las preguntas, porque detenerse y abrir el espacio de las preguntas son dos aspectos de una misma vivencia. ¿Por qué, después de varios años de experiencia docente en diversos ámbitos, lo que pasó en el Taller de Filosofía del CUD fue tan fuerte? ¿Por qué sentí que había algo cualitativamente diferente respecto a otros estudiantes de filosofía? ¿Cuál era ese plus que hacía que, a pesar de la situación en la que se encontraban, los participantes del taller tuvieran tal nivel de compromiso con la reflexión filosófica? Digámoslo ahora en el modo de la certeza, porque una pregunta no es otra cosa que un modo de poner distancia respecto de la violencia de aquello que se afirma, y en este caso lo cierto era lo siguiente: me encontré con un grupo de personas que tenían una disposición para pensar como hacía tiempo no sucedía. Y entonces, la certeza dio vuelta las preguntas. ¿Estaba frente a un grupo de personas excepcionales o se trataba de un fenómeno generado de alguna manera por la situación de encierro? ¿Qué era lo que no permitía encontrar tan fácilmente esta disposición en el exterior, en los grupos de lectura y estudio de filosofía de los que circulan libremente por la ciudad? ¿Qué es lo que el movimiento no permite? Comenzar a responder estos interrogantes es una forma de comprender tanto lo que sucede dentro del CUD como lo que sucede fuera de sus murallas en relación a la enseñanza de la filosofía.

La ciudad que habitamos está atravesada por formas múltiples de circulación, de tráfico, concepto que implica comerciar y también desplazarse: hay tráfico de automóviles y transeúntes, de mercancías y dinero, de influencias y reconocimientos, de comunicaciones y deseos. Decimos que todo esto circula porque no se detiene, porque su lógica es la de la multiplicación de la circulación y, si bien tiene sus remansos y sus lugares de condensación, la posibilidad de detenerse, es decir, de abrir el espacio de la pregunta, está de antemano obturada. La ciudad no invita a la reflexión filosófica, demanda en cambio una perpetua ampliación del tráfico mundano. Es en medio de este mundo en el que estamos habituados a enseñar y aprender filosofía. Y aunque intentemos encuadrar la práctica y el pensamiento filosóficos en ámbitos relativamente aislados, como un aula, es realmente difícil sustraerse al tráfico de aprobados y reprobados, a la circulación del “quedar bien” o “quedar mal” en el momento de realizar algún comentario, a la intervención que intenta seducir o atacar a alguno de los integrantes del grupo de reflexión. Aún para quienes genuinamente se interesan en la filosofía, sin hacerlo para acreditar materias o títulos, es muy difícil evitar otro tipo de formas de escape. Porque de eso se trata la vida atravesada por tráficos vertiginosos, de una fuga perpetua hacia adelante, y la filosofía requiere una pausa, un estancamiento, aunque para dar en blanco deberíamos más bien decir “una velocidad propia”, distinta, extraña, incompatible en buena parte con la de las prácticas cotidianas.

Claro está que no estamos afirmando que el pensamiento filosófico deba desarrollarse completamente separado de la vida cotidiana, que sus temas, métodos y problemas sean los de un mundo suprasensible ubicado en el Empíreo o los de un mundo interior ubicado en lo recóndito del alma. No se trata de retirarse completamente del lugar en que habitamos para hacer filosofía. Retirarse completamente es imposible, porque no hay afuera, sólo hay márgenes, y es allí, en los modos de la marginalidad, en los espacios de lo marginal, donde vemos aparecer figuras que no trafican, sino que deambulan o vagabundean errantes. Retirarse es imposible porque los problemas que nos interesa pensar, tienen sentido si se nutren de la vida que de algún modo conocemos, si permiten modificar esa relación con el mundo a la que estamos habituados, es decir, si habilitan un deslizamiento o una grieta en las dinámicas de la circulación y el tráfico a las que nos referimos. Pero para que ello tenga oportunidad de suceder, es necesario interrumpir el funcionamiento automático de la circulación, situarse en otro espacio materialmente existente, cosa que no implica un quietismo, sino una actividad de diferente tipo. Cuando hablamos de detenerse, no queremos decir entonces permanecer inamovibles e imperturbables como filósofos-estatuas, sino ser capaces de habitar otros ritmos y otras intensidades. Esto es lo que encontramos difícil de realizar en diversas experiencias de enseñanza de la filosofía. Porque cambiar de velocidad da vértigo, queremos seguir bailando la música que ya conocemos y es entonces cuando un acontecimiento en algún sentido externo y con alguna dosis de violencia (una enfermedad, un desequilibrio emocional profundo, una detención “tras las rejas”) pueden proporcionarnos el golpe de gracia que no podíamos realizar por nuestros propios medios.

En la cárcel, por supuesto, funcionan también muchas de las dinámicas que encontramos puertas afuera. Hay circulación y tráfico en Devoto. Pero la detención violenta respecto a la dinámica exterior, la obligada resocialización y la centralidad que gana la afectación de un hecho puntual (delito, presunto delito) sobre la situación vital, regida desde ese momento por una serie de decisiones judiciales y policiales, conforman una oportunidad única para el desarrollo de un tipo de pensamiento que tenía hasta ese momento pocas posibilidades de florecer. “Acá tenés mucho tiempo para pensar” afirma Gaby. En tanto acontecimiento significante, el momento de la detención organiza ese pensamiento en el modo de la reflexión personal como presente continuo, en el que se anuda un pasado como revisión y un futuro como esperanza incierta. La obligada reorganización del presente en la vida carcelaria, impone no solamente el aprendizaje de un conjunto de códigos y comportamientos novedosos, exige además la ocupación de una temporalidad que se ensancha con una elasticidad hasta entonces impensada, en la que “la impaciencia –como dice Ricardo- es una ruleta rusa”. Para no terminar remedando simplemente el movimiento del tigre enjaulado, vemos que se gestan diversas estrategias de apropiación de los espacios, de ocupación de los tiempos y se tejen inesperadas formas de solidaridad que serían difíciles de encontrar afuera, donde las urgencias del comercio y el tráfico no sólo no tienen tiempo, sino que arruinan desde un principio anterior al tiempo estas formas de cooperación. ¿Se constituyen las formas de revisión del propio pasado en modos de reapropiación de ese nuevo presente? ¿Vertebran los relatos de las acciones realizadas y las proyecciones de lo por venir nuevas formas de subjetividad? No podemos aventurarlo, pero entendemos que aprovechando esta disposición que las condiciones de la detención propician, el espacio de estudio proporcionado por el Centro Universitario Devoto, genera escenarios únicos para la reflexión estrictamente filosófica. Es la detención más el espacio de estudio.

Afirma Nietzsche en el aforismo 114 de Aurora: “El estado en el que se encuentran los enfermos a quienes su dolor atormenta terriblemente durante mucho tiempo y sin que, pese a todo, su entendimiento se nuble, no es un hecho irrelevante para el conocimiento- prescindiendo de los beneficios intelectuales que conllevan la profunda soledad y la emancipación repentina y permitida de nuestras obligaciones y costumbres.” La convalecencia también es un tipo de detención obligada, aunque guarde enormes diferencias con la violencia estatal y para-estatal de la cárcel. Pero lo que nos interesa del comentario de Nietzsche, más allá de subrayar las ventajas intelectuales de la liberación de las obligaciones y costumbres, es la oportunidad que proporciona este pathos, porque la detención carcelaria es claramente una vivencia patética, algo que se sufre, una carga que hay que llevar. Y poder llevar una carga tan pesada implica tornarse sensible a una fortaleza de orden distinto a la que creíamos poseer, es el orgullo que se yergue frente a la tiranía del dolor. El orgullo de llevar esta carga es un movimiento de fuerte reconstrucción de una relación consigo mismo, pero esto es sólo el principio, Nietzsche continúa: “hemos soportado el dolor y exigimos violentamente un antídoto del poderoso orgullo; queremos extrañarnos y despersonalizarnos, después de que el dolor nos haya hecho durante demasiado tiempo demasiado violentos y personales.” Volvemos entonces a encontrar la chance de transformar aquello que practicábamos, aquello que éramos, aquello que creíamos ser y volver a reconfigurar nuestras relaciones con el mundo, con los otros, con nuestra sensibilidad. El primer paso es hacer patente que esa identidad que portábamos no es la única posible y que la vida puede albergar otro tipo de configuraciones. En palabras de Gastón: “Estoy convencido que su espíritu se fortalece más y más. Mientras más duro sea el castigo. Cuando un sujeto pasa este estilo de pruebas estatales, mira con otra realidad.” ¿Cuál otro es el fin de la filosofía?

Si llegamos entonces a un espacio como el CUD a realizar un Taller de Filosofía y proponemos una serie de problemas/textos/autores para trabajar en conjunto ¿qué es lo que sucede? Que las problemáticas de la filosofía política moderna están no sólo presentes, sino atravesando de forma patente la situación de los que allí se encuentran, detenidos por potestad del Estado; que los enfoques foucaultianos sobre la domesticación de los cuerpos y el poder positivo son mejor explicados por las diferencias arquitectónicas y administrativas entre el penal de Devoto y el de Ezeiza que por los planos de Bentham; que la relación que establece Nietzsche entre culpa y deuda en la Genealogía de la moral y la forma en que esa deuda puede ser saldada por el ejercicio de la crueldad, es moneda corriente en las formas de tramitar la condena; que nociones heideggerianas como “angustia” o “acontecimiento” se hacen palpables en toda su plenitud en este contexto; que la pregunta griega por la buena vida, aquella que merece ser vivida está vibrando en cada uno de los que forman parte del taller. Como afirma Albert Camus en El mito de Sísifo “Este infierno del presente es por fin su reino. Todos los problemas recuperan su filo. La evidencia abstracta se retira ante el lirismo de las formas y los colores. Los conflictos espirituales se encarnan y vuelven a encontrar el refugio miserable y magnífico del corazón del hombre. Ninguno está resuelto, pero todos se han transfigurado.”

Si la actividad de enseñanza y la actividad filosófica comparten una similitud primera, es la de ponernos continuamente en crisis, no importa cuánto hayamos avanzado en su práctica. La experiencia de enseñanza de la filosofía en contexto de encierro, no hace más que intensificar esa particularidad que está en los márgenes y, a la vez, en el centro de estas actividades. Lo que aprendí, lo que estoy aprendiendo al formar parte del grupo que coordina este Taller de Filosofía, es mucho más de lo que puedo todavía procesar y analizar. Tener la oportunidad de asistir, de pensar junto con los alumnos y docentes del Taller de Filosofía del CUD, es también una posibilidad respecto al pathos, porque el cuerpo docente también sufre. Se siente en el cuerpo. Como sucede cuando un autito a fricción en lugar de seguir avanzando choca contra una pared y empieza a temblar, a dar pequeños saltitos, a bailar, a liberar su energía de formas inesperadas. O cuando un haz de luz entra en un torbellino, se reconcentra sobre sí y se enciende aún más, como en La noche estrellada de Van Gogh, una noche en la que las estrellas vibran desmesuradamente. Agradezco a todos los que hacen posible este espacio en el que, por un momento no tenemos que seguir el vertiginoso ritmo de la gran ciudad, ni el ritmo totalizante de la botas al marchar.

 

 Prof. Diego Singer (UBA)

Autor: Diego Singer