“Foucault y Borges, el problema de las verdades científicas a través del arte”

“Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al pensamiento- al nuestro: al que tiene nuestra edad y nuestra geografía-.” (M. Foucault, Las palabras y las cosas, 1966)

 

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Jorge Luis Borges

Borges cuenta, en El idioma analítico de J Wilkins, el interés que este personaje tuvo en formular en el siglo XVII “la formación de un idioma análogo, general, que organizara y abarcara todos los pensamientos humanos.” (Borges 1952: 127). En el relato señala que mediante monosílabos construyó distintas clasificaciones de las cosas según sus características, por ejemplo “de, quiere decir elemento; deb, el primero de los elementos, el fuego; deba, una porción del elemento del fuego, una llama” (Borges 1952: 127). El argentino relata que este idioma analítico busca, a través de monosílabos o partes de palabras, clasificar conceptos según una característica. Sin embargo, esto resulta ilusorio porque el problema del lenguaje y del conocimiento está en juego en el relato. El universo, el mundo y todo aquello que lo compone no es susceptible de ser ordenado y clasificado en una idea. El lenguaje no dice más que palabras mediante partes de palabras (sílabas) que no logran explicar la totalidad de las cosas. Borges demuestra una postura escéptica frente al lenguaje y a la posibilidad de que este pueda dar cuenta de algún orden en el cosmos, “resultando todo conocimiento una ilusión y una ingenuidad” (Cf. Borges 1952:127). A este escepticismo que refleja cierta imposibilidad de que el lenguaje pueda establecer su relación con aquello que quiere nombrar, lo podemos ver  reflejado en el siguiente fragmento citado por el escritor:

El hombre sabe que hay en el alma tintes más desconcertantes, más innumerables y más anónimos que los colores de una selva otoñal… Cree, sin embargo, que esos tintes, en todas sus fusiones y conversiones, son representables con precisión por un mecanismo arbitrario de gruñidos y de chillidos. Cree que del interior de una bolsita salen realmente ruidos que significan todos los misterios de la memoria y todas las agonías del anhelo (J. L.  Borges 1952: 128)

Como vemos aquí, el escritor argentino problematiza el uso del lenguaje y su sentido a la hora de poder establecer la significación sobre las cosas, poniendo en duda la posibilidad que tiene el lenguaje al momento de direccionarse o referirse a un objeto.

En el prefacio de Las palabras y las cosas, Foucault cita este texto de Borges con el fin de examinar el problema del orden, la clasificación y el lenguaje. Este comienzo tiene una doble función: proponer problematizar el modo en que las palabras se relacionan con las cosas y trazar los objetivos generales de la obra. El filósofo francés menciona un fragmento de El Idioma analítico de J Wilkins que se refiere -en el relato- a una enciclopedia China que escribió el Dr. Khun, donde señala que los elementos que la conforman están clasificados sin criterio ni estatuto alguno:

Este texto cita “cierta enciclopedia china” donde está escrito que “los animales se dividen en a] pertenecientes al Emperador, b] embalsamados, c] amaestrados, d] lechones, e] sirenas, f] fabulosos, g] perros sueltos, h] incluidos en esta clasificación, i] que se agitan como locos, j] innumerables, k] dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l] etcétera, m]que acaban de romper el jarrón, n] que de lejos parecen moscas”. En el asombro de esta taxonomía, lo que se ve de golpe, lo que, por medio del apólogo, se nos muestra como encanto exótico de otro pensamiento, es el límite del nuestro: la imposibilidad de pensar esto. Así, pues, ¿Qué es imposible pensar y de qué imposibilidad se trata? (Foucault 2002: 1)

El problema principal, afirma Foucault, no reside tanto en la enumeración sin relación ni sentido sino en “el espacio que las hace vecinas” (Foucault 2002: 1), aunque sea el lenguaje el que las enuncia como lo único común que permite que las cosas se encuentren una al lado de otra. El pensador francés muestra que este desorden es más que una simple incongruencia, es el reflejo de que no hay un criterio epistémico de ordenamiento.

En suma, el problema del ordenamiento y de la clasificación sin ningún criterio “impide nombrar esto o aquello” (Foucault 2002: 3), impide  otorgarle un significado a cada cosa. Si bien el lenguaje, al nombrar en la enciclopedia china, establece una rúbrica y ubica a las cosas cuando las nombra, no por ello implica que las palabras se refieran a las cosas con un orden y una relación.  En efecto, el pensador francés pone énfasis en la dificultad de que las palabras puedan dar cuenta de las cosas con un sentido, dado que no hay una mesa de disección, pues  “lo que se ha perdido es lo común del lugar y del nombre” (Foucault 2002: 5).  Con respecto a esto último, el prefacio nos plantea el problema  que encontramos de poder establecer con certeza aquello que hace posible una clasificación. Por un lado, Foucault se interroga por el espacio que hace posible la aparición, el ordenamiento y la clasificación; por el otro, se pregunta sobre la función del lenguaje en torno a un saber.

En este sentido, la lectura del filósofo acerca del texto del escritor consiste en profundizar algunos aspectos que el mismo había señalado implícitamente: el rango epistémico y la historia. El primero lo podemos ver al comienzo del texto, cuando Foucault enfatiza su crítica acerca del rigor epistémico que hace posible todo conocimiento. El segundo lo podemos constatar cuando, al igual que Borges, su mirada crítica no se refiere a un momento particular de la historia, sino a toda la cultura occidental y al modo en que ésta ha fundamentado un concepto de Episteme y ha determinado un lenguaje para atribuirle significado a las cosas prevaleciendo, al igual que en el texto literario, cierta perspectiva universal de la problemática. De este modo, podemos corroborar que la literatura, mediante las reflexiones filosóficas de  Foucault en torno a la problemática del significado, cumple una función deslegitimizadora tanto del conocimiento como del uso del lenguaje.

El fundamento de toda crítica tanto del lenguaje como de la episteme, no tiene que ver solamente con el ordenamiento y la clasificación de las cosas, sino que el núcleo de la cuestión reside en que la Cultura Occidental se ha referido al problema del conocimiento teniendo en cuenta los códigos fundamentales de cada cultura (lenguaje y creencias) y los argumentos científicos. Sin embargo, ninguna de las dos opciones ha podido dar cuenta de ese espacio fundamental, que es anterior a todo lenguaje y a toda teoría científica, en el cual las cosas se encuentran y “que es la experiencia desnuda del orden o del modo de ser” (Foucault 2002:6). Lo que queda abierto y por descubrir es el espacio epistémico que hace posible analizar las cosas que allí se encuentran y el lenguaje que le otorgue significado. En este sentido, la propuesta fundamental del autor de Las palabras y las cosas consiste en analizar esta experiencia “desnuda del orden” (Foucault 2002:6), que es anterior a todo conocimiento teórico, para conocer cuáles han sido los modos en que se ha abordado la relación entre las palabras y las cosas, en un espacio epistémico específico y en un momento histórico también determinado.

En síntesis, Foucault, mediante la reflexión filosófica sobre el relato literario de Borges, pone en evidencia la problemática relación entre las palabras y las cosas, el complejo vínculo entre la episteme y el lenguaje, entre lo que conocemos y lo que decimos, entre aquello que hace al conocimiento verdadero y aquello que da cuenta de eso.

En el desarrollo del prefacio de Las palabras y las cosas, a través de la lectura que Foucault hace de Borges, quedan expuestos dos temas fundamentales: por un lado, la Episteme y la temática del ordenamiento y la clasificación y, por el otro, el lenguaje y la temática  del significado. Las palabras y las cosas, que en principio se iba a publicar con “El orden de las cosas” (Foucault 2002:11), va a mostrar los distintos órdenes epistémicos que aparecieron en cada época. La episteme no será una teoría científica sino la descripción de la normatividad interna de las diferentes actividades científicas que han sido practicadas. En este sentido, la pregunta que surge de la reflexión filosófica sobre el texto no consiste en saber cómo conocemos una propiedad o una cosa sino: ¿De qué modo están ordenadas las cosas? ¿Es nuestro lenguaje aquel que ordena las cosas? y “¿por qué en cada época  el orden de las cosas es diferente y por qué las teorías que explican este orden son diferentes?” (Castro 1995:41). Las reflexiones del filósofo francés intentarán dar respuestas a estos interrogantes teniendo en cuenta que,

El orden es, a la vez, lo que se da en las cosas como su ley interior, la red secreta según la cual se miran en cierta forma unas a otras, y lo que no existe a no ser a través de la reja de una mirada, de una atención, de un lenguaje; y sólo en las casillas blancas de esta tablero se manifiesta en profundidad como ya estando ahí, esperando en silencio el momento de ser enunciado. (Foucault 2002:5)

El examen filosófico, por lo tanto, se ubica en una región intermedia entre el orden de las palabras (otorgadas por los sujetos mediante el lenguaje), las ideas (propuestas por las teorías científicas) y las cosas (los objetos del campo empírico), y se propondrá dar cuenta de los distintos órdenes epistémicos en cada época, convirtiéndose así “en una historia del orden” (Castro 1995:41). Esta historia del orden consistirá en examinar y determinar los modos del orden tanto en el Renacimiento, en la Época Clásica y en la Modernidad, señalando las distintas maneras en que están implicadas las palabras y las cosas en cada temporalidad epistémica. De este modo, Foucault abre el interrogante sobre en qué consiste la episteme en cada época histórica, mostrando no tanto una descripción de aquello que se conoce, sino más bien un orden que es anterior a toda afirmación científica, cuestionando cuáles son las condiciones que lo hacen posible en cada momento histórico.

En suma, Foucault, a través de su reflexión filosófica sobre la literatura de Borges, no sólo cuestiona el origen de todo paradigma epistémico en cada época, sino el uso y, especialmente, el sentido del lenguaje. Por otra parte, resulta relevante que el pensador francés examine la cuestión de la episteme y el lenguaje, no desde una teoría científica, ni desde una perspectiva filosófica que lo antecede, sino que recurre al arte a través de la literatura. El texto de Borges, citado y examinado filosóficamente por el francés, opera como crítica de todo paradigma científico que se haya desarrollado en la Cultura Occidental; cuestionando la legitimidad tanto de las teorías científicas como de los saberes propuestos, como así también de los criterios de verdad formulados a lo largo de la historia, demostrando como principal argumento filosófico la imposibilidad de que las palabras puedan dar cuenta de las cosas.

Leandro Pena Voogt

Referencias bibliográficas

 

  • Borges Jorge Luis. Obras completas VI. Otras inquisiciones. El idioma analítico de JhonWilkins. Buenos Aires. Sudamericana, 1952, pp. 127-128.
  • FoucaultLas Palabras y las cosas. Buenos Aires. SXXI, 2002.
  • Castro Edgardo. Pensar a Foucault. Interrogantes filosóficos de la arqueología del saber, Buenos Aires. Biblios,1995.

Autor: Leandro Pena Voogt