“Había una vez…”

 

-“Hola Hugo, podemos encontrarnos con el rector mañana a las ocho. Si estás de acuerdo, nos vemos en Saint Michel, en el bar de la esquina, y tomamos un desayuno juntos; tenemos los minutos contados”-. Así fue como conocí, hace ya casi diez años, al Doctor Carlos Ruta.

El lugar del encuentro me era conocido, un bar de París en el Boul’Mich, cerca de Notre Dame, ahí mismo donde con mi amigo Gregorio Devito, allá por el año 72 del siglo pasado, tomamos el primer café el día de mi llegada a París. Ese día empezaba una nueva vida. Había decidido quedarme en Francia, momento de decisión.

10417798_319383901551911_1998560609591049365_n-1-300x203

Francisco-Hugo Freda, Director del CEP

Cuando encontré al rector, de alguna manera se iniciaba lo que llamaré “empezar a volver”. Entre café y croissants, entre risas y comentarios, entre anécdotas de Claudio y apresuramientos, conté someramente qué es lo que había hecho y qué es lo que hacía. Al despedirnos del “desayuno inaugural”, el rector me dijo con su particular tono de voz: “mándame un CV”. En esas cosas yo sé hacer; horas después, él había recibido una cuantas páginas en las que se ordenaba mi vida profesional. Pero recuerdo, sobre todo, que de ese encuentro me llevé una impresión rara, sentía que había encontrado a alguien que me hacía recordar mis encuentros con algunas personas determinantes para mi vida, las mismas que me habían dicho: “Sos libre de hacer acá lo que quieras”. Tuve la impresión de que él, Carlos Ruta, estaba tallado en esa piedra. Cuando encontré a Jacques Lacan, para proponerle la publicación de Ornicar y de las Lettres de la Escuela freudiana de París en español, me dijo, en medio de la sala de espera donde nos encontramos él y yo solos: “Usted es libre de hacer lo que quiera”. Es verdad que yo busco eso; no busco una prueba de confianza, no busco el consentimiento tonto, no busco el acuerdo o el desacuerdo, quiero solamente un espacio donde pueda hablar con el otro, respetuosamente de igual a igual. “Respetuosamente” es el término importante, es decir, respetándonos mutuamente y aceptando la presencia de cada uno. Así fue con el que es hoy mi gran amigo Héctor Luna, cuando me propuso, hace casi cincuenta años, tomar las riendas de algunos aspectos terapéuticos del Servicio Número 2 del Hospital Borda, del cual él era su jefe; lo mismo con Jean-Pierre Delille, cuando me indicó que podía crear el CAST (Centro de Acogida y Tratamiento de Toxicómanos) y que luego de seis meses volveríamos a hablar. Lo mismo fue con Jacques-Alain Miller, durante los cuatro años que fui director del CPCT de París.

La libertad de la que hablo no es querer estar solo, al contrario; no es querer no someterme, es simplemente detestar profundamente el goce obsceno del Otro del poder. Cuando eso se manifiesta, yo me voy. En esos partidos nunca juego; sé lo que es la ética del amo y el esclavo. Pero esto no es de ahora, ni de 1972, es desde mucho antes; comenzó cuando era niño, cuando rechacé de plano los beneficios que me hubiese dado decirle a mi tío Tito que era el tío al que más quería. Si se lo hubiese dicho, habría recibido, como todos mis primos, múltiples regalos; yo fui el único que no recibió nada, pero digamos también, que fui el único que no le mintió. Nadie quería al tío Tito, lo que todos querían era lo que él daba; y lo que yo admiraba de él era lo que todos detestaban, es decir, yo admiraba a su mujer, la tía Negra. Esa mujer de las noches de Buenos Aires que me enseñaba cuando era muy niño a bailar la rumba y a quemar la carne para que el tuco fuera como el de ella: el tuco de la tía Negra.

De esas cosas está forjado mi ser. Tal vez sea por eso que lo único que realmente envidio, sea a los artistas. Y Carlos Ruta es también un artista, es poeta.

Entre el momento que le envié el CV y mi segundo encuentro con él, pasó mucho tiempo. Si mal no recuerdo, casi dos años. De vez en cuando le preguntaba a Claudio si había alguna noticia; él me respondía que no sabía nada. Mientras tanto, yo preparaba las valijas para volver.

En 2009, Claudio me informa que el rector quiere hablar conmigo, que hay proyectos ligados a la salud en la universidad. Me asombró el llamado de mi amigo… pero algo se confirmaba.

Siempre me gustó la frase de Lacan “Yo sé qué quiere decir saber esperar”. Puedo asegurar que algo de eso sé, saber esperar… Un psicoanalista debe saber esperar, saber esperar para que algo surja, saber esperar para que surja algo que ilumine los recónditos intersticios donde la oscuridad del ser se presentifica. Saber esperar no quiere decir no hacer nada; en mi caso, todo lo contrario.

El rector me propone entrar a la universidad, me informa que él es requerido para intervenir en el dominio de la salud. Sin pensarlo “y como se debe”, le respondí que podía contar conmigo. La propuesta fue nuevamente en París. Quedamos volver a vernos en San Martín.

Lo vi meses después en su despacho, hablamos de una cosa y otra, y sin saber muy bien ni cómo, me dice: “Las puertas de la universidad están abiertas para vos; considero que el discurso psicoanalítico debe existir en la universidad, dado que representa uno de los discursos más importantes producidos por el hombre; quisiera que hagas lo necesario para hacerlo existir en la UNSAM”. La propuesta ya era otra. Sin pedir explicaciones de qué y cómo, le dije que sí, que podía contar conmigo y que le propondría a la brevedad un programa de trabajo para los próximos años.

Cuarenta y ocho horas después le envié un proyecto que se llamó “Proyecto de creación del Centro de Estudios Psicoanalíticos de la UNSAM”. Esperé respuesta, y entre dos puertas un día me dijo: “Leí lo que me mandaste, sos libre de hacer lo que quieras”.

Así fue como nació el Centro de Estudios Psicoanalíticos de la UNSAM; primer centro de ese orden en el mundo universitario argentino y, según puedo saber, el segundo en el mundo después del Departamento de Psicoanálisis de París VIII fundado por Jacques Lacan.

El jueves 26 de febrero de este año, en un almuerzo de trabajo con el rector de la UNSAM, en un gesto que no olvidaré, me dio una llave y me dijo: “Esta es la llave del local que te da la Universidad para el CEP”.

Mi amigo Raúl Pieroni, el arquitecto de la universidad, me dijo que ese lugar es un histórico, uno de los más antiguos locales del Campus-Miguelete, que desde ese lugar se controlaba la ida y venida de los trenes, que  es un lugar único.

El jueves 6 de marzo, veíamos con él los arreglos que vamos a hacer en el interior de dicho local; hablamos del jardín que va a rodearlo, de las mesas que podríamos poner a la sombra de algunos árboles y de otras cosas más. Pensé en silencio, en lo que Freud cuenta de la transferencia, del campanario, del lugar estratégico; tal vez, sea eso lo que yo hice: crear un lugar estratégico para que viva el psicoanálisis adentro de la universidad.

Hoy el CEP tiene su lugar, dentro de un mes aproximadamente lo inauguraremos, y estoy seguro de que algunos amigos pintores gustosamente donarán un cuadro para embellecer aún más las paredes de madera cubiertas de chapa de ese histórico lugar.

Sería muy injusto, y más que injusto, innoble, no destacar el lugar que ha tenido en todo este amplio recorrido el Programa Lectura-Mundi y su director Mario Greco; los miembros de un grupo de trabajo, a quienes ofrecí ser los primeros miembros del CEP y que aceptaron sin poner condiciones; hoy somos más de quince los que estamos ahí.

Desde el primer día en que se inició esta aventura, mi mujer estuvo al lado, sin flaquear un solo momento; discutir, hemos discutido; pelear, nos hemos peleado; gritar, hemos gritado, pero flaquear, nunca. Hay muchos más que han ayudado a crear el CEP. Se los agradezco enormemente.

Me gusta ir a San Martín; y como dice el poeta Nicanor Parra: “No tengo ningún inconveniente en meterme en camisa de once varas”.

Francisco-Hugo Freda

Director del CEP

Autor: Francisco-Hugo Freda