“¿Hay que acortar el tiempo para comprender?”

Serge Cottet

 ¿Estoy calificado para hablar del CPCT y comparar esa experiencia a la del psicoanálisis puro? He tenido antes esa pretensión, hace diez años, formando parte del equipo desde el origen de esa institución. En ese momento los debates ya se centraban sobre el tiempo, a saber, sobre la condición del tratamiento en dieciséis sesiones. ¿Qué podíamos hacer en un plazo tan corto, impuesto por un reglamento cuya justificación se sostiene no obstante del discurso analítico y no de una psicoterapia vulgar?

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Serge Cottet, Psicoanalista. Autor de “12 Estudios freudianos”

Las preguntas relativas al tiempo en nuestro medio se refieren sobre todo a la justificación de la sesión corta, y no a la cura breve. Los estándares de tiempo impuestos por una institución o sociedad psicoanalítica comportan toda una concepción del inconsciente y de la dirección de la cura que fue rechazada por Jacques Lacan. La editorial de la revista La Cause freudienne nº 56 recuerda que “para los lacanianos, la duración de la sesión se mide no por el cronómetro sino por el inconsciente, por el goce en juego en la palabra”[1]. Y bien, ese principio, ¿estaría puesto en cuestión cuando la duración del tratamiento es programada con anticipación?

La pregunta se planteaba entonces en términos de alternativa: o bien el trabajo en el CPCT no era sino un inicio de psicoanálisis, una suerte de tiempo preliminar, un comienzo sin conclusión destinado a ser continuado luego, o bien se trataba de un análisis auténtico pero condensado, limitado por ejemplo a la elucidación de un síntoma, circunscrito a una situación familiar y concluido en dieciséis sesiones con un fin lógico. Diferentes significantes se utilizaron para calificar esa secuencia autónoma, una primera vuelta o un ciclo, seguido o precedido por otros ciclos, en tanto muchos pacientes del CPCT ya tienen un recorrido previo de psicoterapia.

Sobre esta cuestión no conviene ser dogmático, ni imponer un estándar más que otro. Encontramos sujetos que en dieciséis sesiones, y aun antes, resuelven verdaderamente la cuestión que los importuna. Para otros, en cambio, es necesaria una prolongación indefinida en otro lugar de escucha. Sin embargo, en ambos casos esperamos que el encuentro del sujeto con el psicoanálisis implique una sorpresa subjetiva, una transferencia, un desplazamiento de su pregunta, de manera tal que al final de las dieciséis sesiones el sujeto pueda concebir que la respuesta a su pregunta no le será otorgada automáticamente por otro, sino que él mismo tiene los medios de responderla; y en algunos casos habrá encontrado en el analista una figura de su destino.

 

Pulsación temporal 

Ese efecto, que siempre esperamos en un análisis ortodoxo, ¿puede ser producido por una estrategia más o menos activa de parte del practicante? ¿Y debe éste perseguir ese objetivo: hacer advenir algo de la verdad del sujeto en un tiempo para comprender forzosamente reducido?

Podrían hacerse muchas objeciones a esta estrategia. Suponiendo que el sujeto viene para comprender, su tiempo de elaboración es de lo más subjetivo; ¿es el tiempo del inconsciente, que es singular y necesariamente propio de cada uno?

Podría pensarse también que hace falta tiempo para que las certidumbres del sujeto sean socavadas. En efecto, podemos decir, siguiendo a Hegel, que “el tiempo pone en crisis la verdad”. En el año 2015, la publicación de la Sección clínica de Lyon precisaba que el tiempo para comprender era el tiempo de decir, y que era irreducible. “Hace falta tiempo” [2], dice Lacan, y eso se aplica especialmente a la elaboración, a la Durcharbeitung, al trabajo de transferencia que es el lugar privilegiado de la temporalidad en psicoanálisis.

Sobre ese punto hay que recordar lo que es el tiempo en psicoanálisis y ver cómo se aplica el concepto de tiempo inconsciente en las curas breves. Me gustaría recordar rápidamente los fundamentos de la doctrina sobre el tiempo y el inconsciente. La propiedad que Freud asigna al inconsciente, que es la de estar fuera del tiempo, debe ser reevaluada a la luz de la experiencia de la cura, que conduce a Lacan a definirla, en su Seminario XI, como “pulsación temporal”[3], con momentos de apertura y de cierre.

En el mismo número de La Cause freudienne, un artículo de Jacques-Alain Miller sobre « la erótica del tiempo » plantea que la experiencia analítica contradice la tesis de un inconsciente eternizado, indestructible. Para eso, es preciso distinguir el tiempo del inconsciente del tiempo de la experiencia[4].

El tiempo no debe ser considerado como una línea infinita. J.-A. Miller proponía distinguir dos tiempos: el tiempo 1, que va hacia el futuro, tiempo del proyecto y de la espera, y el tiempo 2, que va del futuro al pasado; es ese inconsciente el que es atemporal para Freud. Ahora bien, el mismo implica una ilusión estructural: “es la ilusión del ‘estaba escrito’ ”[5], la ilusión de que en el pasado que contiene todo lo que ha sido presente, incluyendo la relación del presente con el futuro, ya estaba la experiencia misma del presente. Es eso a lo que podemos llamar “reversión temporal”. Lacan designó a esa ilusión “sujeto supuesto saber” [6]. El analista puede decir al paciente: “Lo que me dices, lo has dicho desde siempre; lo que te digo en el presente lo has dicho tú mismo desde siempre, pero sólo un analista puede decírtelo.”

La tensión entre transferencia y tiempo pone en tela de juicio el postulado de un tiempo irreducible. Decir que el inconsciente es pulsación temporal quiere decir que se abre y se cierra según las modalidades de la transferencia. Es eso lo que hoy llamaríamos inconsciente transferencial. No es que se trate del tiempo reencontrado, como lo creyó Freud a título de la repetición, sino de un tiempo suspendido a la apertura o al cierre del inconsciente. Ahora bien, esa escansión es también relativa a la dirección de la cura, a la intervención del analista. Si se trata del cierre del inconsciente que se apaga en el amor de transferencia, en la cura clásica es posible reactivarlo por la interpretación. Pero en el CPCT se impone un bricolage.

 

Bricolage sobre el tiempo lógico: la prisa.

En 2004, ese número de La Cause freudienne trataba de establecer los fundamentos de la sesión corta: ¿qué enseñanza podemos extraer con respecto a la cura breve?

He hablado de acortar el tiempo para comprender; eso implicaría un bricolage del tiempo lógico, un desplazamiento de la función de la prisa hacia el tiempo de comprender, en tanto que es con el “apresuramiento en concluir” [7] que ese concepto está en su lugar. Se trata entonces de un forzamiento.

Es en cortocircuito con el inconsciente que la función de la prisa en el CPCT puede justificarse por el hecho mismo de la transferencia con la institución. Pongamos eso como un a priori, como si la institución no tuviera que esperar esos momentos de apertura o de cierre del inconsciente transferencial, como si pudiéramos autorizarnos de entrada a sorprender la inercia del sujeto, hasta llegado el caso « perturbar la defensa »[8].

El orden normal, según está dicho en los Escritos, sería: rectificación subjetiva, transferencia, interpretación. No estaría mal aguardar la rectificación subjetiva, es decir, la implicación del sujeto en el desorden del que se queja. El efecto que debe seguir a eso, más o menos estandarizado por Lacan -transferencia luego interpretación- es imprevisible. Lo cierto es que ese momento llegará o no en función de la singularidad del inconsciente.

El momento de la rectificación subjetiva es privilegiado: aparece especialmente en la sorpresa. No nos privamos de eso en el CPCT; incluso maniobrando el equívoco significante, la sorpresa que aparece viene a suspender la inercia de la repetición.

Es sencillo encontrar esa función de la prisa en los casos presentados esta tarde. Si aplico el concepto de prisa al tiempo para comprender es porque las intervenciones presentadas parecen intempestivas, es decir a contratiempo, como una apuesta realizada sobre el tiempo y sobre las posibilidades del sujeto para recibirla.

Jean-Claude Razavet[9] se arriesga así a una interpretación que va más allá de una rectificación subjetiva y que no es inmediatamente comprendida por el sujeto, pero que va a tener repercusiones. Su “Voi-la!” (con o sin acento sobre la a) implica una condensación entre “Mirá” y “tú lo has dicho”, como un dicho conclusivo. “Voilà”, en una sola palabra, suele usarse cuando no hay nada más que decir. J.-C. Razavet nos describe entonces los fundamentos de esa prisa en interpretar, fuera del cálculo, que no espera que el sujeto esté listo para recibir tal interpretación. En el caso presentado por Hélène de La Bouillerie[10], una intervención inaugural realizada a último momento da a entender a la paciente que el CPCT no está hecho para las personas que se sienten perseguidas, sino para aquellos que se plantean preguntas sobre ellos mismos, sobre su historia; para sorpresa de la practicante, ese consejo de orientación, en lugar de eyectar a la paciente produjo un cambio en su discurso. Encuentra entonces la oportunidad de hablar sobre sí misma más que de sus numerosos perseguidores.

Hay pacientes cuyo tiempo está completamente adaptado al tiempo objetivo del CPCT, y que lo consideran como un lugar de conclusión más que de elaboración. Algunas veces el CPCT proporciona las condiciones de una catarsis final luego de un largo período de retención: es el caso de la paciente de France Jaigu[11], que está siempre a punto de terminar algo, evitando siempre la conclusión por medio de la fuga.

La prisa por concluir está a veces desde el comienzo. Hace algunos años, una joven llega al CPCT luego de mucho dudar: tiene algo para contar, pero necesitaría meses para confesarlo. Sin embargo, tal reserva cae instantáneamente en presencia del practicante del CPCT y anuncia en un mar de lágrimas que entre los siete y los once años fue traumatizada por su primo, que la había violado. En las sesiones siguientes se pregunta por qué no se lo ha dicho a sus padres. Si bien piensa que ellos no lo hubieran denunciado, el problema es: ¿por qué no lo ha denunciado ella misma? Se interroga entonces, ¿tal vez quería que eso continúe? ¿O tal vez esperaba que el momento de la confesión no llegara nunca? Se da cuenta entonces de que ella obtenía una cierta satisfacción de ese silencio – guardar eso para sí implicaba ciertamente gozar de eso. Es así como el momento de decirlo fue postergado por mucho tiempo. Si bien es cierto que ese efecto podía haber sido producido en análisis, es en el CPCT que ha precipitado. El lugar fue elegido, no para hacerse analizar, sino como lugar al que dirigirse: la escucha benévola le estaba garantizada por la gratuidad, y el tiempo que tardó en decirlo a alguien implicaba el solo hecho de decir, que no debía ser interpretado. Con posterioridad se avergüenza: es habiendo superado eso que ha querido hacerse escuchar en la urgencia, en ese espacio público.

Existen otros casos de urgencia, cuando el sujeto no viene para comprender pero utiliza al analista como apoyo para la acción. Encontramos muchos casos de ese tipo en las Conversaciones clínicas en Barcelona[12].

Francesca Biagi-Chai me recordó un caso sobre el cual hemos discutido anteriormente. Se trataba de una joven afectada de una enfermedad grave, al punto que su pronóstico vital se encontraba comprometido. Pedía entonces un consejo: ahora que quería conocer el amor antes de morir, ¿debía decirle al hombre que acababa de conocer que estaba enferma? El momento de concluir su vida sobre un goce permitido pero hasta entonces inesperado, era el punto de partida de su demanda. Podemos suponer la respuesta que ella misma ha dado a su pregunta.

Decimos “para comprender”, pero ¿de qué comprensión se trata?

Esa fórmula reenvía a un campo muy amplio de interrogantes, de los cuales tenemos una idea a partir del análisis clásico de la neurosis: comprender el sentido de un sueño, descubrir el sentido de un síntoma, de una fobia por ejemplo, comprender el rol activo que tenemos en el padecimiento del que nos quejamos, implicarse en una historia familiar, etc. Podemos inscribir esa serie bajo el significante clásico de la elaboración (Durcharbeitung), de la reflexión subjetiva. Algunas veces es preciso esperar un tiempo, tal vez años, para que pueda advenir la implicación del sujeto en su queja. Sin embargo, si es verdaderamente esa crisis lo que esperamos que se produzca, tal vez el analista en este nuevo dispositivo deba poner de lo suyo. En mi argumento señalé que el practicante mismo favorece esa precipitación evitando perder tiempo con cuestiones secundarias, anecdóticas, focalizando el discurso sobre un síntoma particular, considerado como el embrollo en el que se enreda la singularidad del sujeto: no alimentamos una queja que se repite, inamovible durante dieciséis sesiones; los sujetos son invitados a cambiar el disco. Esa función de la prisa conduce al practicante a no jugar demasiado al secretario, cuyo rol se limitaría a la escucha.

Por supuesto, no es el tiempo del reloj lo que en sí mismo va a producir un efecto de precipitación. El tiempo del inconsciente, como hemos visto, no es autónomo con respecto al acto analítico, ya sea del orden de la escansión o de la interpretación. Sin embargo, la prisa no es el activismo: ella supone que se ha comprendido algo, un primer capitón antes de pasar al acto analítico.

 

Tiempo para comprender del practicante.

En esas condiciones, la cuestión del tiempo para comprender no concierne solamente al analizante. ¿Cómo activar un proceso, precipitar un efecto de verdad, si el practicante mismo falla en su tarea y pierde un momento crucial que podemos llamar “el instante de ver”? ¿Advierte el hilo rojo que atraviesa la problemática del sujeto, el punto de capitón de su relato, el nudo de su pregunta, el real de su síntoma? Fórmulas todas que deben presidir la construcción del caso. Es una condición previa a los motivos de intervención: es preciso calcular ese momento. Si hablamos así de instante de ver para el practicante, y más aún de construcción, es porque su formación está allí implicada.

Sugiero separar la cuestión del instante de ver de la cuestión del tiempo para comprender, y esto repartiendo esas dos funciones sobre cada uno de sus protagonistas. La relación entre ellos no es del orden de la intersubjetividad, es decir de la identificación imaginaria. Uno no mide su tiempo sobre el otro, en el sentido de que la estrategia de uno depende exactamente de lo que ha visto el otro, como es el caso en la alegoría de los tres prisioneros[13]. El instante de ver del practicante no es justamente lo que entrevé el analizante, el primero tiene un tiempo de ventaja sobre el segundo. No estamos en el campo de lo visible, ni de la reciprocidad.

El término “comprender” es además en sí mismo poco confiable, e implica acepciones divergentes. Aparte de su estatuto lógico, este término de mala reputación no es bien considerado por Lacan. Todo lo que tiene que ver con la comprensión psicológica, con la intersubjetividad, se ve excluido del campo analítico. En el Seminario III sobre Las psicosis Lacan opone “comprensión” a “estructura de lenguaje” [14]. En la tradición analítica existe una locura de la comprensión, como un delirio de interpretación; si tratamos con sujetos psicóticos, llegamos entonces al delirio de a dos. « No traten de comprender », dice Lacan a sus alumnos. Agreguemos: « No tratemos tampoco de hacer comprender.»

En el CPCT hemos visto a sujetos delirar luego de haber tenido la certeza de haberlo comprendido todo, y es probable que la escucha que se les prestó haya precipitado esa certeza. Tal como esa joven ingeniera que había perdido su concurso y estaba convencida de que su hermana se había complotado contra ella con el acuerdo de sus padres: una entrada en la persecución elaborada bajo transferencia, habiendo consolidado una certeza a partir de la escucha. El tratamiento en el CPCT posibilitó a continuación una internación, necesaria para esta paciente.

El tiempo para comprender no incumbe a la psicología en el sentido que dijimos. Esto debe ser tenido en cuenta si tratamos de extraer las consecuencias estratégicas del instante de ver. Para ser más precisos: el practicante que ha descubierto la lógica que anuda la novela familiar a un síntoma, ¿debe preguntarle al sujeto si él comprende algo de eso?

El problema de una activación del tiempo para comprender no es especialmente necesario para el sujeto psicótico. Ahora bien, se trata muy frecuentemente de eso en las consultas, aún cuando los tres casos presentados esta tarde no conciernen a la psicosis del Presidente Schreber, y tal vez tampoco a la psicosis ordinaria. Con respecto a la paranoia, recuerdo -de una manera general y no específica a los casos de hoy- que existe un estándar lacaniano de la dirección de la cura que tiene su punto de partida en ese tipo clínico, a saber: el psicoanálisis es una “paranoia dirigida”[15]. Ahora bien, es precisamente eso lo que sucede en el CPCT: ¿No se trata aquí de dirigir al sujeto hacia su familia, más que de mantener su persecución por la oferta que se le hace de expresarse como le parezca, con total libertad? En efecto, es eso lo que se produce en el caso de Hélène de La Bouillerie, cuya maniobra consiste en dirigir a la paciente perseguida hacia el desorden familiar donde el síntoma tiene sus orígenes.

Sin embargo, le pedimos al practicante al final de dieciséis sesiones que esté en condiciones de reconstruir el caso y de dar cuenta de lo que se ha hecho en un tiempo tan corto; no sólo el efecto terapéutico, sino también cómo fue obtenido ¿Sugestión? ¿Transferencia? ¿Interpretación? ¿El analista ha “realizado/advertido”[16] algo?

 

Un análisis en reducción.

La Conversación de Barcelona ofrece ejemplos de soluciones rápidas, a tal punto que fue posible hablar de “análisis en reducción”[17]. Una cura parece completarse en tres sesiones, a partir del momento en que la paciente advierte la estructura de su matrimonio, casada con un hombre que permanecía ligado a su madre[18]. J.-A. Miller señala la intuición borromea de la paciente: ha percibido el anudamiento, tal anudamiento se deshace y eso libera a los tres personajes[19]. Si ella comprende tan rápido, ¿es por efecto de la transferencia ? Contamos con pocos datos para pronunciarnos al respecto. Sólo podemos decir que la formación del practicante no es en vano, y que es preciso un largo análisis  -recuerda J.-A. Miller- para asegurar que los efectos espectaculares no proceden de una vulgar psicoterapia. Si se trata de una reducción del tiempo, no se trata de una reducción de los medios: todos merecen ser utilizados, y lo serán mejor en tanto el analizante practicante sea confrontado en su propio análisis a todos esos instrumentos. Todo el arsenal del psicoanálisis puede ser concentrado en tan pocas sesiones. De allí el interés de reconstruir el caso pasando por su lógica, en lugar de permanecer en una simple narración de lo que ha sucedido.

Los estándares de comprensión, principalmente el tipo clínico y el diagnóstico, no son inútiles pero son insuficientes para tocar la envoltura formal del síntoma; y puede que sea eso lo más urgente si el tiempo nos está contado.

Lacan, por ejemplo, recurre a un estándar de la interpretación del síntoma histérico a propósito de una joven que sufre de una parálisis en una pierna. Le señala que le faltó el apoyo de su padre. El síntoma desaparece pero no la furiosa pasión por un hombre que se había cristalizado bajo transferencia[20].

En otro de sus casos, Lacan pone en cuestión todos los estándares en uso tratándose del análisis de un obsesivo. Tomemos el ejemplo que presenta en “La dirección de la cura”[21]. Recordemos que se trata de un hombre impotente con su amante, vinculado con el psicoanálisis. Ha escuchado hablar del rol del tercero en la pareja y cree que eso se desbloqueará si la mujer se acuesta con otro hombre. Quiere que Lacan ratifique su homosexualidad, y éste por supuesto se niega. Hete aquí los estándares evocados por Lacan.

No nos hemos contentado, nos dice, “con analizar la agresividad del sujeto”. “Hemos descubierto” (siempre con comillas) su maniobra de siempre para proteger al Otro, distinguiendo gran A y pequeño a. Lacan describe eso como clichés obligados y clasificados. No obstante, son sin efecto sobre la impotencia del sujeto. Pero hete aquí que un sueño de su amante lo libera de su inhibición, y logra acostarse con ella. La ciencia incluida en el inconsciente de la amante (sobre el falo) fue más fuerte que las construcciones del analista. Desde esa perspectiva, Lacan opone el plano de la casa a la combinatoria del sujeto. Ese término de combinatoria invita, en todo caso en un análisis clásico, a mantener reunidos todos los elementos en lugar de permanecer en la familia, el ego o el síntoma; es decir, a hacer entrar en la combinatoria el fantasma y las relaciones del sujeto con el falo. Así es necesario coordinar síntoma, pulsión, familia –el ternario SFP…

En muchos casos no será necesaria toda la caja de herramientas; aún así es preciso tenerlas. No podemos esperar que el sujeto en el CPCT haya atravesado los mismos momentos y que haya sido sensible al corte, a la rectificación subjetiva, etc. Que su paranoia sea “dirigida” sobre objetos menos persecutorios constituye ya un éxito.

Con respecto a la “reducción”, resulta ilustrativa la metáfora del arreglo musical: transcribir para piano a dos manos Le Sacre du printemps de Igor Stravinski o, como lo ha hecho Franz Liszt, Tristan e Iseult de Richard Wagner reducida para piano, supone una ciencia de la composición, de la armonía, del contrapunto, de equivalencias de timbres, de cortes y de supresiones de notas, todo preservando el edificio armónico. Debemos tener el sentimiento de que la obra entera está allí, en tanto no queda sino el 10% de las notas de la partitura. Todos los parámetros que moviliza un psicoanálisis son requeridos y aplicados al CPCT, pero no necesariamente por el mismo sujeto. Escansión, interpretación, manejo de la transferencia, silencio… A cierto sujeto será oportuno explicarle algo, a otro interpretarle un sueño, a un tercero hacer valer la satisfacción y los arreglos que puede encontrar en su síntoma.

Tomaré de Franck Rollier un ejemplo en el que el sujeto advierte algo, mientras que el análisis del inconsciente es diferido[22]. Una madre de familia consulta al CPCT de Niza por su hijo de dieciséis años, indisciplinado, que no hace sino hacerla renegar, siendo el marido incapaz de introducir una prohibición. Ella es muy autoritaria; hay algo que no comprende y algo que comprende. Lo que no comprende es que la prohibición empuje a su hijo a transgredir siempre más; sin embargo es evidente. Sueña entonces con la muerte de su hijo, luego de que F. Rollier le haya señalado la ferocidad de sus rituales educativos.

Sin embargo, en el CPCT ella comprende algo que es menos evidente; en su adolescencia fue echada de la casa por su padre, precisamente luego de haber transgredido una prohibición de salir. La repetición se le aparece dolorosamente cuando “advierte/realiza[23] [subrayo] que a veces no puede evitar pegarle a su hijo, tal como su padre la había maltratado a ella”. La relación con su hijo se apacigua, un primer ciclo se recorre. F. Rollier no invita a la paciente a seguir hablando de su padre, sino que le indica otro lugar para continuar. El practicante se niega a utilizar todo el poder del dispositivo y a imputarle demasiado al inconsciente lo que ha sucedido. Se supone que el sujeto va a venir a des-responsabilizarse, a pasar por víctima. Comprender demasiado sería borrar el efecto de verdad que ella misma acaba de registrar.

El valor del sintagma “cura en reducción” puede verificarse con posterioridad, en tanto conocemos el recorrido efectuado por un analizante que, habiendo pasado primero por el CPCT, realiza posteriormente un análisis. Los propósitos recogidos ameritan una analogía. Todo lo que aprendió en el análisis lo sabía ya al final de su recorrido en el CPCT. Sin embargo, lo que ha operado es una disolución del goce que su neurosis mantenía; en esa cura, los significantes repetitivos han cesado de insistir. Evidentemente han aparecido otros nudos asociados a esa goce, pero el plano de la casa ya estaba allí. Podemos entonces hablar de reducción en dos sentidos: ya sea que la cura breve haya reducido el tiempo como en un concentrado de saber; o inversamente, la cura misma ha permitido reducir en un tiempo más largo, uno a uno, los significantes implicados en su sufrimiento. Los agentes del drama que estaban presentes sobre la escena se han reducido luego en cantidad, dejando al sujeto en la soledad de su fantasma.

 

Traducción: María Romé

Revisión: Damasia Amadeo de Freda 

*      Intervención pronunciada en el Encuentro clínico del CPCT-Paris, desarrollado bajo el título « Un tratamiento que cuenta », el sábado 9 de abril de 2016 en París.

[1] Le Boulengé Chr., « Éditorial », La Cause freudienne, no 56, La séance courte, Navarin / Seuil, p.10.

[2].      Cf. Especialmente, Lacan J., « Radiofonía», Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 449.

[3].      Lacan J., El Seminario, libro XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, texto establecido por J.‑A. Miller, Buenos Aires, Paidós, 2006, especialmente p. 132.

[4].      Miller J.-A., « La erótica del tiempo », en La erótica del tiempo y otros textos, Buenos Aires, Tres haches, 2003.

[5].      Ibid.

[6].      Ibid.

[7].      Cf. Especialmente, Lacan J., « Variantes de la cura-tipo », Escritos I, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2003, p. 312.

[8].      Cf. Especialmente, Miller J.-A., « La experiencia de lo real en la cura analítica » [enseñanza pronunciada en el marco del Departamento de Psicoanálisis de la Universidad de Paris VIII], Buenos Aires, Paidós, 2011, p. 35-52.

[9].      En el marco del encuentro clínico del 9 de abril centrado sobre el tiempo para comprender, J-Cl. Razavet ha presentado un caso titulado “El tiempo del acto”.

[10].     El caso clínico presentado por Hélène de La Bouillerie llevó por título « Un sas anti-aplastamiento » (« Un sas anti-écrasement »).

[11].     France Jaigu, intervino bajo el título « ¿Qué es la historia? »

[12].     Cf. Miller J.-A. y otros, en Efectos terapéuticos rápidos. Conversaciones clínicas con Jacques-Alain Miller en Barcelona, Buenos Aires, Paidós, 2006.

[13].     Cf. Lacan J., « El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma », Escritos 1, op. cit., p. 187-203 .

[14].     Cf. Lacan J., El Seminario, libro III, Las Psicosis, texto establecido por J.‑A. Miller, Buenos Aires, Paidós, , p. 15 y sigs., y p. 188 especialmente

[15].     Lacan J., « La agresividad en psicoanálisis », Escritos 1, op. cit., p. 102.

[16] N.T.: “Réaliser”: verbo que en francés significa tanto “realizar” como “advertir”.

[17].     En la traducción de esta conversación al español encontramos la expresión « cura rápida analítica ». Miller J.-A., en Efectos terapéuticos rápidos, op. cit., p. 85.

[18].     Mientras ella misma permanecía ligada a su abuela. En palabras de Miller « Es decir, se ve en tres sesiones la estructura de falsa pareja que había, cuando en realidad había dos parejas, el marido con la madre y ella con l abuela muerta » Ibid., p. 90.

[19].     Ibid., p. 90.

[20].     Lacan J., « La agresividad en psicoanálisis », op. cit., p. 109.

[21].     Lacan J., « La dirección de la cura y los principios de su poder » », Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2005, p. 610 y sigs.

[22]. Comunicación presentada en la primera Jornada de la Federación de las instituciones de psicoanálisis aplicado, el sábado 12 de marzo del 2016 en Burdeos.

[23]  N.T.: En francés, “réalise” (ver Nota Nº16).

Autor: Serge Cottet