“La vida es un riesgo perpetuo”

Shine (1995)

Shine (1996)

David es el protagonista del film Shine -“Claroscuro” es el título en castellano-, una película australiana del año 1996 dirigida por Scott Hicks. El film es inquietante por muchas razones, entre ellas porque intenta narrar la biografía de David Helfgot, una persona real, un músico contemporáneo a quien podemos conocer públicamente. Hicks lo hace a través de un relato que hila algunos hechos vividos por el pianista en su infancia y adolescencia, en un intento de anudar posibles explicaciones para el diagnóstico psiquiátrico –esquizofrenia- que se le dio a David en su vida adulta. Otro motivo, más inquietante aún, es la propia vida de David: sus experiencias, tal como son expuestas en este film, emocionan y convocan a escucharlo de varias maneras, no sólo como intérprete musical.

Una de las frases que considero vale la pena ser escuchada es la que pronuncia David al comenzar la película: “la vida es un riesgo perpetuo”.

Según la Real Academia de la Lengua Española, una de las acepciones de la palabra perpetuo es “lo que dura para siempre”. Entonces, a partir de la frase de David, surge la pregunta: ¿Qué es lo “perpetuo” de ese riesgo? Parecería una contradicción afirmar lo vital como riesgo perpetuo, “que dura para siempre”, si a la vez admitimos que ese riesgo es el propio final de la vida -su pérdida-, esto es, aceptar el advenimiento de la muerte.

Imposible no ponerse a pensar en el qué y el por qué del riesgo del que nos habla nuestro protagonista. Me pregunto si la vida -lo azaroso, lo móvil, lo que adviene, el devenir, el movimiento (¿“perpetuo”?) de todo lo que vive- podría ser aquello que es nombrado como riesgoso y, opuestamente, lo no riesgoso, lo que brindaría seguridad, es el resultado final: lo inmodificable, lo inevitable, lo que no se puede apostar porque advendrá sí o sí: la muerte.

Tal vez, la apuesta en esa frase no se juegue simplemente entre vida o muerte, ya que la muerte está sellada para todo ser hablante, es un destino inevitable. Podríamos preguntarnos, entonces, acerca de cómo es el mecanismo a través del cual se efectúa la operación de perpetuación, de hacer durar algo para siempre. Surge así otro término posible: inmortalizar, en el sentido de hacer parecer perpetuo en el recuerdo aquello que muere. Aparece aquí cierta función del orden significante.

Quizás, podríamos admitir una categoría diversa a lo “viviente”. Ya no sería lo muerto sino lo “muriente”, término tomado de Manuel Scorza quien la usa en la frase: “el muriente sol bañó su rostro huesudo” (1), y podría ser traducida al francés como “soleil agonisant…”, esto es: sol agonizante.

Podríamos plantearnos la siguiente paradoja: el lenguaje al que apelamos los hablantes es, en oportunidades, usado como recurso para mantener vivo aquello que en su perpetuo morir no muere. Hacer aparecer como vivo aquello que está muerto podría ser lo “muriente”, esto es, lo agonizante.

Entonces, ¿está realmente muerto aquello que recordamos? ¿Podemos hacerlo vivir “perpetuamente” mediante representaciones, palabras, imágenes? ¿De  qué fuerza son producto estas representaciones? El esfuerzo por mantener vivo lo que por su cualidad de muerto ya no puede admitir esa instancia, nos puede llevar a pensar en lo perpetuo y, quizás, pretenda convertirnos en estatua de sal como la mujer de Loth que, en lugar de disolverse en las lágrimas, vuelve eternamente su mirada hacia aquello que se extingue. No se puede dejar de advertir riesgo en ello. Riesgo vital.

Pesquiso aquí un hilo de sentido que podría entramarse en estos términos: la rememoración melancólica, agonizante y mortificante.

Entonces, lo muriente no sería tampoco lo perpetuo, lo inmodificable, sino aquello que en su proceso de morir no muere y, a la vez, muere. Metáfora de Prometeo. Cruel paradoja: inmortalizar realizando una y otra vez la agonía de aquello que no muere del todo. Como vemos, ni siquiera el relato mitológico sobre los dioses puede librarse de las modificaciones, las fluctuaciones y los cambios de lo vital.

Entramando las hilachas de fragmentos que se articulan a través de ciertas puntuaciones, es posible hacer advenir una narrativa en la cual el silencio hará anclaje en la memoria. Silencio que puntúa lo indecible del deseo, el cual se recobra a partir de un trabajo historizante llevando nuevamente hacia los hilos de la vida. Y por supuesto, a seguir hablando de nuevo.

Volviendo al film, vemos algo que somete a David en su hablar: el lenguaje parece ser lo que en él pretende perpetuarse, o quizás él pretende perpetuarse en el lenguaje, y parece no poder acotarse. Quizás allí podríamos advertir algo del orden de la psicosis: palabras que se desvanecen en hilos de sentido que se deshilvanan en su propia madeja, hilachas que no hilaría ni la propia Ariadna, deshilachas de sentido, un desovillo en el que se enredaría el mismo Minotauro. Un discurso que parece no tener fin.

Al final de la película, si nos dejamos llevar por algunas de las vías por las que nos encamina, podríamos pensar que David encuentra en el amor algo de la vida que es no “arriesgable”, ya que lo sabido es que se perderá en algún momento: se puede apostar al amor.

Podría haber descubierto algo, no del orden de lo perpetuo sino del cambio que no está signado por un orden, del cambio azaroso que luego intentará inevitablemente ser sellado por algún sentido que los hablantes le demos. Pero que, por más que se hable, no puede ser sellado eternamente porque volverá a abrirse nuevamente a la sinrazón de la vida.

Tal vez, el riesgo para David no sería perpetuo si no fuese visto como riesgo de permanente cambio. Nos atrevemos a arriesgar que lo que puede ser riesgo, en la frase mencionada, no sería entonces la muerte, ya que lo que es riesgo es la irrupción de lo vital sin significación posible que lo contenga. Un vacío imposible de soportar.

No podemos cerrar sin pensar que ese vacío da un quehacer a todo ser hablante.

Roxana Propato

(1) Manuel Scorza; Historia de Garabombo el Invisible. Siglo XXI Editores. 1991

Autor: Roxana Propato