“Las moscas de Sartre. Una interpretación de su obra”

 

Situación de los diversos personajes

Considero que el objetivo central de la obra es ofrecer una fuerte crítica a la moral cristiana (en particular a la corriente católica), mostrando como alternativa una moral atea y humanista, basada en la doctrina existencialista.

Júpiter representa el mandato divino. Es el diseñador del hombre, el dador de esencia y significado a la existencia humana.

Egisto ha sido seleccionado para transmitir a su pueblo la voluntad divina y encarnar en la tierra el orden celestial.

El pueblo de Argos, condenado a venerar a Júpiter para alcanzar la redención, podría simbolizar a los seguidores del cristianismo.

El Pedagogo, maestro y mentor de Orestes, representa una visión de la libertad antagónica a la propuesta por la doctrina existencialista. Es la postura que adoptaba Orestes antes decidir cometer el crimen. La libertad consistiría en el desapego total respecto a lo mundano, la ausencia total de compromiso.

Orestes, una vez que cancela sus compromisos con el pasado y decide cometer el crimen, pasa a representar la propuesta existencialista. La libertad comprendida como el férreo compromiso con un proyecto de ser.

Electra, en un principio, se revela contra el orden impuesto, pero finalmente no puede asumir el peso de sus actos. La angustia, inherente a la libertad, la devora. Para poder apaciguar un poco este estado afectivo, decide no hacerse responsable de sus decisiones. A Clitemnestra, su madre, parece haberle sucedido lo mismo en el pasado.

 

Trama argumental

Desde mi punto de vista, la obra busca poner al desnudo las perversiones de la moral cristiana, la cual se autoproclama como defensora del Bien y se asume como la única posibilidad real de plasmar un humanismo en la tierra. El principal argumento que defienden los cristianos es que, de suprimir los mandamientos y valores eternos y absolutos que ellos defienden, la humanidad estaría condenada a la anarquía. Afirman que se caería en un relativismo moral en el que cada uno podría hacer lo que quisiera y nadie podría ser condenado por sus actos.

Sartre

Jean-Paul Sartre

Sartre busca demostrar en su obra que es posible alcanzar una moral coherente con el ateísmo. A pesar de que la tesis antropológica existencialista necesita inevitablemente partir de la inexistencia de Dios para justificar racionalmente que la existencia precede a la esencia, su propuesta moral es independiente de la existencia o no de Dios.

Esto es lo que intenta plasmar Sartre en la escena en la cual Orestes desafía el mandato divino y decide construir su propio camino. Posteriormente, Orestes le reconoce a Júpiter el haber sido creado por él. Sin embargo, sabe que posee libre albedrío, pues es la condición necesaria para llevar a cabo lo que la divinidad le exige, una vida dedicada a la devoción (la función por la cual ha sido creado, la devoción, exige que el hombre sea esencialmente libre). Sartre ataca al cristianismo dentro de su propia lógica. Tanto desde una perspectiva atea como desde una perspectiva cristiana, el libre albedrío es inherente al ser humano.

A partir de ahora, Sartre intentará demostrar porque es preferible una moral atea a una moral cristiana.

En primera instancia, pone al descubierto los mecanismos utilizados por la religión para imponer a los hombres sus valores morales. Júpiter deja bien en claro que el remordimiento es necesario para que la población, en su ímpetu de alcanzar la salvación, centre toda su atención en él, olvidándose de sí mismos.

Siguiendo la tesis sartreana sobre la conciencia (la cual afirma que la misma es puro movimiento, que no es nada en particular y que sólo se vuelve objeto cuando una cosa del mundo llena la experiencia conciente) podemos observar como la conciencia de los habitantes de Argos se ve incesantemente absorbida por el arrepentimiento, el temor y la búsqueda de la expiación, lo cual obstruye el movimiento constante de la misma. Este estancamiento no permite que los ciudadanos puedan llevar adelante la búsqueda de la plenificación del ser. La ausencia de proyecto se ve reflejada en la drástica pérdida de vitalidad de los habitantes de Argos, de la que Júpiter se enorgullece, pues la considera como una señal de que sus fieles están encaminados a la redención.

Es importante destacar que lo que genera  estos estados afectivos en la población es el crimen desencadenado por Egisto, del cual Júpiter hace responsable a toda la ciudad. Este crimen podría asemejarse al pecado original cometido por Adán y Eva, el cual, según la religión cristiana, ha condenado a toda la humanidad.

Júpiter recomienda a Orestes no intentar liberar a las almas de su suplicio, pues les quitaría el favor divino, y sólo conseguiría a cambio otorgarles una “taciturna paz provinciana y el hastío […] tan cotidiano de la felicidad”. Acá Sartre está representando la negación del mundo característica de la religión cristiana. La imperfección de los placeres vulgares no puede compararse con la dicha absoluta que la religión promete otorgar en la otra vida (siempre y cuando se viva de acuerdo al mandato divino).

Una vez puesto en evidencia el perverso mecanismo que sostiene la moral cristiana, Sartre transmite a través de Orestes la moral atea que propone como alternativa.

Orestes ha llevado a cabo una vida de exiliado. No posee patria, creencias, religión, familia, ni oficio. Posee la vitalidad que le otorga su juventud y la prudencia que le brinda su alto nivel cultural. Según su mentor, esta es la máxima expresión de libertad que puede alcanzar el hombre. Pero Orestes no parece estar satisfecho. Se siente ligero, vacío, desarraigado del mundo. La ausencia de compromisos lo hace vivir como un espectro, como un testigo que ve pasar la vida como algo ajeno a sí mismo y que no puede almacenar sus propios recuerdos porque las experiencias mundanas no le pertenecen. Este modo de ser libre conlleva el vacío del alma.

Orestes siente admiración por los hombres que ya han nacido comprometidos, arrojados a un camino, pues están fuertemente atados a la vida. Imagina lo dichosa que hubiera sido su existencia si no lo hubiesen exiliado. No poseería todos los conocimientos y las libertades que sus cuidadores le han inculcado, pero a cambio obtendría un lugar de pertenencia, ocuparía un lugar en el mundo.

Desea fuertemente encontrar algún modo de llenar su vacío existencial. Sabe que para eso necesita apoderarse de las memorias, los miedos y las esperanzas de los ciudadanos de Argos.

Luego de reflexionar sobre el penoso estilo de vida que llevan los súbditos de Egisto, reconoce que la única forma de liberarlos es asesinando a los reyes, quienes mantienen a la población presa del remordimiento. Además, este acto, “su acto”, ligaría de por vida a Orestes con su ciudad natal, permitiéndole abandonar definitivamente el estado de ligereza característico de su vida pasada.

Orestes asesina al rey, quien no opone resistencia, y a la reina, su propia madre. A pesar de la gravedad de su crimen, no siente ningún remordimiento, pues asegura haber hecho lo justo. Esta escena retrata la base de la moral existencialista. Orestes considera que ha hecho el Bien, aunque su idea de Bien contradiga a la del propio creador del universo. Ya no acepta las órdenes provenientes de Júpiter ni de nadie, pues se asume su libertad y está dispuesto a crear su propio camino.

Esto no debe confundirse con una especie de relativismo moral en el cual nadie puede juzgar a nadie y todo es válido. Orestes está llevando a cabo su proyecto de vida, el cual considera que es la mejor forma de vivir que puede tener un ser humano. Por lo tanto, lo sepa o no, además de comprometerse consigo mismo, se está comprometiendo con toda la especie humana.

Orestes, abandonado por su hermana, es conciente de que permanecerá solo y angustiado el resto de su vida. Esto es lo que Sartre denomina como situación de desamparo. Orestes acepta la carga, pues considera que ningún precio es demasiado alto para alcanzar la libertad.

Electra, a diferencia de Orestes, no puede sobrellevar su angustia y decide no asumir la responsabilidad ante el crimen. Esto es lo que Sartre denomina acto de mala fe.

Júpiter la convence de que sus sangrientos deseos de venganza no eran más que un artilugio que su orgullo utilizaba para curarla de la humillación sufrida a lo largo de 15 años. Le intenta hacer comprender que ella nunca deseó realmente concretar el crimen. Júpiter ayuda a Electra a construir un determinismo que le permita paliar la angustia.

Promete liberarla totalmente de su angustia (y, por lo tanto, de las moscas) si ella asume un mínimo de arrepentimiento. Nuevamente, podemos comparar esta situación con la de la iglesia y su característico método de expiación de los pecados a través de la confesión.

Electra acepta la propuesta de Júpiter y se rinde ante él, ofreciendo ser su esclava. Sin dudas, no estuvo dispuesta a pagar el precio de la libertad y prefirió ampararse en su Dios.

 

Comparación del caso de Orestes con los ejemplos utilizados por Sartre en “El existencialismo es un humanismo”

El existencialismo niega que el hombre pueda encontrar socorro en un signo terrenal, puesto que sí realmente existiese tal posibilidad, el hombre terminaría interpretándolo como prefiriera. Un ejemplo característico es el dilema de Abraham, a quien un ángel le ha ordenado asesinar a su hijo. Pero Abraham no tenía ninguna prueba de que el ángel viniera del cielo. Podía provenir del infierno, del subconsciente o de un estado patológico.

Este dilema se expresa en dos momentos de la obra teatral de Sartre: cuando Electra le pide una señal a los muertos y Júpiter responde haciéndose pasar por ellos, y cuando Orestes le pide socorro a Zeus, Júpiter le envía una señal de acuerdo a sus intereses, y Orestes finalmente comprende que a los dioses no les compete juzgar la bondad de los actos humanos.

Una vez que un individuo asume su libertad, debe hacerse cargo de sus acciones. Cada hombre debe actuar como sí toda la humanidad tuviera los ojos puestos en él, como si toda la humanidad se ajustara a sus actos. Esta situación genera un inevitable estado de angustia.

La escena final de la Las Moscas retrata esta idea. Orestes asume cargar con los crímenes de toda la ciudad, y se retira de la misma, dejándole a sus súbditos la posibilidad de crear y asumir sus propios proyectos.

El compromiso con el propio proyecto equivale al compromiso con la humanidad en su totalidad. Cuando un individuo reconoce su situación de desamparo, se compromete con su proyecto y establece los valores que van a guiar su existencia, está obligado a querer tanto su libertad como la libertad de los otros, pues reconoce que ella es la base sobre la que se forjan los proyectos, y que una vida sin proyecto no merece ser vivida.

Es importante destacar que no siempre un individuo está dispuesto a sobrellevar su angustia. Electra, que en un principio estuvo a favor del crimen cometido por su hermano, no pudo cargar con las consecuencias del mismo.

Esta escena deja al descubierto la idea sartreana de que no se puede hacer un juicio de valor previo a la acción. Una vez cometido el acto, el cual se encuentra encausado dentro de un proyecto específico, el agente puede valorar lo sucedido.

Esta es la enseñanza que Sartre busca transmitirle a su alumno, el cual no sabe si partir a Inglaterra y unirse a las fuerzas francesas libres para vengar la muerte de su hermano, o permanecer junto a su madre y ayudarla a vivir con el dolor. Cuando los valores morales son muy amplios y ambiguos, y por lo tanto inaplicables a un caso preciso, solo nos queda seguir los instintos. El problema consiste en que no es posible consultarlos previamente para usarlos de guía. No puedo buscar en mí el estado auténtico para actuar: los sentimientos se construyen con actos que se realizan.

Autor: Christian Zonzini