“Lo femenino en la transferencia”

 

En su célebre artículo “Sobre la dinámica de la transferencia” (1912), Freud definió su concepción de la relación con el analista en la cura a partir de la metáfora del “clisé”; es decir, el vínculo analítico se constituiría a partir de una reedición de condiciones de amor en la situación presente. He aquí, entonces, la noción freudiana de la transferencia como repetición, que suscribe la inclusión del analista como objeto en una “serie psíquica” consolidada a través de fijaciones.

Luciano Lutereau

Luciano Lutereau

Asimismo, esta definición de la transferencia consagra el valor del deseo fálico, que entiende la relación objetal en función de un objeto de deseo que –desde su carácter fetichista hasta la condensación de goce propia de la degradación erótica– se recorta como resto y respuesta a la castración; o, para decirlo con los términos de Lacan en el seminario 10: “…el a, en cuanto tal, ninguna otra cosa, es el acceso […] al Otro” (Lacan, 1962-63, 194). En esta perspectiva, entonces, el analista sería un objeto libidinizado.

Ahora bien, ¿de qué modo entender esta presencia del analista en tanto “objeto” libidinal? En primer lugar, de acuerdo con el cumplimiento de la asociación libre –a través de lo que Freud llamara “transferencia tierna”– la posición del analista se dirime en la de un interpretador que descifra las formaciones del inconsciente. Se trata, en este punto, del analista como Otro (“Otra escena”, en el planteo de Freud) que instituye la pregunta por el sentido hipotético de los productos resultantes de la regla fundamental. Así, el “sujeto supuesto saber” delimita las coordenadas de la sobredeterminación inconsciente. Para dar cuenta de este aspecto, Lacan formalizó el llamado “algoritmo de la transferencia” como un modo de dar cuenta de este paso fundacional del comienzo del análisis.

Sin embargo, más allá de este operador –que delimita la puesta en forma de un significante de la transferencia, y la respuesta del analista como “significante cualquiera” (referente polarizado de la asociación libre)–, cabría advertir que su participación en el dispositivo es sólo retrospectiva y, por cierto, operante una vez que la entrada en análisis ya fue prevista. Dicho de otro modo, ¿cómo se formaliza la decisión de “acostar” a un paciente cuando todavía no hemos podido localizar la forma conclusiva de este algoritmo? Con otros términos, ¿es sólo la suposición de saber lo que determina el inicio del análisis?

Por otro lado, una segunda vertiente freudiana en la concepción de la transferencia se juega en la resistencia; esto es, en el punto en que la asociación libre vacila y, entonces, el analista se convierte en “objeto de amor”. No obstante, ¿indica esta referencia un pasaje necesario en todo análisis: el momento en que el mecanismo sintomático se actualiza en la cura? Dicho de otra manera, ¿es un pasaje “necesario” que el análisis deba coartarse por la resistencia toda vez que el síntoma se hace presente con el analista? Esta es una circunstancia esclarecida por Lacan en el seminario 11 para indicar un derrotero diferente:

“Lo que surge en el efecto de transferencia se opone a la revelación. El amor interviene en su función aquí revelada como esencial, la del engaño. El amor, sin duda, es un efecto de transferencia, pero es su faz de resistencia. Los analistas, para poder interpretar, tienen que esperar que se produzca este efecto de transferencia, y, a la vez, saben que hace que el sujeto se cierre al efecto de la interpretación. […] Conviene entonces recalcar aquí algo que siempre se elude […] la transferencia no es, por naturaleza, la sombra de algo vivido antes.” (Lacan, 1964, 261)

De esta observación de Lacan se desprenden dos consideraciones: por un lado, el carácter recursivo de la noción freudiana de transferencia, ya que para ser eficaz (en la interpretación) supone aquello que representaría su obstáculo (el amor) –así es que podría decirse que ningún análisis avanza sin resistencia–; por otro lado, esta paradoja se sostiene en la concepción de la transferencia como reedición, en cuyo centro está la consideración del analista como “objeto de amor”. Ahora bien, ¿la introducción del objeto a –objeto no “objetivo” de todos los objetos, dado que no es un objeto sino un circuito pulsional– no permite reformular esta perspectiva? Por esta vía, podría llegar a proponerse, entonces, que el obstáculo transferencial del amor de transferencia no es un rodeo “necesario” sino, eventualmente, una interrupción del tratamiento.

Por lo tanto, ¿de qué otro modo verificar la posición del analista como objeto libidinal? Para dar cuenta de este aspecto, Lacan desarrolló en la primera parte del seminario 8 –de acuerdo con un comentario de El Banquete de Platón, en la respuesta de Sócrates a Alcibíades– una vía de elaboración de la entrada en análisis que no se produciría a través de la vía significante, sino a partir de la respuesta a la demanda.

En este trabajo nos detendremos en una reelaboración de este desarrollo, para responder a la primera de las preguntas formuladas anteriormente, con el objetivo de ubicar de qué manera esta posición de objeto requiere de los desarrollos lacanianos acerca de las posiciones femeninas para no ser interpretada únicamente como “objeto de amor” (de acuerdo con la perspectiva del deseo fálico).

 

Más allá del falo

¿Cuál es la incidencia de una clínica de las posiciones femeninas en la posición del analista? Si este último escapa a la determinación fálica como objeto del deseo, se abre una posibilidad de pensar modos de respuesta en el análisis que no confirmen el enamoramiento de transferencia. Dicho de otra manera, si el analista puede ser “en otra parte” (Lacan, 1958, 571) que el ser que la transferencia le supone como objeto, ¿cómo tematizar esta variación?

En primer lugar, es importante notar que si Freud delimitó un lugar para el analista en la transferencia, en tanto objeto, esto no fue sino porque ubicó que debía encarnar un sustituto de la autoridad paterna (Lacan, 1958, 577-78). El analista, ese padre amado, desencadenaba entonces una orientación del tratamiento en función de dos vías posibles: la competencia fálica o bien la demanda envidiosa. Sin embargo, en segundo lugar, desde un comienzo Lacan cuestionó esta dirección, al punto de afirmar –en el seminario 11– que el analista debía “tener tetas”. Por cierto, esta indicación habla menos de una feminización de la persona del analista que de la posición femenina que incumbe a su posición. Por un lado, este derrotero se localiza a partir del semblante de objeto que le cabe como sostén de la queja en el padecimiento. Por otro lado, otra vertiente femenina en la posición analítica se encuentra en aquello que Lacan llamara “deseo del analista”.

En sentido estricto, esta última noción no puede ser entendida por fuera de la elaboración lacaniana de las posiciones femeninas. Para el caso, es importante tener presente que Lacan impulsa el desarrollo de este operador –en el contexto del seminario 10– a partir de la lectura de los artículos de algunas analistas posfreudianas, como M. Little y Lucy Tower. Por lo tanto, la pregunta que aquí se construye es la siguiente: ¿de qué modo la clínica de las posiciones femeninas puede esclarecer la concepción de la transferencia más allá de reducirla a la repetición del deseo fálico?

Estamos habituados a cierta fascinación de los psicoanalistas por lo femenino. Sin embargo, las más de las veces este énfasis no trasciende una mera consagración más o menos histérica por una versión de la Otra, cuando no se dilapida en una mística de lo inefable que nada tiene que ver con la práctica del dispositivo. Sin embargo, la enseñanza de Lacan está muy lejos de una epifanía o discurso inspirado, sino que bien puede hablarse de lo indecible, a través de delimitar sus coordenadas estructurales.

De este modo, cabría distinguir dos modos de relación con el Otro. El deseo macho es el que se fija en un objeto; por lo tanto, la desaparición de este objeto se realiza a través de un duelo, que de algún modo lo sustituye y predispone a un nuevo encuentro. En el caso del lazo femenino con el Otro, esta relación se realiza a través del deseo, por eso el duelo suele ser más costoso para la posición femenina, ya que desde este punto de vista es imposible hacer el duelo por un deseo o, mejor dicho, se trata de un duelo de otro orden, tal como afirmara Lacan –en el seminario 10– al sostener que sólo hacemos un duelo por aquel para quien encarnamos una falta. De este modo, la concepción lacaniana del duelo invierte la tesis freudiana y, quizá, permite entender por qué Freud sostenía que las mujeres estaban más orientadas hacia la melancolía, así como su yo era un “mausoleo” de sus relaciones anteriores –vale decir, se desenganchan de un deseo a través de una identificación regresiva–.

Asimismo, el amor macho –que Freud llamaba “enamoramiento”– debe consentir a la falta en que se encuentra por el hecho mismo de amar. Una digresión lingüística lo demuestra: en francés no se dice “Te extraño”, sino “Me hacés falta” (Tu me manques). Sin embargo, por otro lado, esta modalidad del amor asociado a la falta, que se inscribe en la vertiente fálica del deseo, puede ser apenas una primera vía para localizar una segunda orientación hacia lo femenino en el amor, esta vez, a través del goce. En este punto, este trabajo deja esbozado el recorrido de futuros ensayos que deberían investigar hasta qué punto el orgasmo puede ser una forma defensiva incluso en el varón (como ya otros lo han investigado respecto de la mujer).

Ahora bien, esta vía de investigación es completamente freudiana. Más arriba nos referimos a la concepción freudiana de la transferencia. Respecto de la vertiente erótica de la misma (así como de la negativa con sentimientos hostiles), un grave malentendido entre psicoanalistas es considerar que se trata de tomar al analista como objeto de deseo. Por esta vía se estaría reduciendo la transferencia a una forma del deseo fálico. Por nuestra parte, consideramos que los enamoramientos pasionales en el dispositivo analítico son más una manifestación de la interrupción del tratamiento que esa forma de resistencia que Freud ubicó en la erotización. En todo caso, esta última consiste en la actualización del mecanismo sintomático con el analista –tal como los casos del Hombre de las ratas y Dora lo demuestran– en ese punto en que la vía fálica encuentra un punto de detención: el callejón del complejo de castración no consiste en otra cosa que en la reinstalación de la queja luego del desciframiento inconsciente. Para responder a este punto de vacilación del análisis Lacan inventó el objeto a.

Ahora bien, en el seminario en que Lacan introduce el objeto a lo hace a través de una disquisición sobre la feminidad. Es cierto que con los años Lacan habría de advertir que aquél no es más que un semblante entre otros (al igual que el padre), pero en su primera conceptualización, lo sorprendente es que Lacan no hubiese podido inventarlo si no se hubiese podido situar en una perspectiva femenina, tal como lo estaba, en su posición de analizante. Toda la enseñanza de Lacan conduce a la búsqueda de un “nuevo amor” –como lo llama en el seminario 20–. Un amor menos tonto, que no sea al (o del) falo, sino atravesado por lo femenino, para consentir a servirse de aquél: en la maternidad o la mascarada, pero también del objeto a (en la degradación fantasmática) hasta reconocer el carácter disponible de todo semblante.

De este modo, antes que una estasis del ser, la posición femenina denota un movimiento que lleva más allá del falo, aunque no sin servirse de él, como en la transferencia la experiencia del inconsciente hace lugar al atravesamiento del fantasma.

 

Lo femenino y el deseo del analista

Continuemos con una breve disquisición en torno a la noción de deseo del analista, repensada a la luz de la clínica de lo femenino.

Habitualmente, la expresión “deseo del analista” suele entenderse de un modo vago e inespecífico; por ejemplo, al afirmar que se trataría de un “deseo de analizar” sin más –propuesta que, en definitiva, intenta resolver un problema y produce otro, solución típica del obsesivo–, o bien cuando se sostiene que el deseo del analista consiste en cuestionar las certidumbres del analizante. En esta última circunstancia, para el caso, no se trataría más que de una intención histerizante, una suerte de pasión por poner todo en cuestión que, por cierto, suele traer ciertos problemas por los cuales algunas personas demandan un análisis. De este modo, cuando se extravía la necesidad de una definición ajustada, aparecen las versiones neuróticas del concepto.

En la enseñanza de Lacan, la expresión “deseo del analista” tiene un uso concreto, propuesto a partir de determinada época y frente a problemas clínicos específicos. Por ejemplo, en un escrito como “La dirección de la cura y los principios de su poder” (1958) Lacan afirmaba lo siguiente:

“Está por formularse una ética que integre las conquistas freudianas sobre el deseo: para poner en su cúspide la cuestión del deseo del analista.” (Lacan, 1958, 591)

Sin embargo, es a partir del seminario 8 que una delimitación precisa de este concepto comienza a desarrollarse. Asimismo, este movimiento se realiza en el marco más amplio de una reelaboración de la noción de deseo. Si en “La dirección de la cura…” el operador del deseo era el falo, y aquel se entendía en términos de falta de objeto –como metonimia, a su vez, de la falta en ser del sujeto–, a partir de este seminario el deseo comienza a presentar una dimensión enigmática e irreductible.

En este contexto, el deseo oral y anal son formas de relación con la demanda; en el primer caso, respecto de una demanda al Otro que, frente a su contrademanda, se afirma como rechazo; en la segunda circunstancia, en el cumplimiento de la demanda del Otro que, frente a la aparición de su deseo, se consolida como retención. Dicho de otro modo, por esta vía Lacan esclarece las formas neuróticas privilegiadas de posicionarse respecto del deseo: la histeria, que rechaza la demanda del Otro; y la obsesión, que reniega del deseo del Otro. No obstante, estas formas defensivas del deseo no son excluyentes. En todo caso, se trata de formas fálicas del deseo, es decir, que exponen lo que Lacan llama la “paradoja del complejo de castración”: que haya una discordancia entre la demanda y el deseo o, mejor dicho, que el deseo requiera de la falta para poder manifestarse. He aquí, entonces, el lugar que corresponde al falo.

En términos generales, hasta este seminario Lacan se refirió al falo como el significante que indicaba la falta de significante. Sin embargo, en esta argumentación comienza a vislumbrar un nuevo estatuto: el falo como signo. El falo se instituye como suplencia respecto del desfallecimiento del Otro. Por eso Lacan sostiene que “lo que nos revela la experiencia analítica es que más precioso aún que el propio deseo es conservar su símbolo, el falo” (Lacan, 1960-61, 264). El neurótico se afirma en el falicismo del deseo como un modo de defensa respecto de un deseo de otro orden. En este punto se introduce la noción de signo:

“Presten atención ahora a no confundir tampoco este objeto fálico con lo que sería el signo, en el Otro, de su falta de respuesta. La falta de la que aquí se trata es la falta del deseo del Otro. La función que adquiere el falo […] no es la de ser idéntico al Otro en cuanto designado por la falta de un significante, sino la de ser la raíz de dicha falta.” (Lacan, 1960-61, 251)

A partir de lo anterior, entonces, el falo en su dimensión de signo es diferente a la interpretación fálica del deseo en que consiste la neurosis. Al mismo tiempo, en esta perspectiva, no indica una falta en el Otro sino su raíz o, para utilizar un término posterior (del seminario 10), su causa. Ahora bien, ¿cómo pensar esta dimensión del deseo que es irreductible al deseo fálico?

“Ver el deseo como signo no supone acceder a la vía por la que el deseo es captado en una cierta dependencia.” (Lacan, 1960-61, 266)

El deseo como signo, entonces, circunscribe una dimensión diferencial que resiste a su interpretación en función de una falta; en todo caso, el neurótico hace de la falta en el Otro una versión cómplice de su neurosis. Por eso, de lo que se trata en un análisis es de instituir, por parte del analista, la causa de esa falta, reconducirla a su fundamento. Por esta vía, entonces, es que Lacan introduce la función del deseo del analista:

“Aquí ven ustedes cómo se insinúa el camino que trato de abrir hacia lo que debe ser el deseo del analista. […] Sin duda, siempre está más allá de todo lo que el sujeto sabe, sin poder decírselo. Sólo puede hacerle signo.” (Lacan, 1960-61, 266)

El analista, por lo tanto, encarna una función más o menos inquietante, que no debe ser entendida histéricamente como una puesta en cuestión continua. En todo caso, esta posición suele enunciarse eventualmente bajo la forma de cierto extrañamiento. “Qué cosas decís vos”, decía una analizante en cierta ocasión; al exponer de qué manera esta función del analista restituye el acto enunciativo. “¿Por qué me decís eso?”, es decir, no se trata tanto de una precisión respecto del contenido semántico del decir del analista –muchas veces, es por esta vía que el obsesivo, por ejemplo, degradada el decir analítico: “Ah, sí, ahora entiendo” (aunque también, por el contrario: “No entiendo, explicame lo que decís”; o bien la histérica seduce de forma aquiescente: “Sí, muy interesante” (y su contrario: “Nada que ver”)– sino de una presencia que indica que apunta a la causa de ese decir (“Por qué”), punto en que se proyecta la intención fantasmástica y la interpretación fálica del deseo del Otro como efecto de ese decir enigmático:

“El signo que hay que dar es el signo de la falta de significante. Es, como ustedes saben, el único signo que no se soporta, porque es el que provoca la más indecible angustia. Es sin embargo el único capaz de hacer acceder al otro a lo que es de la naturaleza del inconsciente…” (Lacan, 1960-61, 267)

De este modo, el decir del analista no se presta a la comprensión, aunque tampoco debe entenderse este carácter de enigma como si se tratase de un oráculo más o menos ingenioso. En absoluto a un analista le cabe ser ingenioso, a menos que desde ese lugar pueda interpelar a quien habla. Asimismo, también puede deducirse de lo anterior que el silencio muchas veces no es la mejor respuesta, en la medida en que puede producir un claro efecto de sugestión. No hay nada más sugestivo, nada que enlace más a una suposición de saber, y un desconocimiento de la propia posición subjetiva, que la espera que el silencio suele promover.

En resumidas cuentas, la interrogación lacaniana acerca del deseo del analista comienza en el punto en que se intenta aprehender un modo de relación con el Otro que no sea a través del falo. Este es el campo propiamente dicho de lo femenino, que incluye diversas figuras que saben servirse de aquél, pero para indicar algún aspecto diferencial. En este trabajo hemos estudiado algunas de esas formas clínicas, desprendidas del interés de localizarlas a partir de su incidencia en la posición del analista en la transferencia.

 

Luciano Lutereau[1]

[1] Psicoanalista. Doctor en Filosofía y Magister en Psicoanálisis por la Universidad de Buenos Aires, donde trabaja como docente regular e investigador. Autor de diversos libros, entre ellos: El idioma de los niños, Histeria y obsesión y Celos y envidia. Dos pasiones del ser hablante.

Autor: Luciano Lutereau