“Neuro-psiquiátricos: Una doble prisionalización y la incapacidad de des-singularización de los casos como anormales” “El Manicomio es una cárcel sin celdas”

Por Sergio Carlos Litrenta y Diana María Saavedra Restrepo

Ambas instituciones, cárcel y neuro-psiquiátricos, tienen sus propias complejidades y formas de ejercer su arbitrio sobre los sujetos que las transitan. A su vez, cuando se articulan en un proceso envolvente, conservan su propia estructura sin tener un manejo adecuado de la situación y del curso del proceso de los sujetos que quedan sujetados a un doble arbitrio, con el agravante que es la medicalización.

En este camino, el trabajo escrito hace un recorrido por la Ley de Salud Mental N° 26657, por los efectos de la doble prisionalización y por los debates éticos sobre la medicalización como castigo y como forma de acallar la subjetividad. Puesto que, sí bien estos sujetos presentan un trastorno mental, su tratamiento farmacológico no está basado en su patología, en muchos casos, sino en medidas de control y procesos de des-singularización de las causas, de tortura química y borramiento social del individuo psiquiátrico.

En consecuencia, el análisis transita sobre los efectos institucionales que afectan y conducen al doliente psiquiátrico, entendido aquí  como el sujeto que está afectado por los efectos de la doble prisionalización, cuyo origen está en las instituciones totales, en palabras de Michel Foucault (2004) a partir de su concepción de bio-política. El autor establece que estas instituciones modernas tienen por objetivo castigar de una forma que preserva la vida biológica. Pero, a su vez, desde el marco del castigo, ejemplifica formas de sometimiento y subordinación a quienes se desvían de lo normativo y “normal”, produciendo a su vez una opacidad en sus derechos de ciudadanía.

Por lo tanto, la perspectiva desde la cual se realizara esta investigación atañe a un enfoque relacional, en donde la “locura” o “el sujeto psiquiátrico” se construye frente a un otro que se le denomina “cuerdo”, “normal”, según convenciones sociales que dictan los parámetros de lo normal y lo anormal, desde un paradigma psiquiátrico adaptativo hegemónico y represivo.

Boltanski (1990) nos provee un análisis detallado de lo que pasa con la condición del sujeto que está sometido a la doble prisionalización. La pregunta que se hace el autor es: “¿Qué condiciones debe satisfacer la denuncia pública de una injusticia para ser admisible?”. De esta manera, nuestro trabajo pretende comprender porque la comunidad de dolientes neuro-psiquiátricos no logran establecerse como un caso público por el cual logre construir un “principio de equivalencia”. En otras palabras, las denuncias provenientes de la comunidad política de los sindicatos, por ejemplo, prosperan en la medida en que son parte de esta y porque movilizan recursos y acciones políticas en torno a esa denuncia. Esto no ocurre para la comunidad de “los dolientes neuro-psiquiátricos” ya que se encuentran por fuera de la comunidad política, entendida como los derechos del ciudadano moderno; es decir, aunque pertenezcan a esa comunidad, no acceden paradójicamente a ese rango de ciudadanía.

Desde esta perspectiva podemos analizar que el concepto de normalidad  sigue operando

Sergio Literna

Sergio Litrenta

como una división entre lo que se considera “normal” y “anormal”. Quien determina este parámetro es el psiquiatra que, avalado por el discurso medico científico, se ubica como juez que dictamina el estatuto de los dolientes neuro-psiquiátricos. Por lo tanto, al estar desde el principio sentenciados a la anormalidad, estos dolientes no van a poder ejercer sus derechos de ciudadanía puesto que desde este discurso de poder quedan marginados de la comunidad política. En nuestra opinión, los pacientes dolientes neuro-psiquiátricos son considerados con una escala de valores inferiores a los parámetros “normales” de los ciudadanos.

El doliente es o se transformó en un híbrido humano que dejó de pertenecer al cuerpo político de la humanidad.  Resulta indispensable e higiénica su doble prisionalización. En definitiva no pueden convertirse en casos públicos porque están por fuera de la comunidad política al haber sido ubicados socio antropológicamente y psiquiátricamente en una humanidad carente de competencia cívica.

Desde otra perspectiva, la Ley Nacional de Salud Mental N° 26.657 dispone los derechos de toda persona a la atención disponible en salud mental y adicciones, al trato digno, respetuoso y equitativo. Es responsabilidad indelegable del Estado garantizar el derecho a recibir un tratamiento personalizado en un ambiente apto, con comodidades de atención basadas en la comunidad, entendiendo la internación como una medida que solo debe ser aplicada como último recurso terapéutico. El trabajo interdisciplinario e intersectorial constituye un pilar fundamental en el abordaje propuesto, tendiente a atender la diversidad de factores que condicionan la salud mental de las personas y su efectiva recuperación. La historia demostró que reducir la problemática de lo mental a un problema exclusivamente orgánico disminuye las posibilidades de rehabilitación de  los padecimientos.

Consideramos que, sin embargo, esta ley carece de un marco explicito o una instancia particular en donde se contemple alguna estrategia educativa como forma de restituir la dignidad y subjetividad a los sujetos prisionalizados. Si bien aparece reflejada en la concepción de interdisciplinariedad e intersectorialidad, no queda claramente explicitado la forma en que se haría la intervención, además de que se carece de espacios especializados para dichas actividades. Un claro ejemplo de los efectos de otros tipos de intervenciones, en donde se le da lugar al sujeto para la palabra y la expresión, son las experiencias del colectivo “La Colifata” y el “Frente de artistas del Borda”.

Interrogar la condición de los sujetos que están prisionalizados en los neuro-psiquiátricos  es indispensable para promover intervenciones emancipadoras. En este tipo de detenidos se opera un doble arbitrio debido a que los pactos simbólicos dentro de una “estructura manicomial envolvente” son doblemente borrados: primero, por la complejidad de las enfermedades mentales que acusan esos sujetos y, segundo, por el carácter de una prisionalización química de la que son objeto. Esto sucede al punto que estos neuro-psiquiátricos suelen ser vistos “como campo de concentración o bien como pueblo de linyeras o de pobres”, según  Alfredo Moffat (1974).

Diana María Saavedra Restrepo

Diana María Saavedra Restrepo

En definitiva, este es el concepto que estructura nuestro análisis: Estructura manicomial envolvente. Concepto que implica comprender la cárcel en el ejercicio mismo del poder que envuelve a los sujetos encerrados, produciendo una cosificación y una melancolización que los saca del tiempo. No están ni en el presente ni en el pasado, hay da una detención del tiempo y un profundo sentimiento de degradación de identidad y pérdida de subjetivación.

En este sentido, un espacio manicomial es un espacio que está determinado por ciertas características que rompen con los grupos primarios de socialización del sujeto y se convierte en una amputación de su mundo simbólico, social, familiar y cultural. Lo cual se traduce en dos condicionantes que son: la iatrogenia-deterioro de las capacidades cognitivas y sociales de los presos y la estigmatización como mecanismo dentro de un álbum de estereotipos estigmatizantes “enfermo mental, el loco, el alienado, el anormal, el colifato”. Por lo tanto, el efecto que este encierro va a tener a nivel corporal es que no se lo instrumenta para trabajar, no es un cuerpo productivo, convirtiéndose en un desecho humano que no le sirve al sistema productivo. En algunos casos, la única función o rol social que se le da es la de actuar como loco para poder lograr una adaptación a ese mundo de encierro y justificar el dispositivo de poder de la medicalización. Desde esta perspectiva nos peguntamos: ¿Al servicio de quién está la psiquiatría?, ¿Desde sus orígenes, cuál ha sido su paradigma?, ¿Por qué el manicomio se convierte en una cárcel sin celdas? ¿Qué regula realmente la Ley Nacional de Salud Mental?

Cronificación de la condición del  sujeto manicomial: A diferencia de la cárcel en donde el detenido, una vez condenado, tiene la certeza de que algún día va a salir y puede pensar en proyectos a futuro por fuera de los muros, en los neuro-psiquiátricos se desdibuja esta posibilidad debido a la cronificación de su condición, por la cual pierden su estatuto de presos para convertirse en enfermos mentales y dolientes psiquiátricos. En esta nueva espíteme, la noción de peligrosidad se presenta como un operador fundamental en la distinción de la clientela que tanto la psiquiatría como el derecho penal van a accionar. Esa noción se basa en una clasificación del enfermo dentro de los extensos y obsesivos cuadros que presenta, ocupando el psiquiatra un rol preponderante cuando su diagnóstico legaliza tanto la segregación familiar como social y el encerramiento definitivo del enfermo mental. Los supuestos básicos de este nuevo discurso requieren de una perspectiva tutelar a partir de una conversión moral del afectado y por último del silenciamiento de su palabra. De esta manera, el ejercicio del poder manicomial se ve arbitrado por el psiquiatra, quien actúa como un juez, legitimando su práctica a través del dispositivo farmacológico. Produce así una cosificación del sujeto,  que se ve borrado desde su singularidad y pasa a ser nombrado a través de su patología.

Guilhon (1980) “distingue los aparatos de reproducción material que responden a efectos económicos de los aparatos de reproducción social con efectos predominantemente políticos y aparatos de reproducción imaginaria con efectos ideológicos”. Dentro de esta lógica analítica se puede afirmar que los mecanismos psiquiátricos legales se encuadran en un tipo de aparato de reproducción imaginaria que funciona reproduciendo la supuesta asociación entre locura, pobreza y peligrosidad. En la ontología de los neuro-psiquiátricos y sus tentaculares mecanismos y tecnologías de poder, la psiquiatría, al menos en muchos casos,  alberga una condición de animalización de seres que no pueden experimentar un exterminio administrado, pero sí una lenta cosificación que los museofisíca, con la perdida  de la identidad y del desempeño social correspondientes.

CONCLUSIONES: No estamos planteando una mirada romántica y paternalista, ni exotizadora del prisionalizado psiquiátrico. Tan solo nos sumergimos en develar las falencias y vacios de la normativa de la Ley Nacional de Salud Mental N° 26.657, que a pesar de estar sancionada no se cumple en muchos de sus artículos. También nos interesa poder entender aquellos mecanismos que estigmatizan a estos sujetos hasta cosificarlos y promoverles una muerte civil y química tras los muros. Destacamos esta doble pulsión y arbitrio de condenabilidad y peligrosidad, muchas veces construidas en el  afuera, que, a diferencia de otro tipo de prisionalización, es más nociva.

Autor: Sergio Carlos Litrenta