“Sobre la clínica psicoanalítica y los pecados capitales” (Primera parte)

 

Hieronymus Bosch: Mesa de los pecados capitales (1485)

Hieronymus Bosch: Mesa de los pecados capitales (1485)

 

“Déjame ser vil y rastrero, pero permíteme

que bese el sudario que envuelve a mi Dios.

Pues aunque siga al demonio, sigo siendo hijo tuyo,

oh Señor, y Te amo y siento esa dicha

sin la que el mundo no puede existir.”[1]

(Fedor Dostoievski, Los hermanos Karamazov)

 

 

 

“Un vicio capital es aquel que tiene un fin excesivamente deseable, de manera tal que en su deseo, un hombre comete muchos pecados, todos los cuales se dice son originados en aquel vicio como su fuente principal. (…) Los pecados o vicios capitales son aquellos a los que la naturaleza humana está principalmente inclinada.”

(Santo Tomás de Aquino)

 

Introducción

Fuera Gregorio Magno (540 d. C. – 604 d. C.), “siervo de los siervos de Dios”, quien oficializara de manera definitiva los pecados capitales como aquellas siete faltas fundamentales que hoy conocemos y de las que, siguiendo la cita del epígrafe de Santo Tomás, se originarán luego todas las demás errancias del hombre. Nótese que “capital” va a aquí en esa dirección, esto es, como si se dijera “los cuatro conceptos capitales del psicoanálisis.” Capitales porque fundan pero, además, porque algo ha de estar presente en el hablanteser de manera nodular que lo empuja casi imperativamente hacia allí, hacia ese pecar, hacia ese gozar de la falta, y que denuncia al mismo tiempo una falta-en-gozar irreductible.

En este artículo vamos a intentar articularlos con la clínica psicoanalítica, en general, pero con la posición del analista, en particular – definida más por aquello de lo que se abstiene, que no “da”, que por aquello que ofrecería en términos positivos. Estimamos que, a través de una lectura de los pecados capitales puede accederse a una definición lo suficientemente operativa de la primera cuestión – la de la clínica -, lo cual justifica el desarrollo del presente artículo. Aprovechamos esta introducción para refrescar cuáles son las siete faltas fundamentales:

Lujuria – Avaricia – Gula – Envidia – Ira – Pereza – Soberbia o Vanidad

 

Lujuria

 

Hieronymus Bosch

Hieronymus Bosch

Avanzando en el terreno de los pecados capitales, tomamos como referencia primera la lujuria, cuya antinómica virtud es la castidad. Pues bien, ¿cómo articular dicha falta con la lógica que se despliega en la experiencia analítica? Dicha relación tal vez sea la más simple de realizar: aquello de lo que Jung no se abstiene con Sabina Spielrein (véase el film Un método peligroso) entra en el territorio del goce sexual directo, sin mediaciones, es decir, en la satisfacción sensual no transformada (“embellecida”) sublimatoriamente vía lo simbólico de la palabra. Lisa y llanamente, a Jung se le escapa el análisis de la transferencia al no tomar a ésta en su relación con la neurosis.

Para ir rápidamente al punto, si el analista en la transferencia es llamado a ocupar – vía el semblante – el lugar parcial del objeto a, para fingir y fungir cual causa del deseo, esto exigirá como condición aceptar ser dicho objeto en falta, es decir, no precisamente como objeto del goce, destino al que podría conducirlo el estancarse en el lugar del emblema, es decir, del superyó implicado en el SsS.[2]

El analista no debería ser tan ingenuo de creer que la “calentura” es con él como persona – por sus grandes dotes, ya sean estéticas, éticas o de cualquier índole. La llamarada deseante es por y para con la función que allí se sostiene desde un cuerpo (una escucha, una mirada, una palabra, una mejilla, un apretón de manos) y que se presta a ese espacio. En un primer momento estamos allí a título de erastés, deseantes del deseo del analizante. Hemos puesto el cuerpo y la escucha a esa subjetividad que pretende devenir.[3] Así, pues, el significante en metonimia (asociación libre), por un lado, reabrirá la hiancia que disparará el deseo[4] y, por el otro, disparará la instauración del Supuesto Sujeto al Saber.[5] La transferencia es amor al saber como motor de la cura. A través del amor se pretende, sin embargo, sosegar aquella intrigante insatisfacción generada por el deseo del analista (Che vuoi?), fundamento de la abstinencia. Es decir, si la transferencia causa el trabajo de análisis, también puede tornarse su principal obstáculo, máxime cuando ésta ha devenido en countertransference.

Cuando hablamos de lujuria, en definitiva, hablamos del goce y de la satisfacción carnal directa. El analizante que quiere goce, quiere embarrar la cancha¸ es decir, quiere que haya quilombo, en pocas palabras. Pero si el analista es ubicado, en parte, en el lugar del objeto petit a, allí toda posible satisfacción cobra un valor diferente. Vía la creencia fantasmática en el goce del Otro – que el Otro me pueda gozar o que yo pueda gozarlo acabadamente a él -, se desmiente la castración, esto es, la falla en gozar. Por el contrario, diciéndole que “no”, a la propuesta de ser el objeto complementario, ergo, se transmite que la relación sexual no existe, como imposibilidad lógica de adecuación entre el sujeto y el Otro, entre el sujeto y el a, entre el sujeto como a y el Otro o entre el Otro como a y el sujeto.[6]

 

Avaricia    

Charles-Antoine Coypel: Retrato de Molière

Charles-Antoine Coypel: Retrato de Molière

 

“¡Qué diablo, siempre dinero! Parece que no tienen otra cosa que decir:

“Dinero, dinero, dinero.” Ah, no tienen más que esa palabra en la boca: “¡Dinero!”

Siempre hablando de dinero. Ese es su caballito de batalla, el dinero.”

 

(Moliére, El avaro)

 

 

 

El avaro es un personaje conocido para la clínica psicoanalítica. Podría ponerse el acento en la aá-varohaciendo referencia al objeto a en su función de “reserva libidinal”, punto de recuperación de un goce que puede cederse o no. El avaro de Moliére no era que no tenía nada en su cofrecillo sino que, más bien, tenía nada. Una nada que hasta le podían robar. Hay una avaricia estructural, en tanto no toda la libido pasa al campo del otro especular (yo-ideal). Esto último – el pasaje total de libido al otro – implicaría la pérdida misma del yo como algo distinto al semejante (aunque formado tomando su imagen prestada). El transitivismo puede rayar en lo siniestro de la experiencia psicótica de desposesión corporal. No son pocas las ocasiones en que, frente a la confrontación con un momento de cesión, el obsesivo choca con un intrigante sentimiento de despersonalización. Por no perder en algo, se pierde entero como objeto (fálico) del Otro, sin llegar al extremo de la desintegración esquizofrénica, desde luego, donde el $ se pierde más bien como a, resto, desecho, palea.

Pero hay una avaricia menos interesante y que va más allá de esa necesidad de estructura. El avaro es aquel que no intercambia, es decir, que no transmite aquello que, por creer poseer, no ensaya dar. Por ejemplo, en una carta a Binswanger (del 20 de Febrero de 1913) en la que aborda la cuestión de la transferencia recíproca o contratransferencia, Freud decía: “Darle a alguien demasiado poco porque se lo ama demasiado es una injusticia para con el enfermo y un error técnico.” Destacamos esto que destacamos, puesto que encontramos allí la clave de la cita, en relación a la cuestión de la avaricia. Un exceso en no dar, no supone no dar nada, sino que ese dar nada involucrado en la abstinencia puede tomar un sesgo diferente del registro del deseo, y que es el de la opacidad del goce.[7] Sobre todo, tal vez, en casos de una estructuración narcisista endeble (como en las psicosis) donde el estatuto de la demanda de amor debe tratar de ser sostenido (o introducido) a riesgo de transgredirse cierta abstinencia analítica sugerible o habitual en las neurosis.

El dar (o recibir) demasiado poco, puede provocar la angustia del analizante, allí donde interviene la pregunta ya no por el deseo sino por el goce del psicoanalista. A nuestro entender, lo que motoriza la cura es que pueda sostenerse la pregunta por el deseo del analista. De todas maneras, no deja de ser condición del espacio no responder a la demanda, a riesgo de que el narcisismo del analizante se vea particularmente dañado. Diríamos, más bien: agujerear el yo del analizante, paso a paso, cada vez y cada vez. De eso se trata la clínica psicoanalítica, en unas de sus aristas. Retomaremos esto cuando hablemos de la vanidad o soberbia.

El analista debe saber preservar la nada que contiene en su arquilla, para hacerla valer como causa del orden del deseo. Dar lo que no se tiene a alguien que no lo es, equivaldría a que el analista quede en una posición de amante (erastés), justamente, esa posición que debe ser la del analizante (más allá de lo que decíamos más arriba respecto de un tiempo primero en la relación analítica). En este sentido, cierta avaricia estaría justificada. No dar de más, para no retroalimentar el circuito (“infernal”) de la demanda o de la sugestión. Retroalimentar la demanda puede jugar en algunos análisis, pues, en el sentido de retener analmente al analizante. Lo interesante es que el paciente haga su camino, más allá de la esperanza – teñida de amor o de odio – en un Otro que estaría completo y sabría de qué se trata su castración.

Psicopatológicamente hablando, el obsesivo es avaro casi por definición, en tanto al transformar su “propio” deseo en una demanda del Otro, mantiene intacto su goce, preservándolo del intercambio, siempre sexual para el hablanteser. Creemos que el obsesivo puede vincularse a eso que Lacan llamaba discurso del amo y, de ese modo, en el lugar de la verdad aparece el sujeto de la falta (reprimido) bajo un semblant de dominio y consistencia intachable (S1). Avaricia para circular subjetivamente y satisfacción en el lugar del Amo. Ahora bien, la histérica no lo es menos cuando se priva y priva al otro del goce de su cuerpo – ya sea este “de mujer” o de “hombre” -, en su novelería cotidiana. El obsesivo quiere que el Otro esté muerto, no deberle nada. La histérica quiere hacerse demandar, suponerle una deuda al Otro para con ella. Él – por lo general, el padre -, le debe: ¿qué cosa? El falo deseable, ese al que ella se identifica “secretamente”.[8]

La cuestión de la avaricia en la clínica psicoanalítica puede articularse fácilmente con el elemento dinero, del que Freud dice algunas cosas, que no por aisladas dejan de tener un valor inestimable. Si el dinero representa un elemento esencial en una cura analítica lo es por cuanto pone en escena el orden del pago, puente a cuyo través puede haber transmutación subjetiva. Además, los poderosos factores sexuales que allí se expresan, hablan también de la posición del sujeto en ese sentido. Creemos también que el dinero, en el análisis, articula cierto enganche con el principio de realidad como límite que exige un acotamiento del goce fantasmático. Es parte de los pagos del analizante. Pero también están los pagos del analista. En este sentido, puede suceder que el analista sea avaro de pagos. Esos pagos de los que hablaba Lacan en “La dirección…”: su palabra, su persona, su juicio íntimo. La carencia de ser que le reclama su lugar es el pago del que no se puede ser avaro sin perder los pacientes o, al menos, los del psicoanálisis.

 

Gula

David Fincher: Seven (1995)

David Fincher: Seven (1995)

 

El Otro no es pues en absoluto hambre tan solo,

sino hambre articulada, hambre que demanda.

 

(J. Lacan, El Seminario 8)

 

 

“Hambre que demanda”: ¿hambre de signos? Apetito significante, tal vez, y que habla de una vertiente del ser hablante que excede la satisfacción directa de la necesidad. Excentricidad propia de la experiencia humana, que desprende a la pulsión de la particularidad de un objeto determinado. La pulsión es heterogénea con respecto al destino predefinido de un objeto particular satisfaciente.[9] El acento está en la zona erógena misma, dice Freud, producto del significante mordiendo la carne del ser, lo que derrama libido. La pulsión es “heterógena” y masoquista. El hacerse hacer marca su giro gramatical.

Puede que el analista pretenda manducarse a sus pacientes, ¿por qué no? Sucede habitualmente, a través de la acentuación de este o aquel Ideal, es decir, significante del Otro completo. Fagocitar al analizante es una de las cosas más simples que puede planteársele a un psicoanalista. Basta con situar las cosas en el plano mismo de la respuesta a las demandas analizantes – lo que se dice ´sugestión´ -, para ir a parar al lugar de un Otro devorador, de ese Otro primitivo que tiene la omnipotencia de satisfacer (o no) la necesidad del niño. Lacan no deja de insistir, sobre todo en sus primeros Seminarios, en ese efecto tan contrario a una experiencia analítica genuina que conlleva la identificación al terapeuta; a saber, el fantasma de manducación de su falicidad (aquí es el paciente el glotón, lo cual puede pensarse como la reversibilidad de la libido en términos imaginarios).

La gula del analista podría ser equivalente al no-corte de la cadena significante vía el acto de la interpretación (con la abstinencia de saber que ella implica), tragándose de esa manera el analista todo lo que ese sujeto tiene para pedirle al Otro (o para pedirse, exigirse, reprocharse a través del Otro), vueltas de lo dicho que insisten en un sentido unario que sólo puede quebrarse apuntando al decir que suplementa esa giratoria casi sin sujeto: búsqueda de la posición. Al no haber diferencia entre enunciados y enunciación (ni entre significante y significado), no se va más allá de la demanda, por lo que el analista termina operando como el objeto-tapón de una satisfacción oral.

Dice Massimo Recalcati:

“El seno al cual apunta la pulsión oral no es en realidad un objeto-sustancia, es un fantasma. Es el fantasma oral por excelencia. Comer es entonces comerse el fantasma, buscar el fantasma del seno en la selva de la manipulación significante de la Cocina.”[10]

El analista italiano, acentúa la carencia de objeto pulsional como consistencia, como cosa en sí. Lo que queda de la mítica experiencia de satisfacción no es más que el vacío y el seno primordial su sucedáneo pero evanescente relicto. La posición del analista, en este punto, conlleva la exigencia de saber-hacer con el ornamento, con la ficción, con la artificialidad que implica estar en el discurso para no sostener la quimera de un objeto posible en el terreno pulsional como goce puro sin barrar. El analista tiene su deseo, él está en posición de ser un objeto que puede aportar un goce, pero al que su deseo limita separándolo de la trama fantasmática que lo amarra a la transferencia de neurosis.[11]

 Luis F. Langelotti

 

[1] Citado como epígrafe en Los Borgia de Mario Puzo.

[2] Es Serge Cottet quien, en su libro Freud y el deseo del psicoanalista, plantea esta articulación entre superyó y Sujeto supuesto Saber. Véase: Cottet, S.; Freud y el deseo del psicoanalista. Ed. Manantial, Buenos Aires, 1988.

[3] Lacan, J.; “Crítica de la contratransferencia” en El Seminario, Libro 8, La transferencia. Paidós, Buenos Aires, 2013. Capítulo XIII. Allí, el analista francés, plantea: “Para nosotros, si nos dejamos guiar por las categorías que hemos producido, el sujeto es introducido como digno de interés y de amor, erómenos, en el comienzo mismo de la situación. Es por él por quien estamos ahí.”[2]

[4] El deseo, recuérdese, es definido por Lacan como “metonimia de la falta en ser” en “La dirección de la cura y los principios de su poder”. Lacan, J.; Escritos 2, Siglo XXI ed., Buenos Aires, 2008.

[5] Cuando el saber es, más bien, sin sujeto.

[6] El analista puede jugar como semblante del goce inexistente: promesa de goce todo. Mas nuestra sexualidad está atravesada en principio por lo pulsional, que implica un cuerpo de zonas erógenas parcialmente distribuidas y que, a su vez, se pierde por acción de la castración como separación de este goce parcial del cuerpo, el cual pasa a constituirse como consistencia imaginaria, ilusión de unidad de aquella fragmentación primera. El Ideal seduce el deseo, pero lo desvía en tanto lo que lo causa, va por otro lado. La verdadera demanda no es de amor, sino de goce (inclusive Lacan llega a decir que una “verdadera demanda”, en el inicio de un análisis, es el síntoma). Ésta es la exigencia que puede barrenar el trayecto analítico, atareándolo regresivamente y poniendo el amor al servicio de la resistencia.

[7] Expresión de Colette Soler.

[8] Lacan, J.; Las formaciones del inconsciente, El Seminario, libro 5. Paidós, Buenos Aires, 2007. Pág. 358. Y, a veces, no tan secretamente.

[9] El objeto de la pulsión es su parte más “variable”, plantea Freud e n “Pulsiones y destinos de pulsión” (1915). Lacan hablará de la contingencia de dicho objeto.

[10] Recalcati, M.; “La pulsión oral: comer el vacío” en La última cena: anorexia y bulimia. Buenos Aires, Del Cifrado Ed., 2007. Pág. 46.

[11] Nos jugamos a utilizar semejante expresión en tanto creemos que allí hay otro modo de leer el vínculo entre psicoanalizante y psicoanalista. Lacan afirma que la neurosis allí establecida es tanto más del analista cuanto que más depende de este que la misma quede lo suficientemente liquidada en el trabajo del analizante, según la postura que aquel adopte frente a la demanda de este. Como si dijéramos que el analizante le dirige secretamente la pregunta respecto de cómo hizo él con su propia psiconeurosis. Y con todo lo que ella implica.

Autor: Luis F. Langelotti