“Sobre la clínica psicoanalítica y los pecados capitales” (Segunda parte)

La primera parte de esta nota se puede encontrar en el siguiente link: 

http://revistadesvios.unsam.edu.ar/sobre-la-clinica-psicoanalitica-y-los-pecados-capitales-primera-parte-2/

Por Luis F. Langelotti

Pereza

Víktor Vasnetsov (1848-1826): La princesa durmiente

Víktor Vasnetsov (1848-1826): La princesa durmiente

 “Ahora entiendo con claridad lo que en otros tiempos se buscaba, ante todo, cuando se buscaban maestros de virtud: se buscaba un buen dormir, y virtudes enguirnaldadas de adormidera. Para todos esos sabios aclamados de las cátedras, la sabiduría estaba en dormir sin pesadillas. Jamás conocieron otro mejor sentido de la vida. Y todavía quedan algunos predicadores como ése, aunque no siempre tan honestos; pero su tiempo ha pasado; y apenas se mantienen en pie. ¡Bienaventurados esos somnolientos, pues no tardarán en quedar dormidos!”

(Así habló Zaratustra, “De las cátedras de la virtud”)

 

Un bostezo recorre la escena analítica, aunque el paciente no lo nota, ya que está sobre el diván. El analista ha llegado tarde a la cita y de mal humor. El analizante siente que sus palabras chocan con un muro espeso, denso, inconmovible más allá de la cabecera del diván. Desde ese lugar del que le han solido llegar sorprendentes giros o rupturas del sentido, hoy no llega más que una sensación de fastidio. Se trata de lo que Nietzsche llamaba el espíritu de la pesadez [Geist der Schwere], como una contra-voluntad tendiente a la inercia, a la cesación del trabajo [Drang] de sostener allí el esfuerzo del analizante por producirse subjetivamente. Goce o pulsión de muerte, serían dos términos fácilmente citables para situar qué es lo que clínicamente está jugando en esos momentos del análisis. Es decir, uno de los modos más comunes de la resistencia. Fastidio, cansancio, desgano, etc., síntomas de un malestar que pone en primer plano un movimiento de desimplicación analítica. Si el analista se adormece en el sillón, el analizante correrá igual destino en su padecimiento. Puede que el espacio se entorpezca, o se derrumbe. Lo más probable es que no pase nada relevante.

La pereza como pecado capital, habla de cierta desidia del sujeto que lo hace entregarse a la intrascendencia del estar-ahí sin más, desinteresado por ocuparse de sí mismo. Los pecados, no debemos descuidar esto, se plantean a propósito de ciertos ideales, así llamados ´virtudes´. Obviamente, habrá que distinguir profundamente entre la postura que tiene la religión en relación a los ideales de la posición que tiene el psicoanálisis. Desde un punto de vista religioso, no coincidir con el ideal y caer en el pecado convierte al hombre en pecador y esto equivale al enjuiciamiento superyoico de Dios. Para el análisis, en esta articulación que venimos realizando, el pecado es irreductible y aquello que puede realizar el sujeto es sostener la apuesta por renunciar a ese goce que el pecado deja como corolario, para alcanzarlo elaboradamente en el territorio de un querer más fundamental. Pecar de la buena manera, podríamos decir, sin que se le vaya al sujeto en eso la vida, ni deseante ni orgánica.[1] Recuérdese esta idea de Lacan de que el neurótico se toma “demasiado trabajo” para acceder a algún orden de satisfacción.[2] El análisis puede proponer acotarle el derramamiento de pulsión innecesario que regurgita en su síntoma, para confrontarlo con el un poco de satisfacción verídico que permite el deseo.

Dostoievski decía: “Esa dicha sin la que el mundo no puede existir.” Lacan, por su parte, afirmaba: “Se llama el Goce, y es aquello cuya falta haría vano el universo.”[3] Pero no-todo es la dicha o la dicha (el goce) es no-todo. La pereza habla de una quietud desesperanzada que no cree que – un poco de – Otro goce sea capaz de alcanzar. Una alternativa a la pereza no sería la manía incesante del work-alcoholic, sino una posición tercera que posibilite un estar-ahí ocupado. Por qué no un poco de perezosa actividad.

Analizarse es despertar, es decir, salir de esa homeostasis a la que conduce el principio del placer y cuya meta genuina es un cese del deseo que precipita a la pulsión de muerte. Analizarse es atravesar el velo de Maya que nos separa de eso inmundo que es lo real del mundo y de lo que nada queremos saber, razón por la cual – desde luego que la neurosis tiene sus razones – nos mentimos profundamente a nosotros mismos, armando ficciones de las que posteriormente ni siquiera nosotros mismos sabemos cómo salir.

 

Envidia

envidia

“Inconsciente envidia hay en la esquiva mirada del desprecio.”

(Así habló Zaratustra, “De los despreciadores del cuerpo”)

El modo que asume el Complejo de Castración para la niña, lo sabemos, es el de la envidia del pene. Modo a través del que Freud sitúa una problematización ineluctable en el devenir mujer que todo sujeto anatómicamente femenino deberá transitar. Lo que debe naufragar en ellas es dicho Penisneid, así como en el hombre será el Complejo de Edipo, asociado a un pegoteo originario a la figura de la madre. De hecho, nos atreveríamos a decir que si el análisis conduce a la mujer más allá de la envidia fálica – revalorizando lo que es del orden de su singularidad gozante -, por el lado del hombre, llevarlo a la vertiente de la envidia de (o al menos a la creencia en) un goce–no-del-falo podría pensarse como un buen destino.

Ahora bien, yendo al hecho clínico: ¿por qué no podría suceder que, de pronto, por vaya a saberse qué coyuntura subjetiva, el analista comenzara a comparar su vida con la de alguno/s de sus analizantes? Ese fálico alineamiento, lo conduciría a creerse “más”, muchas veces, o a verse en “menos” otras tantas. Es decir, los fantasmas del analista entrarían a enrarecer la situación analítica dejándolo en un lugar demasiado subjetivo – o más bien, yoico - con respecto a ese otro que lo ha elegido para contarle su sufrimiento, pero no sólo. He aquí uno de los principales obstáculos en la dirección de una cura y, tal vez, uno de los por qué de lo que Lacan plantea en su segundo Seminario: que la resistencia es la resistencia del analista.[4]

Yendo al pensamiento de Melanie Klein, la envidia aparece asociada a la relación primera entre el niño y la madre, dependiendo la misma del grado e internalización de ese “objeto” satisfaciente, allí donde el Otro falla, no colmando acabadamente la imperiosidad de la necesidad que se ha vuelto demanda. En términos de las “tres formas de la falta de objeto” de las que habla Lacan (Seminario 4), la envidia está, a nuestro entender, ligada a la frustración como daño imaginario, donde creo que el otro tiene o es aquello que me corresponde (tener o ser a mí). Por eso, uno de los mecanismos intervinientes nodales es la proyección como desplazamiento imaginario del Saber, pretensión de anticipar. El yo, que tanta gratitud reclama, no está dispuesto a perder ni a ceder un mínimo de su “espacio vital”, con tal de hacer cumplir un mandato siempre diferente pero que tiene como base común algo que aparece ambicioso y que es del orden del Ideal. El trasfondo de la envidia es la relación originaria de carácter imaginario niño – Madre (a – a´) no mediatizada por la función paterna (simbólica). En el principio, la creencia de que el pecho es algo propio produce una significación del corte como hurto, robo, invasión, goce del Otro. Dependiendo de la traducción paterna de ese corte o de su carencia se gestarán determinadas consecuencias. La inocencia paranoica, habla de un rechazo radical respecto de la implicancia en la identificación con la Cosa. La envidia neurótica, en cambio, ya es un matiz a ese respecto y la Cosa, que ha pasado a ser propiedad del otro, puede recuperarse, fundamentalmente, por la vía del ataque especular (lo cual encalla rápidamente en la impotencia del sujeto).

La resistencia puede definírsela de muchas maneras y Freud llegó a plantear que había hasta aproximadamente cinco tipos de resistencias. En Lacan, la resistencia también oscila entre diferentes registros (mayor hincapié en lo imaginario, al inicio de su enseñanza, por ejemplo). Pero estimo que podemos pensar en la cuestión resistencial desde el siguiente sesgo: aquello que horroriza es el estatuto del deseo en tanto tal. Para el sentido común, lo que suele estar “bien visto” es lo desgraciado, que el otro aparezca en menos, degradado. Pero no el Gran Otro, con mayúscula – ese debe permanecer consistente e intocado -, sino el semejante, el vecino (que es también el yo). Nada mejor que verlo derruido. Este goce puede presentificarse en el analista, a partir de la angustia que le puede disparar el deseo de su analizante y los efectos de su propia acción. Amordazar el deseo, matarlo, porque me enajena como sustancia, me desustancializa. No tolerar que el deseo del analizante vaya para cierta vía imprevista, lo que cuestiona el lugar de analista-madre.

Si al analista le es exigido un duelo, este hace referencia a que no existe el Bien Universal, el Soberano Bien, el Bien común. Nada es más objetivante que la comparación con la realidad del analizante (o de un analizante con otro) y, en todo caso, la única envidia tolerable en un análisis sería la relativa a esa posición privilegiada que alguien puede alcanzar en la vida, con relación a su deseo.[5] No más. De lo que cada cual fue como objeto causa del deseo del Otro en su constitución subjetiva, apenas logrará esbozarse algo en un análisis, y será responsabilidad del analizante ver qué hacer con eso, cómo elaborar ese “origen” (perdido, unerkannt). Pero sí es responsabilidad del analista dejarlo llegar lejos, muy lejos. Lo más lejos que pueda ir de aquella sobredeterminación condicionante a la que pudiera atarlo su historia, su trama infantil.

Permitirle ver, para que pueda elegir si, básicamente, quiere o no lo que sus otros quisieron por, para y de él.

Ira

ira

Francisco de Goya: Saturno devorando a un hijo (1819-23)

 

 

“Lo inofensivo del débil, la cobardía misma, de la que tiene mucha, su estar-aguardando-a-la-puerta, su inevitable tener-que aguardar, recibe aquí un buen nombre, el de “paciencia”, y se llama también la virtud…”

(Nietzsche, La genealogía de la moral, I, XIV)

“Ahora bien, esta cólera nunca se produce en lo real. El padre nunca se deja llevar por la cólera, y Juanito se lo señala – Tienes que enfadarte, has de estar celoso. En suma, le explica el Edipo. Desgraciadamente, el padre nunca está dispuesto a encarnar al dios del trueno”

(J. Lacan, El Seminario IV)

 

 

 

Se preguntaba Lacan, en la Clase XIII del Seminario VIII: “… ¿por qué el movimiento del amor o del odio estaría en sí excluido [de un análisis]? ¿Por qué descalificaría al analista en su función?”[6] Y un poco más abajo, agrega: “… cuanto más analizado esté el analista, más posible será que esté francamente enamorado, o francamente en estado de aversión, o de repulsión, bajo las modalidades más elementales de la relación de los cuerpos entre ellos, respecto de su partenaire.”[7]

Podríamos preguntarnos, entonces: ¿Por qué no arrojar al paciente por la ventana o echarlo sin más, ante el ejercicio incomodante de algún tipo de “resistencia” o de “reacción terapéutica negativa”? Tanto la envidia (según veíamos más arriba con Nietzsche) como la ira, nos introducen en la cuestión del odio en la clínica psicoanalítica como afecto del que pueden desprenderse, ser sus corolarios. Hemos hablado, más arriba, del odio como pasión del ser, según la propuesta de Lacan. Faltó, tal vez, aclarar que este afecto, al igual que el amor, apunta en cierta medida a velar la falta en el Otro. El odio como coloración afectiva se desprendería entonces de la angustia como señal de lo real de la castración.[8] A este respecto, es interesante tomar en consideración algunas cuestiones del analista inglés Donald Winnicott.  Este autor afirma:

“Una de las principales tareas de cualquier analista consiste en mantener la objetividad ante todo lo que le presente el paciente, y un caso especial de esto es la necesidad del analista de poder odiar objetivamente al paciente.”[9]

Winnicott aborda aquí, especialmente la posición del analista en las psicosis. Pero, de todas maneras, sus reflexiones resultan co-extensivas al campo de las neurosis, allende las particularidades de cada una de estas clínicas. Cuando Winnicott habla de lo “objetivo”, esto debemos pensarlo en relación con otras categorías. El término más preciso, sería principio de realidad el cual, a su vez, se liga a la idea de un Otro barrado, en falta. Amar u odiar “objetivamente”, tiene que ver con un afecto que no esté desbordado por represiones no levantadas y, en ese sentido, por fantasías inconscientes tendientes a velar la castración.

Retomando la lógica de lo desarrollado, entonces, parecería haber cierta necesidad en la posición del analista del uso de la ira (que equiparo a la vertiente del odio) a los fines de la dirección de la cura. El analista no debe ser hipócrita. Esto, el analizante rápidamente lo podría registrar. Lo cual tampoco significa que deba ser cruel. Yo creo que cierto fastidio a veces es operativo para encarnar ese “dios del trueno” que por momentos es preciso sostener para cuestionar el viraje neurótico hacia lo incestuoso y el goce. De esta manera, la metáfora paterna entra en acción, simbólicamente, más allá de la vertiente imaginaria en relación a Júpiter, como padre devorador-castrador. No todo es interpretación basada en la técnica significante. También está el cuerpo y lo que con él se hace o no se hace. Por ejemplo, el corte es del orden del cuerpo en el sentido tan elemental de que el analizante debe retirarse del consultorio al finalizar la sesión. Y eso simboliza, algo tan simple y profundo a la vez como lo es la separación. No separación sin ira, odio e inclusive cierto desprecio calculado no ante la persona que se tiene en frente, sino como postura ética con relación a la satisfacción sintomática de la que pudiera tratarse. No nos olvidemos que el neurótico es un maestro en el arte de cultivar el malestar y un militante concienzudo de la impotencia.

Si la ira es el pecado capital, la virtud es la paciencia. Pero demasiada paciencia, puede marcar cierta connivencia con el sufrimiento, lo que se llama el goce. Yo creo que el analista no debería ser tan paciente con sus analizantes. Lo que tampoco significa que deba comportarse como un “Yo fuerte” adaptado a la realidad – neoyorkina o parisinamente “feliz” – de la que el neurótico estaría desviado.

 

 Referencias bibliográficas:

[1] Piénsese en las adicciones a sustancias psicoactivas, por ejemplo.

[2] Lacan, J.; El Seminario. Libro XI. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Bs. As. 2008. Pág. 172.

[3] Lacan, J.; “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano” en Escritos 2, Siglo XXI ed., Buenos Aires, 2008. Pág. 780.

[4] Lacan, J.; El Seminario, Libro 2, El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica. PAIDÓS, Buenos Aires, 2007.

[5] La envidia se inscribe en el registro imaginario como un saber respecto de lo que representa para el otro ese objeto de su goce y de su deseo. Pero de esa manera oscurece la pregunta en relación a aquello que al otro lo causa, como sujeto. Para que un análisis se sostenga, debe sostenerse la pregunta en relación a lo que motoriza el deseo del analista. El análisis se sostiene en la pregunta por ese deseo pero no sólo, ya que ante la carencia de respuesta (pulularán significantes que algo significaran, pero poco y se producirán actos que sancionarán más en el sentido del corte que de un significado preciso), la misma pregunta es trasladada al analizante y de eso se trata el verdadero desprendimiento: de jugar – en serio –  la pregunta por nuestra falta-en-ser. Nada de conócete a ti mismo o de “chamuyos de diván”, tampoco pseudo-clínica conductista, arquetípica-jungiana o de liberación de la “gente tóxica”, etc. La verdadera terapia alternativa sigue siendo el psicoanálisis por cuanto es allí donde genuinamente se manifiesta la posibilidad de un despliegue singular, dado que ninguna otra propuesta de abordaje del sujeto enfatiza tanto ese orden ético radical que es el del deseo.

[6] Lacan, J.  “Crítica de la contratransferencia” en El seminario 8, La transferencia. Paidós, Buenos Aires, 2013. Pág. 214.

[7] Lacan, J.  Op. cit.

[8] La misoginia, el antisemitismo como ligados a esta lógica. Los femicidios contemporáneos son un tema aparte, por cuanto merecerían un análisis más detallado que no habremos de realizar. Sí podemos decir que, tal vez, respondan en cierta medida a lo insoportable que se torna lo femenino ante la caída del referente paterno a nivel histórico-social. Si otrora el padre hacía de “carretera principal en las relaciones con una mujer” (LACAN, 1955-6), actualmente el mercado ultra-capitalista introduce en su maquinaria a la mujer como una mera mercancía (piénsese en la trata de blancas). La castración femenina habla de que ese supuesto objeto es también sujeto y ahí es cuando comienza el problema para el macho fálico ubicado del lado del narcisismo y del goce del idiota. Si el piropo callejero rebaja a la mujer hasta maltratarla como si fuera una zona erógena vulgar, la poética del saber-hacer con ellas las eleva a un estatuto dignificante que, no por eso, se priva de su usufructo. Al contrario, la impotencia está del lado del maltrato. Cierta degradación – como desmarque del objeto del lugar del Ideal – es desde luego necesaria. Pero el menosprecio es otra cosa. Habla del miedo, de la angustia o el horror frente a lo diferente. Recuérdese todo lo que acaece con la subjetividad de Hamlet en su proximidad ante el objeto Ofelia (que termina destruyéndose a sí misma). Hamlet vacila, al faltar la falta en la relación con su Otro (padre que no deja de saber ni aún muerto y que no termina de jugar en el plano simbólico al regresar del más allá, madre que goza utilizando el mismo pañuelo que secó las lágrimas por Rey antiguo para limpiarse de la boca el semen incestuoso del nuevo Rey).

[9] Winnicott, D “El odio en la contratransferencia” en Escritos de pedriatría y psicoanálisis. Capitulo V. Pág. 269-70

Autor: Luis F. Langelotti