“Un psicoanálisis sin inconsciente”

Quienes desarrollamos el oficio de la docencia tendemos, al momento de introducir un tema, a contextualizarlo, a presentar un marco de referencia que permita un primer contacto de los estudiantes favorable y asimismo que nos brinde un suelo fértil para desarrollar toda nuestra explicación. Me ocurrió que solía introducir el psicoanálisis freudiano aludiendo a sus dos hipótesis básicas: la existencia de un aspecto psíquico inconsciente y su teoría sexual. Ello me permitía delimitar dentro del campo de la psicología el lugar del psicoanálisis. Pero, estudiando la filosofía de Jean Paul Sartre me topé con su Psicoanálisis Existencial[1] que, paradójicamente, niega al inconsciente. Claro que el psicoanálisis sartreano aparece dentro de una teoría que no se circunscribe simplemente al estudio psicológico, sino que es la aplicación de su ontología, de su concepción del ser de la conciencia. Asimismo, el autor elige utilizar el nombre del método freudiano, reconociéndole algunos aciertos y atacando fuertemente puntos nodales.

La posibilidad de pensar un psicoanálisis sin inconsciente me motivó a indagar ese aspecto de la filosofía de Sartre y me permitió, al mismo tiempo, revisar algunos puntos del psicoanálisis. Este artículo pretende presentar al lector el PE de Jean Paul Sartre a partir de las críticas que realiza al inconsciente, fundamentalmente, a través de la noción de mala fe.

La afirmación más famosa del existencialismo sartreano “la existencia precede a la esencia” es, quizás, la que condensa todos los aspectos de su filosofía. Claro que no ingresaremos aquí en el análisis de todas sus aristas, pero sí lo haremos de acuerdo a nuestro objetivo puntual. Dicha frase nos ubica frente a un pensamiento para el cual no es posible aludir a características esenciales, por ejemplo, del carácter o de la personalidad. Es más, no hay ninguna posibilidad para el filósofo francés de remitir a ningún complejo, como podría ser el de Edipo en Freud o el de Inferioridad en Adler, que determine características o problemáticas del sujeto desde el pasado hacia el futuro. Y ello no es mera toma de posición, sino que dentro del universo sartreano la libertad es estructural a la conciencia y es la que enfrenta al sujeto a la nada que es. La libertad condiciona la aparición de la nada en el mundo. Sartre supone que la conciencia realiza síntesis temporales que le permiten que tanto el pasado como el futuro o porvenir funcionen como un horizonte de comprensión del presente a partir de su no-ser, pues el pasado ya no es y el porvenir aún no es, sin embargo inciden en el presente. En tanto que la libertad es el ser de la conciencia, el hombre “es” su pasado y su porvenir como no siendo, en forma de nihilización. Cabe preguntarse entonces de qué modo el hombre se anoticia de su ser-libre ya que, en este sentido, no hay quien no posea algún  grado de libertad, ésta es absoluta e inalienable por definición, pero puede permanecer “oculta” al propio hombre durante toda su vida. En este caso, Sartre consideraría que la conciencia en cuestión es no voluntaria. Sin embargo su elección de escapar es libre (aunque, por definición, su fuga esté destinada al fracaso).  Ahora bien, el enfrentamiento con lo que no se es aún y la toma de conciencia de que las acciones futuras son siempre posibles más nunca certeras son muestra de la angustia inherente a la realidad humana. Es decir, la angustia pone cara a cara al hombre con su libertad y por ende con la nada que es. La angustia no es sólo ante el provenir sino también ante el pasado. En este caso, el pasado, cuya influencia sobre el presente de ningún modo es determinante en términos ontológicos, puede ser así vivenciado (si se desconoce la libertad estructural de la conciencia). Ambas opciones son complejas: el creerse determinado quita (aparentemente) libertad de acción y (quizás en algún caso) genera comodidad, sin embargo saberse libre abre la puerta de la angustia existencial frente a un universo de posibilidades de las que el sujeto debe hacerse cargo. Mas esta postura es la única que enfrenta al hombre con su verdadera condición y es el primer paso para escapar a la mala fe.  El PE aparece, entonces, como el camino a transitar en este arduo proceso en el que un sujeto se hace cargo de su ser absolutamente libre y responsable de todos y cada uno de sus pensamientos, deseos, actos, etc. Es este el punto en el que Sartre niega la existencia del inconsciente, pues resulta inviable, en el marco de una ontología indiscernible de la moral, la existencia de un aspecto psíquico desconocido y del que el sujeto no pueda dar cuenta. Es importante aclarar, sin profundizar demasiado por cuestiones de extensión, que Sartre asume el método fenomenológico (cuyo punto de partida es la intuición) para abordar el problema del ser de la conciencia y su vínculo con el mundo y consigo mismo. La concibe como dirigiéndose siempre a un objeto, es intencionada: “toda conciencia es conciencia de algo”, tal como lo expresó Husserl. Y pueden distinguirse, de acuerdo a su estudio en La trascendencia del Ego, dos “actitudes” de la conciencia: pre reflexiva y reflexiva. Aquí sólo mencionaré que la primera es una conciencia espontánea que se dirige hacia un objeto distinto de ella misma y que carece de un Yo unificante, este tipo de conciencia no realiza juicios. La conciencia reflexiva se da en cada captación de nuestro pensamiento, sea inmediata o producto de la memoria, y podemos captar también un Yo, que es el Yo del pensamiento captado; y asimismo se da como trascendiendo el pensamiento en cuestión, así como todos los pensamientos posibles. El acto reflexivo modifica a la conciencia pre reflexiva, le quita la espontaneidad de presenciar el mundo. La libertad fundamental se da en el nivel preflexivo de la conciencia y por ello puede permanecer tras un velo, así como también la elección o proyecto fundamental de cada ser humano, que de ningún modo es una elección voluntaria e inmodificable, pero es la que reactualizamos a cada instante. El conocimiento de dicha elección es materia del PE, que tiene por objeto descifrar las acciones del hombre y su conceptualización. De modo que el punto de partida es la experiencia, que será interpretada o comprendida a partir de la ontología. El método es comparativo, pues, como toda conducta expresa el proyecto fundamental, se torna necesario comparar diferentes acciones a lo largo de la vida de un hombre para lograr descifrarlo; es decir, se trata de indagar cómo un hombre en su facticidad (en  situaciones particulares de su vida y de su momento histórico) plasma de diferentes modos la totalidad de su elección.

Sartre encuentra similitudes entre el PE y el freudiano, pues ambos entienden que las manifestaciones psíquicas, observables objetivamente, son simbolizaciones de estructuras más profundas. Para Sartre, no hay nada por detrás de la libertad originaria, mientras que para Freud tampoco hay nada antes de la existencia concreta del hombre, pues la libido no se expresa sino a través de los objetos en los cuales se fija. Por ello, como la historización es continua, se trata de descifrar la orientación que cada hombre mantiene a lo largo de las situaciones que atraviesa en su vida. Cada situación debe ser comprendida como símbolo de la evolución psíquica. Para Sartre, un análisis apropiado de los actos implica lo que denomina una dialéctica regresiva: la búsqueda de la significación originaria, búsqueda que la mayoría de las personas realizan de modo espontáneo. Pues, ningún acto es independiente, o mejor dicho, la significación de ningún acto lo es, sino que remite indefectiblemente a un estrato más original que deberá ser indagado por el PE. Ambos autores aceptan la utilización de todo tipo de documentos disponibles: testimonios, cartas, diarios personales, etc. que permitan acceder a dicho sentido último. Sin embargo, estos documentos no deben ser útiles sólo para el estudio de fenómenos psíquicos como sueños, actos fallidos, neurosis, etc., sino, fundamentalmente, para indagar pensamientos sobre el futuro, acciones concretadas, modos o estilos de acción, etc.  Tanto en el psicoanálisis freudiano o empírico, como en el existencial, las actitudes fundamentales son el centro de referencia de infinidad de significaciones polivalentes y son anteriores a la lógica; ni los complejos ni la elección fundamental podrán descubrirse a partir de la lógica, sino que exigen ser reconstruidos según leyes de síntesis específicas. No olvidemos que Freud sostiene que todos los procesos inconscientes son primarios, es decir, previos a la conciencia; por lo tanto, se rigen por legalidades propias tales como el principio de placer, la no sujeción a los principios lógicos (identidad, no contradicción y tercero excluido), el no “respeto” a la organización espacio-temporal, etc. En el caso de Sartre, como vimos, la elección original debe ser remitida a la conciencia pre reflexiva. Ambos psicoanálisis, según Sartre, entienden que la figura del psicoanalista es vital para que el hombre pueda autoconocerse, pues el carácter objetivo del método es lo que permite su aplicación. La última similitud entre su método y el de Freud es, paradójicamente, en cuanto a las limitaciones. Es interesante que de antemano el autor nos anoticie de la imposibilidad de alcanzar un conocimiento absoluto, al igual que Freud[2].

Crítica al inconsciente y mala fe

La mala fe se distingue de la mentira, porque quien miente lo hace a sabiendas de la verdad en cuestión, existe una deliberación y un conocimiento de aquello que se oculta; el mentiroso se reconoce como tal, le miente a otro u otros con la intención clara de engañarlos. Quién miente afirma una mentira para negar una verdad. En cambio, la mala fe es una conducta que la conciencia realiza para consigo, no hay otro ser implicado; la mala fe consiste en el autoengaño. Sartre sostiene que “no es un estado; sino que la conciencia se afecta a sí misma de mala fe. Es necesaria una intención primera y un proyecto de mala fe; este proyecto implica una comprensión de la mala fe como tal y una captación pre reflexiva (de) la conciencia como efectuándose de mala fe.”[3] Es decir, un ser puede no anoticiarse en toda su vida de tal proyecto de autoengaño, puede adoptar la mala fe como un estilo de vida que reproduce un proyecto original. En este sentido, en la mala fe se miente para afirmar una verdad que se “desconoce”. Ahora bien, Sartre se propone mostrar, como vimos, a partir de esta noción la inexistencia del inconsciente freudiano; para él no hace falta recurrir a un estrato oculto y desconocido del psiquismo para dar cuenta de, por ejemplo, los deseos. Pues, considera que es posible explicar la negación dentro de la psiquis sin aludir al inconsciente. Para Sartre es inconcebible que la conciencia, que anula lo que no tolera o acepta, pueda ocultarse a sí misma este procedimiento, es decir, que no pueda tener registro de lo que está llevando a cabo. Y esta doble negación, a saber, la negación de la angustia y la negación de dicha negación, se efectuarían en un mismo momento, él mismo sostiene que “debo saber muy precisamente esta verdad para ocultármela más cuidadosamente; y esto no en dos momentos diferentes de la temporalidad –lo que permitiría, en rigor, restablecer una apariencia de dualidad -, sino en la estructura unitaria de un mismo proyecto.”[4] La mala fe es un fenómeno “evanescente” en tanto oscila entre la buena fe y el cinismo, ya que, en algún momento el sujeto puede tomar conocimiento de su mala fe e intentar modificar su proyecto; o bien, en el caso del cinismo, puede intentar engañarse deliberadamente y autoconvencerse de una verdad que no es tal. Pero, en este caso, dicha mentira se desintegra ante su propia observación; pues, la mala fe es, por definición, “parte” de la conciencia prereflexiva, de modo que no intervienen en su conformación ni la voluntad ni la deliberación, ni la reflexión. Es preciso comprender que Sartre entiende que el psicoanálisis freudiano busca “salvar” al psiquismo de la mala fe manteniendo la dualidad engañador-engañado, que se correspondería con los aspectos inconsciente y consciente respectivamente. Como vimos, la escisión del psiquismo le resulta inadmisible: “…el psicoanálisis sustituye la noción de mala fe con la idea de una mentira sin mentiroso; permite comprender cómo puedo no mentirme sino ser mentido, ya que me coloca con respecto a mí mismo en la situación del prójimo frente a mí, reemplaza la dualidad del engañador y engañado, condición esencial de la mentira, por la del “ello” y el “yo”...[5]. Lo que quiere mostrar en esta cita es que la división que Freud establece de ningún modo permite que el yo (principio identitario) se reconozca como parte de un mismo ser con el ello, más aun, este último (que es justamente “lo otro”, lo ello) no es reconocido como propio, por lo tanto, sus acciones son comprendidas por la conciencia con extrañeza. La censura sería la línea que demarca al engañador del engañado, de modo que todas las manifestaciones del inconsciente adquieren una existencia concreta y real, que el yo debe interpretar porque no puede reconocerlas. Pero dicha interpretación sólo puede ser posible de la mano de un psicoanalista que remita las acciones, deseos, etc. a estructuras más originales, como por ejemplo, el complejo de Edipo, las pulsiones, los mecanismos de defensa, etc., causas más o menos determinantes de los procesos psíquicos. De este modo, se torna necesaria la presencia de un otro que le otorgue (o ayude a otorgarle) sentido a las expresiones inconscientes y que pueda descifrar la simbología a partir de la cual el inconsciente se expresa. Ahora bien, el ello no es inmutable, es decir, no es una cosa que no se vea afectada cuando el individuo hurga en su historia, sino que ejerce resistencias cada vez que, durante el proceso terapéutico, el paciente se va acercando a una “verdad”. Y estas resistencias devienen en conductas externas y visibles, es decir, objetivas, pues este último o bien puede negarse a hablar de ciertos temas o bien puede llegar al extremo de abandonar el proceso. Asimismo, estas conductas de resistencia parecieran no provenir del Yo, que de un lado no puede reconocerse en las manifestaciones del inconsciente, y del otro, se ha comprometido a llevar adelante la búsqueda. Es este uno de los momentos en que Sartre ataca directamente al inconsciente.

 

Ahora bien, el interrogante que aparece es de dónde surgen las resistencias. Sartre entiende que la censura es “el único plano en que podemos situar el rechazo del sujeto”[6]. Aquí hay un punto de inflexión, pues sabemos que para Freud la censura se da a nivel inconsciente, pero Sartre sostiene que esta última debe necesariamente ser consciente, debe conocer aquello que quiere reprimir y ocultar, por ello no justifica de ningún modo la escisión psíquica: “¿cómo podría discernir la censura los impulsos reprimibles sin tener conciencia de discernirlos?(…)¿Qué significa esto, sino que la censura debe ser de mala fe? ”[7]Entonces, a través de la censura no se ha evitado la mala fe sino que, por el contrario, se la ha cosificado e hipostasiado. Cabe preguntarnos si Sartre mismo logra en su concepción mantener la unidad de la conciencia, pues, recordemos que la elección original (efectuada por la conciencia pre-reflexiva) puede permanecer oculta a la conciencia reflexiva y sin embargo la afecta e influye directamente, al igual que el inconsciente en el esquema freudiano. La mala fe se presenta como un aspecto casi inevitable de la conciencia, en ocasiones la define como un elemento tan estructural como la libertad y justamente por esto pareciera que el ser humano no puede escapar al autoengaño. De alguna manera, su esfuerzo por negar al inconsciente lo hace recurrir a algo tan oscuro, desconocido e inaccesible como éste. Claro que él mismo propone al PE como una vía posible para develar la elección original, pero aun así no parece ser tan fácil. Considero, sin embargo, que el camino delineado por Sartre constituye una fuente inagotable para continuar pensando la existencia humana.

 

 Mariana Cristina

[1] A partir de ahora PE.

[2] Ver FREUD, S. “Análisis terminable e interminable”, en Obras Completas, Editorial biblioteca nueva, Madrid, 1967.

[3]SARTRE, J.P. El Ser y la Nada. Ensayo de ontología y fenomenología, Losada, Buenos Aires, 2008, Primera parte, cap. I, p 98.

[4]Ibíd.

[5] Ibíd.,  p. 100.Esta afirmación es, por lo menos, controvertida. Ya que la teoría de Freud no sólo precede a la de Sartre, sino que además el PE, de algún modo, parte de ella.

[6] Ibíd.

[7] Ibíd.,  102.

Referencias bibliográficas

  • AUCOUTURIER, A. “Sartre critique de l´inconscientfreudien”, en ALTER. Revue de Phénoménologie, Phénoménologie et psychanalyse, pp. 103 a 126.
  • FREUD, S. “Algunas observaciones sobre el concepto de lo inconsciente en el psicoanálisis”, en Obras Completas, Tomo I, Editorial biblioteca nueva, Madrid, 1967,  p. 1031 a 1034.
  • FREUD, S. “Análisis terminable e interminable”, en Obras Completas, Editorial biblioteca nueva, Madrid, 1967, p. 543.
  • FREUD, S. “Lo inconsciente”, en Obras Completas, Tomo I, Editorial biblioteca nueva, Madrid, 1967, pp. 1051 a 1068.
  • FREUD, S. “El yo y el ello”, en Obras Completas, Tomo II, Editorial biblioteca nueva, Madrid, 1967, pp. 9 a 30.
  • SARTRE, J.P. El existencialismo es un humanismo, Ediciones del 80, Barcelona, sin más datos.
  • SARTRE, J.P. El Ser y la Nada. Ensayo de ontología y fenomenología, Losada, Buenos Aires, 2008.
  • SARTRE, J.P. Un teatro de situaciones, (textos escogidos y presentados por Michel Contat y Michel Rybalka), Losada, Buenos Aires, 1979, pp. 115-127.

Autor: Mariana Cristina