“Una lectura sociológica de Los siete locos”

Afirma Oscar Masotta, en Sexo y tradición en Roberto Arlt, que las obras de Roberto Arlt nos presentan una comunidad de humillados, una comunidad de abyectos. Según este autor, sus personajes componen una comunidad de excluidos mediante la cual la moral dominante, por oposición, se define. Estos sujetos conforman un conjunto de segregados

Oscar Masotta

Oscar Masotta

sociales que, puede decirse, mantiene una relación paradójica con la sociedad: esta, al nombrarlos como abyectos, los fabrica como tales, permaneciendo de alguna forma al mismo tiempo dentro y fuera del orden social. En otras palabras, en un mismo movimiento la moral dominante se define instituyendo un núcleo “no-sociedad” o “no-moral” que vive en el corazón mismo de la sociedad, lo que en Sexo y Tradición en Roberto Artl aparece en los términos de una “contra-sociedad” y que constituye “la imagen invertida de la sociedad” (Masotta:2008: 51).

Constituidos bajo un determinismo estático y absoluto, estos sujetos se viven a sí mismos y son vividos como la encarnación del mal dentro del conjunto social y aparecen como una suerte de reverso de aquello que los define, un negro al lado del blanco. Dicha concentración maldita es, siguiendo a Masotta, una comunidad imposible en la medida en que su común humillación no genera más que sentimientos de odio y repulsión recíprocos.  Conformados por la moral dominante, se reconocen como un “excremento social” y, lejos de conformar un colectivo potencialmente rebelado contra las clases dominantes, terminan cayendo en la traición mutua. Comparten un perturbador silencio interior que se expresa exteriormente y “se condensa” (Masotta: 2009) en angustia, temática central en la obra de Arlt. Sus personajes comparten la angustia que la humillación les provee y que parece ser el motor de sus acciones. Estos sujetos son como mónadas angustiadas, interiormente vacías y externamente humilladas, predestinadas a ser lo que son. Por eso, aunque interaccionen, no se comunican.

En tanto toda palabra implica un juicio moral el silencio opera, según el autor, como una suerte de tregua respecto de ese lenguaje que -otra vez de forma paradójica- los constituye en esas figuras innombrables. Es una puesta entre paréntesis en ese determinismo absoluto en el que están inmersos los personajes. En una suerte de topografía social, Masotta pone de relieve el hecho de que el grupo maldito no es más que una proyección colectiva del mal hacia un punto de concentración y que, en el fondo, ese mal vive en la sociedad toda. Afirma el autor que “La fealdad, la suciedad, las ropas que usan, la condición social: he aquí los requisitos que permiten la entrada en la comunidad de los humillados” (Masotta: 2008:53)

Ahora bien, puede leerse en “Los siete locos” que el foco está puesto en esa comunidad de humillados y que raramente roza las manifestaciones externas de la llamada clase alta. Describe profundamente la relación angustiosa que tienen con esta sus personajes:

“De alguna quinta salían los sones de un piano y a medida que caminaba, su corazón se empequeñecía más, oprimido, por la angustia que le producía el espectáculo de la felicidad que adivinaba tras de los muros de aquellas casas refrescadas por las sombras, y frente a cuyas cocheras se hallaba detenido un automóvil.” (Arlt, 2009:116)

Da la sensación de que el texto trabaja por momentos en los bordes externos de esa moral dominante, sin tocarla. Hace alusión a esta indirectamente, a través de descripciones internas desde los personajes mismos o en sus manifestaciones físicas. La obra parece una totalidad cerrada y estática en donde los estados psíquicos están totalmente entramados con un ambiente denso, oscuro y turbio, formando ambas dimensiones una unidad cerrada. Como si la comunidad de humillados y el resto de la sociedad no respiraran el mismo aire. Así, por ejemplo, es descripta la casa del Astrólogo:

“Atravesando el vestíbulo oscuro y hediondo a humedad, entraron en un escritorio de muros rameados por un descolorido papel verdoso. La habitación era francamente siniestra, con altísimo cielo raso surcado de telarañas y le estrecha ventana protegida por el nudoso enrejado. En el enchapado de un armario antiguo, arrinconado, la claridad azulada se rompía en lívidas penumbras”. (Arlt:2009 :57)

Todos sus personajes componen esa suerte de comunidad desligada de la que habla Oscar Masotta: Erdosain, la Coja, el Astrólogo, el Rufián Melancólico, el Hombre que vio a la Partera, Barsut, Ergueta. Este último estaba casado con La Coja, ex prostituta y sirvienta. Él era un farmacéutico delirante que terminará internado en un manicomio. La Coja, por su parte, sufría bajo la forma de la angustia la humillación que había sufrido en su infancia y especialmente en sus años de sirvienta. Puede decirse que este personaje funciona como un ejemplo, a escala individual, de esa relación paradójica mencionada anteriormente: varias páginas están dedicadas a una descripción minuciosa de la relación de interioridad y exclusión experimentada como un destino naturalmente predeterminado:

Roberto Arlt

Roberto Arlt

“Todo lo que la rodeaba, cacerolas y fogones y las limpias maderas de las estanterías de la cocina, y los espejos del cuarto de baño y las pantallas rojas de las lámparas, le parecían representar un valor que ponía para siempre a esos enseres fuera de su alcance, y el repasador como la alfombra, así como el triciclo de niños, le parecía haber sido creado para proporcionar felicidad a seres de distinta pasta de la que ella estaba formada,” (Arlt, 2009: 292)

El Astrólogo pretendía llevar a cabo un plan totalmente indefinible, por lo contradictorio y disparatado, mediante el cual pretendía fundar una sociedad secreta para llevar a cabo una impensable revolución. Arturo Haffner, apodado por el Astrólogo como “El Rufián Melancólico” por haberse querido suicidar unos años antes, era un hombre que se dedicaba a explotar prostitutas  y para quien la vida no tenía ningún sentido. Él  guiaría la instalación y administración de prostíbulos con los que se subvencionaría la sociedad secreta planeada por el Astrologo.

Finalmente, se encuentra Barsut, primo de Elsa, la esposa de Erdosain. Erdosain sentía un profundo odio y repulsión hacia él, quien conscientemente buscaba alimentar esos sentimientos. Tenían un vínculo de desprecio y dependencia al mismo tiempo, habiendo entre ellos “….una situación indefinida, oscura. Una de esas situaciones que dos hombres que se desprecian toleraban por razones independientes de sus voluntades”. (Arlt, 2009:43) Barsut estaba guiado por el sentimiento ambivalente de odio y amor que sentía hacia su hermana, quien lo había humillado toda la vida, por lo que buscaba incansablemente la forma de humillarla para vengársele. Vivía además subyugado bajo el miedo de volverse loco, tal como su padre y hermanos.

Dejando de lado este muy breve repaso de los personajes principales de la obra, es necesario poner el foco en Erdosain, el protagonista. Él expresa claramente y a lo largo del libro esa inmovilidad de los personajes artlianos, que actúan según la naturaleza que se les ha conferido. En este marco, puede verse cómo cada acción y acontecimiento solo confirman lo estático de ese universo: Erdosain es un ladrón y goza al afirmarse como “lacayo”; además, suele buscar sumergirse en prostíbulos, buscando intencionalmente los más inmundos. Su esposa lo deja por otro hombre y siente esto como un hecho “natural” teniendo en cuenta su esencia. Según Masotta, es él quien se encuentra en el núcleo de la comunidad humillada, puesto del lado del mal, quien no busca otra cosa que hacer coincidir sus actos con su esencia de humillado y maldito. Sin embargo, su camino hacia el mal no coincide con el del resto de los humillados, ya que él no presenta ninguno de los atributos mencionados. Para este autor, es la toma de conciencia de la ridiculez que comporta la clase social a la que pertenece -la clase media- lo que lo impulsa hacia la comunidad de humillados. En su caso, entonces, la humillación proviene también de su condición de clase: “…Erdosain, aplastado por sus jefes y sus gerentes, es un humillado, también él, por su condición social.” (Masotta, 2008: 53) En este sentido, es necesario detenerse en uno de los ejes centrales de la obra: el crimen. Erdosain planea matar a Barsut y no es casual que uno de los apartados del libro este titulado como “’Ser’ a través de un crimen”. Erdosain busca afirmar de alguna manera su existencia, que dice vivir como una existencia muerta, y automáticamente se le viene a la cabeza la idea del asesinato. Este acto, parece, le conferiría una identidad abyecta, una identidad con el mal y permitiría su entrada dentro de la “contra sociedad”:

“Yo, que soy la nada, de pronto pondré en movimiento ese terrible mecanismo de polizontes, secretarios, periodistas, abogados, fiscales, guardacárceles, coches celulares, y nadie verá en mí un desdichado sino el hombre antisocial, el enemigo que hay que separar de la sociedad. (…) solo el crimen puede afirmar mi existencia, como solo el mal afirma la presencia del hombre sobre la tierra” (Arlt, 2008: 113)

Vemos que, tal como dice Masotta, si Erdosain intenta escapar de su condición de clase para inmiscuirse en la  comunidad de humillados, nunca logrará sin embargo escapar de los valores de referencia de la clase dominante, “del código” (Arlt: 2009). Es decir, no haría más que pasarse al otro polo dentro de la misma unidad. De todas formas y a pesar de sus esfuerzos, nunca podrá formar completamente parte de ese misterioso y en buena medida fascinante polo social abyecto y en cambio flotará en una suerte de vacío social indefinido y contradictorio.

Los Siete Locos, entonces, puede decirse que es una obra cerrada, sincrónica y estática, en la que sus personajes se mueven impulsados por el determinismo oscuro de la humillación: “hay una dialéctica cerrada” (Prólogo de Luis Gusmán en Masotta, 2008: 19). Asimismo, queda la impresión de que Arlt, si bien se focaliza en una dimensión opaca y turbia de la realidad humana, logra dar cuenta de la densidad de la trama social, conectándose y conectándonos con las capas más profundas de dicho entramado. Lo económico y lo político no son temáticas abordadas de forma tradicional por este autor, sino, más bien, están presentadas a través de una mirada original que permite dar cuenta de lo que puede decirse en una experiencia más inmediata de todo aquello. Ahora bien, vale ahora preguntarse sobre el significado tanto social como político de una obra de arte cuyo temática refiere a lo socialmente excluido.

Bataille define al erotismo como “la aprobación de la vida hasta la muerte”. (Bataille, 1997:15). En primer lugar, es un fin psicológico independiente del efecto reproductivo en la actividad sexual; lo define como la exuberancia de la vida cuyo objeto “no es extraño a la muerte misma” (Bataille, 1997:15). En “El erotismo” el autor presenta la noción de “discontinuidad” para explicar aquella dimensión en la que cada hombre vive como sujeto individual y está separado por un abismo respecto de los demás, es decir, se vive como discontinuidad respecto de los otros. La única opción –afirma- es sentir en común el vértigo de ese fascinante abismo que no puede suprimirse y que es, en cierta medida, la muerte. Esta última “tiene el sentido de la continuidad del ser” (Bataille, 1997:17), siendo entonces continuidad y muerte idénticos. Los seres discontinuos que permanecen en una individualidad aislada sufren la nostalgia de una primera continuidad perdida que los vincula al ser “de un modo general” (Bataille, 1997:17), a la vez que angustiosamente desean perdurar en esa misma individualidad. En este sentido, el autor establece que esa nostalgia determina tres formas de erotismo: de los cuerpos, de los corazones y de lo sagrado. Sin adentrarnos en cada una de esas formas, basta decir que estas son todas formas sustitutas del paso de la discontinuidad del ser hacia un sentimiento de continuidad que no es a otra cosa que la fusión y la disolución finalmente en la muerte.

En esta línea, Richman, en su libro Revoluciones Sagradas, retoma la teoría batailleana y afirma que para el escritor francés existe un impulso esencial en el humano que se orienta al gasto improductivo y el derroche y que busca desvincularse de la dependencia exclusiva del trabajo y la producción. Es un impulso hacia el desgarro de los límites individuales, que busca dejar así de lado las convenciones de la realidad discursivamente constituidas. Esta vocación hacia el desgarro de los límites de la subjetividad individual es un camino esencialmente violento, en la medida en que es una violación de esa identidad monádica. Para Bataille existe entonces, por un lado, la dimensión del trabajo que constituye el reino de lo profano y está conformado por las personas, cosas y lugares a los que se tiene libre acceso, que puede decirse es la dimensión de los seres discontinuos. Por otro lado, las personas, objetos y lugares cuyo acceso está limitado por prohibiciones y que constituyen el mundo de lo sagrado. Ahora bien, el reconocimiento social de esta necesidad de ser impulsado fuera de sí y experimentar una sensación de pérdida – en “El erotismo”, de experimentar la continuidad- se expresa en la estructuración social de momentos de transgresión de las prohibiciones, que son instancias de comunicación con lo sagrado: tanto el erotismo como el arte son fenómenos socialmente estructurados que resultan de esta necesidad catártica.

Entonces, además del erotismo, una de las formas de satisfacer este impulso hacia la des-subjetivación, hacia la experimentación de la continuidad del ser, es el arte. Bataille afirma que el arte hace desaparecer de un objeto su estatuto de cosa – “El objeto se identifica con la discontinuidad” (Bataille, 1997:27) -, hecho que al mismo tiempo provoca una experiencia des-subjetivación del sujeto como individuo aislado, es decir, genera una experiencia de la continuidad. Pero, llegados a este punto, podemos preguntarnos: ¿en qué sentido Los siete locos es, entonces, una obra de arte? Puede decirse que la obra de Arlt, al hacernos convivir con esas figuras oscuras y radicalmente externas e internas a la sociedad, con ese excremento social, con esa concentración del mal, logra arrojarnos por momentos de la vida cotidiana de la producción para sumergirnos en esa atmósfera maldita que es la que constituye la cara oculta pero necesaria del conjunto social. Nos alejamos de las identidades cerradas y, en esas innumerables descripciones angustiosas y por momento agotadoras, encontramos contadas referencias a lo que Bataille llama el mundo del trabajo. En esta línea, el autor, en una entrevista, define al mal como aquello que consiste en transgredir ciertas prohibiciones llamadas fundamentales, como la prohibición de matar o la prohibición de ciertos actos sexuales. A su vez, afirma que si la literatura se aleja del mal “se vuelve aburrida”, y que “uno debería notar que en la literatura la angustia está implicada” en tanto “está fundada en algo que va mal” (Bataille, 1958, min. 1:32). Como se ha dicho, estos son todos elementos que se encuentran claramente en esta obra y que generan en el lector una tensión que es, según Bataille, aquello que permite que la literatura en definitiva no aburra.

Tomás Ramos Mejía

 

Referencias bibliográficas:

Arlt R, Los siete locos. Ed. Losada, Buenos Aires, 2009.

Bataille, G. “El erotismo”, Tusquets Editores, 1997.

Bataille, G. “Acéphale”, Caja Negra, Buenos Aires, 2005.

Bataille, G. “La parte maldita” Ed. Las cuarenta, Buenos Aires, 2009.

Bataille, G. “Georges Bataille en T.V. (1958)” http://www.youtube.com/watch?v=LeuffpGl8uE

Masotta, O, “Sexo y tradición en Roberto Arlt”, Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2008.

Richman, Michèle H, 2002. Revoluciones Sagradas. Durkheim y el Collège de Sociologie.  University of Minnesota Press. Minneapolis, London

Autor: Tomás Ramos Mejía